Murray Rothbard da la sensación de haber escrito sobre todo, y siempre con esa combinación de erudición y una lógica sin contemplaciones que a su vez asombra y reconforta. Y nos dejó con la sensación de que le hubiera dado tiempo a escribir varias grandes obras, que ahora quedarán para la imaginación de sus seguidores. 

El feminismo fue uno de los muchos posicionamientos políticos que pasó por su cedazo. Expuso sus argumentos sobre todo, aunque no únicamente, en un artículo sobre el “movimiento de liberación de la mujer”. Es un artículo extraordinario, en el que utiliza argumentos económicos, históricos, sociológicos y puramente lógicos, y en el cual no se puede apreciar una gota de sudor por cómo encajarán sus ideas en el corsé de la corrección política.

El economista observa que hay varios feminismos, unos más extremos que otros. Una preocupación común son las diferencias que se producen en la sociedad en las diferencias en ingresos de hombres y mujeres. Si esas diferencias se debieran al machismo de los empleadores, ya sean hombres o mujeres, todas las feministas deberían clamar por el más puro capitalismo, ya que como dicen sus críticos los empresarios son capaces de sacrificar los valores por la obtención del beneficio. Si un empresario, siguiendo estrictamente sus valores machistas, renuncia a contratar mujeres si no es con una rebaja del sueldo, va a renunciar a los beneficios de contratar a esas buenas trabajadoras, que otros empresarios más avispados harán esas contrataciones y obtendrán más beneficios. 

En realidad, como dice Rothbard, el mercado hace que los trabajadores tiendan a percibir el valor descontado de su productividad marginal, independientemente de quién y cómo sea este trabajador. Y si la media de hombres y mujeres es distinta, esa diferencia se puede explicar por razones explicables, y que en última instancia se retrotraen a decisiones voluntarias. Así, muchas mujeres, explica Rothbard, “eligen carreras que no exigen un compromiso a largo plazo” porque en sus planes está dedicarse un tiempo, quizá unos años, a la maternidad, entre otras razones. Sean las que fueren, estas decisiones explican prácticamente toda la diferencia en la media de remuneraciones. Es más, Rothbard hace ver que la condena moral de esas diferencias supone censurar la decisión libre de miles de otras personas, de las cuales no conoce ni sus circunstancias ni sus preferencias. 

Las feministas resuelven la cuestión diciendo que quienes actúan como ellas prescriben están “liberadas”, pero quienes optan por combinar sus objetivos profesionales con otros de carácter personal están sometidas porque el machismo imperante les ha lavado el cerebro. Al argumento de que una mujer sólo es libre cuando opta por una opción impuesta por terceros, Rothbard le da una cumplida respuesta. 

También muestra lo absurdo de hablar de un movimiento de “liberación” de la mujer, en un momento en el que su condición ha mejorado apreciablemente gracias precisamente al capitalismo. Aunque las mujeres siempre han participado en la producción de bienes, bien para el mercado bien de consumo doméstico, el capitalismo ha hecho el trabajo también en casa más productivo y menos exigente. 

Apunta un argumento, pero no lo acaba de desarrollar, que tiene que ver con la división del trabajo. En otro gran artículo, este ya dentro de la mejor tradición del pensamiento filosófico sobre la sociedad, explica cuál es el papel de la división del trabajo, y el sinsentido del ataque marxista a la misma. Se titula Freedom, inequality, primitivism and the division of labour. Si fuésemos como hormigas, seres fungibles, intercambiables, idénticos unos a otros, los principios de la vida en sociedad serían otros. Pero lo cierto es que somos tan diversos como el número de personas se tenga en consideración, porque cada persona es única. Y, como no llega al mundo con su vida programada enteramente por la dotación genética, sino que tiene que aprender cómo funcionan el mundo y la sociedad, y los principios que han de guiar su vida en ellos, lo mejor es que cada uno realice ese aprendizaje con la mayor libertad posible. Esa libertad no sólo permite un mejor desarrollo del individuo, sino de la sociedad, por medio de esa profundización de los procesos de especialización e intercambio. 

En el artículo sobre el movimiento de la “liberación” de la mujer habla de la división del trabajo, y de cómo el capitalismo liberó la condición de las personas, también de las mujeres. Pero no relaciona ambas cosas. Dankwart A. Rustow, en Freedom and Domination, recoge cómo surge la división del trabajo en el ámbito doméstico, vinculado a la emergencia de la familia. No precisa qué tipo de familia, pero sí precisa que es monógama: “Al mismo tiempo, esta conjunción feliz produjo un resultado social importante. Por vez primera, en contraste tanto con el matriarcado de los plantadores como con el patriarcado de los cazadores y nómadas, se alcanzó un equilibrio simbiótico, en los aspectos económico y social, entre los dos sexos, basado en la división del trabajo y la combinación del trabajo”.

Esta división del trabajo, vinculada a la monogamia, puede tener más sentido en sociedades anteriores a la capitalista, como hemos visto. Pero ahora se abre a las personas más opciones para elegir un camino u otro en la vida, de modo que esa división del trabajo no tiene ya tanto sentido. Es, al menos, lo que señala Rothbard.

El feminismo parece haber asumido la realidad de lo que recoge Rustow. Y, en lugar de que paulatinamente, de la mano de la profundización del modelo capitalista, se amplíen lo que Ralph Dahrendorf llama “oportunidades vitales”, optan por poner fin al matrimonio, aspecto contractual de la monogamia. 

Pero Rothbard pregunta, retóricamente, quién suele incidir en alcanzar el matrimonio, si las mujeres o los hombres. Y cree que en una sociedad que coincidiera con el ideal feminista de acabar con el matrimonio acabaría con algunos hombres desentendiéndose de los hijos, lo cual no contribuiría a ninguna “liberación” de la mujer. 

Particularmente, del artículo de Rothbard me quedo con dos cosas. Una, su desparpajo al desembarazarse de los grilletes de la corrección política. Parece que no va con él. Y otra, con la idea de Rothbard de que, por un lado, cuanto mayor es la división del trabajo y el intercambio, más fácil es salirse de la tradicional división del trabajo en casa. Y la radical igualdad de las personas independientemente de su sexo no tiene por qué plasmarse en una idéntica realidad social, pues por medio estriba la libertad de cada individuo, que como sugiere en Freedom, inequality, primitivism and the division of labour, también debe ser radical para que pueda acercarse a su autorrealización. 

Por José Carlos Rodríguez

Fuente: https://www.juandemariana.org/