Un error bastante extendido sobre esta pandemia es atribuir el hundimiento de la economía a la adopción de medidas de distanciamiento físico para aislar el virus y frenar su propagación. La lógica parece rezar lo siguiente: sin medidas de distanciamiento físico, la actividad económica habría proseguido a niveles cercanos a los previos a la pandemia, aunque probablemente con un mayor número de muertos. La célebre (y falsa) disyuntiva entre salvar vidas o salvar la economía que, a su vez, ha reforzado los llamamientos a acelerar la reapertura de la economía: si no levantamos ya las restricciones, la economía no podrá soportarlo.

Pero no es ni mucho menos obvio que la ausencia de medidas de distanciamiento física hubiese permitido a la economía seguir en funcionamiento a un ritmo normal o próximo al normal. A la postre, existen dos canales a través de los cuales una pandemia descontrolada termina dañando igualmente la economía:

  • Canal de oferta: una pandemia provoca trabajadores enfermos, los cuales se ven temporal o permanentemente incapacitados para seguir prestando sus servicios laborales al ritmo habitual. Un menor número de horas trabajadas como consecuencia de una extensión del virus ya generaría por sí solo un hundimiento del PIB (recordemos que este puede expresarse como el producto de la productividad media por el número de horas trabajadas), pero este hundimiento habrá de resultar especialmente intenso en economías como las nuestras, a saber, economías basadas en una profundísima división hiperespecializada del trabajo: en la medida en que muchos trabajadores fabrican los inputs que son necesarios para que otros trabajadores puedan desarrollar su actividad, el que un grupo de obreros enferme y cese de producir no solo contribuye a reducir directamente el PIB por la menor actividad de esos obreros contagiados, sino también porque conlleva la interrupción de la actividad de aquellos otros trabajadores que, aun estando sanos, necesitan de los insumos fabricados por los primeros. En su momento, ya tuvimos ocasión de reseñar el trabajo de Bodenstein, Corsetti y Guerrieri, quienes estimaban que, dadas las fuertes interrelaciones de las cadenas de suministro en EEUU, el contagio de ciertos grupos de trabajadores difícilmente sustituibles podría generar una caída del PIB más intensa que la estrictamente derivada de las medidas de distanciamiento físico (las cuales contribuían a romper las cadenas de transmisión y consecuentemente a proteger a esos trabajadores esenciales).
  • Canal de demanda: un virus en abierta propagación es una amenaza a la que pocos desean exponerse. Es absurdo pensar que, sin medidas de distanciamiento físico, la vida de los ciudadanos habría transcurrido con absoluta normalidad y, por tanto, que sus patrones de consumo no se habrían alterado drásticamente. Como es obvio, una amplia mayoría de ciudadanos habría tratado de protegerse a sí mismo (y a los suyos, pues el riesgo no lo asume solo la persona susceptible de contagiarse, sino aquellos otros a quienes puede transmitirles el virus), modificando para ello sus patrones de consumo: esto es, suspendiendo sus gastos en bienes de consumo social (bares, restaurantes, turismo…) donde el riesgo de contagio es más intenso y acaso incrementándolo en bienes de consumo remoto (aunque es poco probable que la restricción de uno se compense plenamente con la ampliación del otro en momentos de fuerte incertidumbre). Si las medidas regladas de distanciamiento físico son potencialmente útiles no es porque nadie, en su ausencia, hubiese evitado mantener contacto social con otros, sino porque puede haber ciudadanos que, al no internalizar el daño que generan sobre terceros, no reduzcan suficientemente sus interacciones sociales. En todo caso, lo que es incuestionable es que, con o sin medidas de distanciamiento físico, se habría vivido una contracción intensa del consumo. De hecho, en un reciente estudio de Raj Chetty, se documenta que quienes más han minorado sus gastos en EEUU durante esta pandemia han sido el 25% de las rentas más altas (una caída que llegó a ser del 39% en el mes de abril frente al 13% experimentado por el 25% de rentas más bajas). Esta disminución del gasto agregado en consumo se debió en dos tercios al colapso del gasto en bienes de consumo presenciales (hoteles, restaurantes, ocio, transporte público…). El mensaje, pues, es claro: en medio de una pandemia quienes pueden permitirse aislarse tienden, en general, a aislarse (y, de hecho, las comunidades con un mayor capital social tienden a ser las que espontáneamente minimizan más las interacciones interpersonales al margen de si existen normas que lo requieran).

En definitiva, lo que ha destrozado la economía ha sido la pandemia. Con o sin medidas de distanciamiento físico, el golpe habría sido muy profundo. Y, de hecho, las medidas de distanciamiento físico, en tanto en cuanto aceleren la extinción del virus o al menos lo mantengan bajo un razonable control, pueden permitir que la economía se mantenga en unos niveles de funcionamiento mayores que con un virus mucho más extendido y enquistado. Este ha sido, de hecho, el mensaje de advertencia que nos ha lanzado recientemente el Banco de España con respecto a un levantamiento demasiado temprano de las medidas de distanciamiento físico: “no se puede descartar que una desescalada prematura resulte en una menor recuperación del empleo a corto plazo (si, por ejemplo, la demanda no repuntara porque los consumidores percibieran un nivel elevado de riesgo sanitario), o incluso a medio plazo, en la medida en que pudiera aumentar la probabilidad de nuevos brotes de contagios”.

A la luz de los rebrotes que ya se están produciendo en EEUU y en Europa (incluida España), ojalá no tengamos que arrepentirnos, tanto en lo relativo al número de fallecidos como a los daños económicos, de haber cantado victoria de manera precipitada.

Por Juan Ramón Rallo

Fuente: https://blogs.elconfidencial.com/

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