¿Por qué libertario?

La vida es una experiencia que se desarrolla, bajo nuestra limitada capacidad de percepción, en un escenario cuyo marco es el tiempo y el espacio, sus reglas inviolables y sus características determinadas.

Dentro de ese marco, se nos es dada una ubicación temporal concreta (Buenos Aires, 2020 o Nueva Delhi, 1963), libre albedrío y una única herramienta: la razón, desde donde podremos desarrollar nuestro proyecto personal. El cual operará en dos planos: el mental o ideal y el físico o material.  Ambos planos, sea desde el paradigma científico, religioso o antropológico, originarios de una fuente primordial y desde allí, multiplicados en infinitas combinaciones.

Cada ser humano es un prodigio, único e irrepetible. En el campo material, su identidad genética es única entre miles de millones de variables. En el plano ideal, ocurre lo mismo, desarrollándose la razón en combinación con la experiencia y aprendizaje que vamos incorporando en nuestro corto tiempo vital.

Por lo expuesto, se deduce que cualquier intento de limitar, agredir o impedir la individualidad de un semejante, va en contra de nuestra propia naturaleza y para lo que fuimos creados.

Con este principio en mente, fue desarrollándose con el tiempo la idea de los “derechos naturales”. Un ordenamiento ético, cognoscible por la razón, universal, superior y anterior a cualquier ordenamiento positivo, escrito por el legislador de turno.

Como ejemplo de esta evolución espontanea podemos mencionar la “Regla de Oro” citada por primera vez por Epicuro, pero presente en todas las religiones: “trata a los demás como querrías que te trataran a ti”.

Más próximo en el tiempo, el concepto de Derecho Natural, nos lleva a los que hoy consideramos indiscutiblemente: Derecho a la Vida, a la Libertad, a la Propiedad y al trato igualitario frente a la Ley.

En esta (R) evolución de las ideas y del (re)conocimiento de la naturaleza del ser humano, cumple un rol fundamental la llamada Ilustración Escocesa.

Pensadores de la talla de John Locke, John Stuart Mill, Jeremy Bentham, David Hume y Adam Smith entre otros, tomaron la posta en la divulgación y sistematización de las ideas surgidas del sincretismo filosófico entre Oriente y Occidente, aportado desde el siglo XIV por los caballeros exiliados a esta pequeña nación europea  y sentando desde allí, las bases de la doctrina que traería luz nuevamente al mundo: el liberalismo.

Pero aquella revolución liberal, que demoleria los cimientos del “ancient regime”; que  generaría una movilidad social y una riqueza nunca antes vista , tendría dentro de sí la semilla de su propia destrucción. Primero al enfocar el norte en el utilitarismo  y no en el fundamento moral de la Libertad, y por último, quizás con una gran ingenuidad, confiando en la limitación al Poder, cediéndole al Estado, la facultad de policía, juez y verdugo en nombre del engañoso concepto de “Contrato Social” y “Bien común”.

Desde allí, sólo el cielo era el límite para el encumbramiento del Estado, la búsqueda de la “justicia social” y la planificación social. Todo a través de sus herramientas: el  derecho positivo y la democracia ilimitada populista, como forma de legitimación por vía de la fuerza de la mayoría, de este retroceso al oscurantismo.

El Estado pasó así a convertirse en un Dios creador, dador de derechos, validador de proyectos de vida. Omnisciente, omnipresente y omnipotente.  El Dios deísta no solo había muerto. Había sido reemplazado por un nuevo Dios interventor: el Estado benefactor.

Paralelamente, el ser humano fue perdiendo individualidad a favor de la fuerza (y los derechos) del colectivo.  Los límites que imaginaban Alberdi o Locke, quedaron atrás.

Todo este proceso sería acompañado por el auge de las ideologías colectivistas, comunistas e igualitaristas, cuyo gran triunfo fue la supremacía de la rosa roja de la social democracia en el siglo XX.

 Pero la rosa tras su belleza, esconde sus espinas. Promoviendo así el surgimiento de los regímenes más criminales y nefastos, que convirtieron al siglo XX, en el más sangriento de nuestra historia. Todo en nombre de estas ideas colectivistas. Ya no había límite en los medios a utilizar para alcanzar tan noble fin como el bienestar de todos.

Pero como toda acción conlleva una reacción, entre la hegemonía del dogma del Estado y la justicia social, emergieron pensadores que llevarían las viejas ideas de la libertad a su necesaria reivindicación. Especialmente la figura de  Ayn Rand y su defensa moral del capitalismo de Laissez Faire, o Ludwig Von Mises, mentor de pensadores tan brillantes como  Friedrich Hayek y Murray Rothbard.

Y es este último en quien me quiero detener un segundo. Es Rothbard quien vuelve a traer a la palestra la defensa ética de la libertad, fundamentada en algo tan absoluto como los derechos preexistentes a cualquier ordenamiento planificado: Los derechos naturales. Es Rothbard quien se anima a llevar las ideas un paso más allá, señalando el error del liberalismo clásico y la incompatibilidad absoluta de un orden liberal (basado en la cooperación voluntaria) con la existencia de un Estado (basado en la violencia coactiva).

¿Por qué libertario entonces?

Porque es una doctrina que reconoce su imperfección, propia de su humanidad, lo que la pone en constante evolución, incompatible con dogmas o cualquier expresión de fanatismo.

Porque el libertarianismo ancla sus ideas a lo más profundo de nuestro sentido como seres humanos: nuestra razón e individualidad.

Porque defender nuestra individualidad implica defender nuestra libertad para desarrollar nuestro proyecto de vida y para ello es clave disponer irrestrictamente de nuestra propiedad.

Porque perseguir el proyecto de vida propio, no implica el éxito. El libertarianismo no promete irrealidades. La experiencia vital tiene mucho más que ver con el viaje que con el destino.

Porque respetar el proyecto del otro, implica practicar la tolerancia y no existe sociedad civilizada que funcione sin ella.

Porque el libertario sostiene que todas nuestras relaciones e intercambios surgen del consentimiento y no de la violencia, respetando la “regla de oro” y el principio de que todos somos iguales ante la Ley.

Porque rechaza toda forma de violencia, salvo la defensiva ante una agresión. La imposición de la voluntad sea otro individuo u otro grupo es coactiva, lo que constituye una inmoralidad y viola la libertad en todas sus formas.

Porque, en última instancia y por todo lo expuesto, ser libertario es la única doctrina moral, humana y acorde con la naturaleza del ser humano y de la realidad en que vivimos.

El presente escrito es parte de una serie:

1.- ¿Por qué libertario?

2.- El Estado es el problema.

3.- Con la democracia (NO) se come ni se educa.

Por Nicolas Martinez Lage

Fuente: https://visionliberal.com.ar/

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