Hay autores que, pese a tener varias obras, son asociados con un solo libro. Es tal la importancia de sus páginas que todo lo demás termina ensombrecido. Podríamos pensar en Cervantes, por supuesto, ya que, para muchos, leerlo implica únicamente haber accedido al Quijote. Otro ejemplo que me interesa se presenta con John Milton. Sucede que este poeta, cuyo nombre no resulta sino ineludible al hablar de literatura universal, se encuentra marcado por Paraíso perdido. Es el libro que le confirió inmortalidad en la compleja república de las letras. Sin embargo, si relegáramos sus otras composiciones, nos perderíamos de una que tiene un provecho mayúsculo: Areopagítica. Escritos en 1644, sus párrafos defienden la libertad de prensa, reivindicándola frente a los ataques del poder. Así, aunque no cuente con la belleza de sus poemas, formula ideas que son todavía dignas del respaldo.

Milton no ha sido la única persona que reflexionó al respecto. Tenemos a filósofos que llevaron adelante una labor similar, amparando la libertad y, por ende, rechazando vetos, persecuciones, encarcelamientos para guardar silencio. John Stuart Mill es uno de los nombres que se pueden citar para evidenciar ese compromiso. Pero no pensemos en cruzadas que se alimentaron por conceptos y teorizaciones significativas. En muchos casos, la propia vida ha exigido ese posicionamiento. Pasa que, cuando un censor tenía la posibilidad de recurrir al castigo para ejercer su oficio, cualquier intelectual disconforme podía resultar damnificado. Son varios los filósofos que, como Camus u Ortega y Gasset, ocuparon columnas de diarios para expresar sus juicios. De modo que, si perturbaban la circulación del medio, terminaban afectando su ejercicio del razonamiento. 

Pero, como suele ocurrir, las opiniones sobre la prensa y el oficio periodístico, entre otros aspectos, no han tenido sólo apologistas. En el terreno del pensamiento, nos topamos con voces que, lejos de alabar, optan por la crítica. En efecto, filósofos como Sartori se han ocupado de cuestionar las frivolidades ofrecidas por esas vías. Porque, paulatinamente, con el avance de los medios masivos, la profundidad ha perdido margen frente a lo trivial, las banalidades. Peor todavía, la preferencia por espacios que nos liberan del mayor esfuerzo intelectual ya es la regla. A lo liviano, con seguridad, para fines críticos, debe sumarse un fenómeno tan repudiable como el del sensacionalismo. Se nos ofrece un espectáculo de la peor calaña en distintos formatos, desde la televisión hasta Internet. Si nos limitamos a considerar la información, cabe anotar que ésta no se libra del error, los engaños, las manipulaciones. 

 Nunca será inútil que patrocinemos las libertades de pensamiento, expresión, información, prensa; empero, conviene también reconocer sus falencias, vicios y perversiones. Suponer, verbigracia, que todos los medios buscan la verdad es de una peligrosa ingenuidad. Para estar bien informado, el ciudadano debe partir de una premisa según la cual todo tiene que ser sometido a examen crítico. No me escudo en el relativismo; al contrario, tengo la convicción de que podemos saber cuándo algo es falso. El punto es que hacerlo resulta complejo. Creer que un solo medio nos puede conducir al deseado puerto en donde la realidad más objetiva sea descubierta, sin importar sus connotaciones, no parece recomendable. Lo sensato es celebrar su existencia plural para que, partiendo de sus fuentes, cada uno use la razón en sentido crítico. 

Por Enrique Fernández García

Fuente: https://independent.typepad.com/