Ante la nueva encíclica del papa Francisco, Fratelli tutti, algunos liberales católicos vuelven a sentir cierta desazón, si no inseguridad o duda, al ver cómo muchos de los “ramalazos anticapitalistas” a los que nos tiene acostumbrados aparecen de nuevo. Aun así, muchas de las afirmaciones en ella contenida quieren darnos cierta esperanza.

En efecto, muchos liberales podríamos suscribir afirmaciones como que el respeto a los derechos humanos “es condición previa para el mismo desarrollo social y económico de un país. Cuando se respeta la dignidad del hombre, y sus derechos son reconocidos y tutelados, florece también la creatividad y el ingenio, y la personalidad humana puede desplegar sus múltiples iniciativas en favor del bien común”. ¿Puede haber dignidad sin libertad? ¿Acaso no son los modelos liberales los que mejor defienden -los únicos que defienden- la libertad individual, el derecho de propiedad y la iniciativa individual y privada, el ingenio y la creatividad?

También aceptaríamos, sin discusión, que “todavía hay millones de personas (…) privadas de su libertad y obligadas a vivir en condiciones similares a la esclavitud (…). La persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, queda privada de la libertad, mercantilizada, reducida a ser propiedad de otro, con la fuerza, el engaño o la constricción física y psicológica; es tratada como un medio y o como un fin”, que es, precisamente, lo que ocurre con los ciudadanos en los regímenes comunistas, a quienes se les coarta la libertad y se les mercantiliza más que en ningún otro sistema, convirtiéndolos tan sólo en medios para la mayor gloria del líder o de la revolución.

Y lo mismo podemos hacer con la dura crítica que hace el papa a las “mafias” que se presentan como “protectoras de los olvidados, muchas veces a través de diversas ayudas, mientras persiguen sus intereses criminales”. ¿No les suena?

Y es que, en varias de las páginas de la encíclica, el papa aboga por la no imposición, por el respeto de la diferencia, por el valor de la cooperación libre, por la lucha constante para lograr unos valores que nadie garantiza y deben ser conquistados cada día, pero recordando que la solidaridad, como virtud moral y actitud social, es fruto “de la conversión personal”.

Son frases, decía al comienzo, que quieren darnos esperanza, y ello porque, por mucho que se empeñe la mayoría, sólo hay un sistema, al menos hasta la fecha, en el que se busque el verdadero respeto de la libertad y la iniciativa individual; en el que cada uno puede buscar sus propios intereses, colaborando con personas con distintos objetivos, distintos valores y distintas formas de pensar, y en el que la solidaridad pueda realmente ser fruto de la conversión personal, y no de imposiciones externas que, por la fuerza, expolian al ciudadanos, lo mercantilizan, lo convierten en una vaca lechera a la que poder ordeñar para, presuntamente, alcanzar las metas ideológicas y sociales que sólo están en la cabeza de quien gobierna.

La mayoría de los liberales podríamos incluso aceptar afirmaciones del santo padre como que “el mercado solo no resuelve todo”. El problema del papa Francisco es que parece identificar libre mercado con ausencia absoluta de solidaridad; neoliberalismo, con consumismo exacerbado y derroche; propiedad privada, con robo y expoliación. El santo padre no distingue entre el marco general y la actuación y las motivaciones individuales; entre las reglas del juego y la forma de jugar de los partícipes: el liberalismo busca la defensa y protección de la libertad individual, pero no determina la forma en que cada individuo ha de usar tal libertad; el libre mercado ayuda a organizar la cooperación entre los miembros de la comunidad, pero sin imponerles los fines que deben perseguir; la defensa de la propiedad privada pretende respetar la dignidad de las personas (como decía León XIII en Rerum novarum, “poseer algo en privado como propio es un derecho dado al hombre por la naturaleza”), pero eso no significa robar o expoliar al otro, como sí ocurre en los regímenes socialistas.

Pocos liberales niegan que haya otros valores, además del de la libertad, que conviene practicar y extender; es evidente que la iniciativa individual de la sociedad civil tiene muchas cosas que aportar en nuestro mundo actual y no sólo en el ámbito estricto de la producción para el consumo de bienes y servicios. Todos queremos vivir en un mundo mejor, y para alcanzar una sociedad en la que merezca la pena vivir no basta el mercado y la defensa de la libertad, hay que “cambiar también los corazones”; pero desde el respeto al otro, buscando la cooperación y la armonía con todos, sin imposiciones, respetando la cada identidad. Si el papa está de acuerdo en eso, ¿cómo es que no defiende a ultranza los modelos liberales? Porque una cosa es lo que dice en sus páginas pares… y otra, lo que se deduce de sus páginas impares.

Por Jaime Juárez Rodríguez

Fuente: https://www.juandemariana.org/

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