Mark Twain decía, “Las cosas malas no te suceden por no saber, sino por creerte que sabías”. Tomo esta reflexión para que no cometamos la impericia de subestimar los hechos, ni de sobreestimar nuestra capacidad de resolución de los nuevos problemas. Escuchemos y acatemos las recomendaciones de nuestras autoridades sanitarias frente a la pandemia del coronavirus .

Dicho esto, empiezo con la propuesta para esta semana. La idea es debatir con ustedes sobre nuestras reacciones financieras . Esta violenta baja que se ve en los mercados , ¿es una oportunidad o es una última señal para el sálvese quien pueda?

Veamos el contexto:

Siempre trabajé con la premisa que indica que “flujo mata fundamento”. En el mercado financiero el flujo es la manada: van todos corriendo para el mismo lado, con los mismos fundamentos, con las mismas excusas y con la misma codicia. No te pongas delante de esa manada porque te va a llevar puesto; pero no la sigas: si vas detrás es probable que nunca veas el camino y que dependas de otro para ver lo que seguramente la manada no querrá ver. Ni bien los primeros de esa manada se den vuelta y empiecen a correr para el otro lado, con otros fundamentos, otras excusas y todos con los mismos miedos, te los toparás de frente y te llevarán puesto.

Un restaurante puede estar siempre lleno, con gente esperando afuera para entrar, y puede ganar mucha plata. Pero un día, sin saber el porqué, ya sea por un rumor, por una pelea, o solo por un cambio de la rutina, un grupo de clientes asiduos deja de ir. Luego, otro grupo. Y así sucesivamente, por lo que empieza a lucir semi- vacío. Ya no hay gente esperando, crece todo tipo de rumores y, como el restaurante tenía una estructura grande por estar acostumbrado a atender a mucha gente, se funde en un mes. La velocidad del cambio fue más importante que el cambio. Pero también pasa lo contrario, mucha gente va de golpe a un lugar de pequeña estructura, al principio ese lugar factura un montón con poco gasto y empieza a ganar mucho dinero de golpe, hasta que se ve obligado a crecer y crecer, y ya sabe usted cómo va a terminar con el tiempo.

Créame que el mayor motivo de crisis de una empresa, y también de un país, es simplemente subestimar los costos cuando todo va bien.

En finanzas es igual: un banco está muy bien de salud y un día un inversor muy grande decide retirar el dinero, el cajero se sorprende y le cuenta a otro cliente. Este otro cliente, por las dudas, retira su dinero, se propaga el rumor, se descapitaliza el banco y, finalmente, el flujo mata los fundamentos del banco.

Hace poco me contaba un colega, uno de los más estudiosos del mercado y de los balances de las empresas, que una semana después de las PASO, sus empleados le pidieron la mañana libre para ir a retirar sus ahorros de los bancos. Mi colega los sentó a todos, frente a un pizarrón y a los balances de los principales bancos. Les demostró que los bancos estaban muy sólidos, que era imposible que tocaran los ahorros de la gente y que era más seguro dejar la plata ahí que llevarla a sus casas. Los empleados lo escucharon atentamente (lo respetaban mucho) contaron hasta cinco… y fueron todos corriendo al banco a sacar su dinero. Mi colega quedó solo con el pizarrón, lo miró y pensó: “¿No tendrán razón y yo aquí terco con mi teoría? “¿Saben qué? Fue corriendo al banco por miedo a la profecía autocumplida.

Los seres humanos somos mucho menos racionales de lo que presumimos: arrojamos monedas a las fuentes para que se cumplan nuestros deseos, buscamos tréboles de cuatro hojas, no pasamos por debajo de una escalera y, si nos dicen “no pienses en camellos si pasa un tren”, automáticamente vemos con jorobas a todos los pasajeros.

Es por eso que las crisis económicas y el estallido de las burbujas, por mucho que sean cíclicas y predecibles, son el reflejo fiel de los seres humanos: capaces de lo mejor y de lo peor. Capaces de tropezar dos o más veces con la misma piedra.

Los argentinos somos iguales, solo que multiplicamos esos comportamientos por diez y, además, nos jactamos de ello. Si un dirigente repite dos veces: “No vamos a devaluar, no vamos a devaluar”, todos corremos a comprar dólares y ocurre la famosa “corrida”. Si dicen: “No vayan a los supermercados, no vayan a los supermercados”. ¿Qué hacemos? Corremos todos juntos a ver quién compra más papel higiénico.

¿Qué sabemos de esta pandemia? Poco. Y eso potencia la incertidumbre. Y los referentes mundiales no lideran, no transmiten confianza, no nos representan, generando más confusión aún: piensan en el voto del ciudadano y no en el ciudadano.

