Hoy conocemos mucho más acerca del virus, pero aún muy poco. Por ende, debemos asumir una actitud sumamente humilde al momento de juzgar las distintas reacciones de los gobiernos, expertos y personas en general. Al menos en el mediano plazo tendremos que vivir con un nivel de incertidumbre que está por encima del que nos habíamos acostumbrado. Ante esto, los gobiernos alrededor del mundo han coartado libertades individuales, cuando la solución iría en dirección contraria. 

John Stuart Mill sostenía que la presunción de la libertad era necesaria porque “la actual civilización suele hacer de manera muy decidida el poder de las personas que actúan sobre las masas como el único poder sustancial en la sociedad, de manera que nunca hubo mayor necesidad de rodear a la independencia individual de pensamiento, expresión, y conducta, con las defensas más poderosas para poder mantener esa originalidad de mente e individualidad de carácter, las cuales son la única fuente de cualquier progreso real, y de la mayoría de las características que hacen de la raza humana sea superior a cualquier manada de animales”.

No sabemos todavía si los niños son super-propagadores del virus. Algunos estudios señalan que serían menos propagadores que el resto de la población. Otros estudios relacionan el COVID-19 con una extraña enfermedad inflamatoria en los niños. ¿Por qué el virus afecta de manera desproporcionada a las personas obesas? ¿Todas las personas propagan con la misma intensidad el virus? Pareciera que el personal de atención médica lo propagaría más que el individuo promedio. ¿Por qué el virus golpeó tan duro a Guayaquil? ¿Es confiable y/o comparable la información de diversos países?

Permanecer en cuarentena fue una decisión de muchos países basada en proyecciones de un modelo —hoy severamente cuestionado. La OCDE estima que cada mes de cuarentena le cuesta a las economías desarrolladas 2% del PIB. El problema es todavía mayor para los países de ingresos más bajos. El Programa Mundial de Alimenots de las Naciones Unidas anunció en abril que aproximadamente 265 millones de personas sufrirán de hambre para fines de 2020, casi una duplicación en un solo año.

Nadie sabe con certeza qué pasará ante una re-apertura de las economías. Es probable que aquellas regiones que hasta ahora han sido más golpeadas por el virus en cuanto al nivel de infecciones y fatalidades ahora se enfrenten a un segundo brote que sea mucho más leve, y viceversa: aquellas menos afectadas ahora estarían más vulnerables. Los que sí sabemos es que permanecer encerrados de manera indefinida nunca ha sido una opción real, particularmente para los más pobres. Necesitamos del libre flujo de ideas, personas, productos y servicios que nos permitió gozar del mundo moderno actual, precisamente para encontrar con mayor velocidad tratamientos y/o vacunas eficaces contra el virus.

Finalmente, es aleccionador y esperanzador que la humanidad ha superado iguales o peores pandemias a lo largo de su historia y que muchas veces estas llegaron a su fin incluso cuando nunca se encontró una cura o tratamiento. Los seres humanos hasta ahora hemos sido capaces de sobreponernos a la adversidad. Pero para lograrlo necesitamos libertad para trabajar y experimentar, asumiendo responsablemente la incertidumbre siempre implícita en la vida.

Por Gabriela Calderón de Burgos

Fuente: https://www.fundacionatlas.org/