Es como si vas al médico y te dice que no te preocupes, que tu salud luce muy bien, que solo estás cansado… pero te aconseja un buen seguro de vida y que ordenes el testamento.

Estoy seguro de que, a esta altura de la nota, el que sigue leyendo me dirá: “¡Basta Claudio de cuentitos, al grano! ¿Compro o vendo?” Respuesta fácil: No tengo la menor idea, pero pensemos juntos.

La tecnología potenció las reacciones. Las grandes diferencias con la última gran baja de los mercados vivida en 2008/2009, es que entonces no existía WhatsApp ni los presidentes comunicaban sus mensajes por Twitter. En los mercados, hoy gran parte de las decisiones son tomadas por algoritmos que aceleran la dinámica: lo bueno y lo malo. Las velocidades de los cambios son más relevantes que los propios cambios.

Está claro que todavía no vimos lo peor en materia de daños colaterales a la economía real y a la catarsis social de lo que está ocurriendo. El elevado grado de aislamiento de muchos ciudadanos a la vez frena cualquier impulso de consumo, lo cual debilita las ventas de las empresas y la recaudación de impuestos de los estados, generando más desempleo. Y así se genera un círculo vicioso. Los estados se convirtieron en el sostén de las economías ampliando el gasto público, bajando las tasas de interés (política monetaria), o bajando impuestos (política fiscal). Y haciendo insostenibles sus déficits fiscales y los demás círculos viciosos.

Ahora volvamos al cuento e intentemos no seguir al rebaño. ¿Describí algo que algún inversor no supiera? Lo dudo: lo que describí lo conocemos todos y creo que los mercados actuaron en consecuencia. Solo que, esta vez, más rápido que nunca.

No hay programa algorítmico que valga, balance de empresa que cuente, analista de inversión que tenga la justa, calificadora de riesgo que imponga opinión, ni regulador que tenga el control del mercado. Se trata solo de personas que, cuando perdieron la confianza o no creen en nada, venden como manada.

El miedo ayuda a poner límites, pero el pánico nos hace perder el control de la situación. Y hoy la sociedad global está en pánico.

Un dato financiero: el miedo puede durar mucho tiempo; el pánico, no.

Tenemos dos posibilidades. Si usted cree que ya no hay vuelta atrás y que el coronavirus, o la ansiedad de la incertidumbre, nos va a matar a todos, no se preocupe por sus finanzas, ahorre en lo que ahorre es lo mismo. Es más, no siga leyendo (ya sé, seguro que, habiendo yo dicho esto, va a seguir leyendo igual). En estos casos nada es reserva de valor.

Si usted cree que lo vamos a superar, entonces tarde o temprano vamos a salir adelante. Volveremos a consumir quizás más que antes, como pasó siempre. Además, todos los días nacen más consumidores que los que mueren (quizás que, con la cuarentena, en los países envejecidos hasta se vuelvan a generar nuevos niños). Entonces, quizás valga la pena encontrarle la vuelta.

¿Eso significa que hay que invertir? Quizás, todavía no. Un amigo dice que desde que inventamos la pala siempre se puede estar más abajo.

Para determinar en qué momento invertir, le experiencia me dice que un mercado vuelve a arrancar cuando, primero, pierde la volatilidad. Volatilidad es sinónimo de incertidumbre. Y la pérdida de la volatilidad es la primera señal.

El susto global financiero de 2008/2009 nos hizo crear un sistema, a mi gusto, mejor. Con ganadores y perdedores. Hay empresas que valen 20 veces más que entonces y que ofrecen nuevas soluciones financieras, mientras los bancos tradicionales valen el 10% que en aquel entonces.

El susto global que trajo esta pandemia (y quizás no vimos lo peor), va traer sin dudas cambios de hábitos. La generación de mis hijos, que rondan los 20 años, van a vivir como mínimo 90 años en este planeta. Tienen muchos incentivos para cuidarlo y lo van hacer. Así como en 2009 apareció una nueva banca digital, y nuevos sistemas de pago, aparecerán ahora nuevas empresas de cuidado de la sostenibilidad del planeta, que serán excelentes inversiones para los que compartan esa visión.

Creo que este es el rubro a invertir, la nueva sociedad le va dar más valor al cuidado de la naturaleza y al cuidado de la alimentación (el origen de las pandemias), que a la rentabilidad. Más empresas con personal trabajando desde sus casas y más enseñanza digital será la nueva escenografía por un tiempo largo, con nuevas oportunidades de negocios para algunos.

Sin pánico, cierro con una magistral enseñanza de la genial Paula Pareto, que dijo: “Uno de mis entrenadores dice que gana el que tiene más ganas de ganar y menos miedo a perder”.

 

Por Claudio Zuchovicki 

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/

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