En Colombia se pretende prohibir Uber como en otros países que han limitado o prohibido su uso. Discutimos si debe haber regulaciones laborales para los choferes de aplicaciones de taxi y repartidores de servicios como Rappi. Se cuestiona que alquilar Airbnb sea competencia a los hoteles aprobados por el Estado. Y nos dirán que Amazon está afectando el número y tamaño de tiendas de departamento reduciendo empleos. La lista continúa.

Con un discurso estatista en una reunión, un amigo despotricó contra las Apps de taxis y exigía más participación del Estado para evitar abusos. Luego de una intensa discusión, al retirarse cogió su celular y llamó un taxi por aplicación.

Pero los consumidores siguen demandando masivamente servicios prestados por sistemas que están a su alcance con solo sacar su celular del bolsillo, inimaginables hace unos años en la más visionaria película de ciencia ficción, pues son servicios más baratos, seguros y confiables.

¿Por qué algo tan demandado por la gente no le gusta al Estado y a los defensores de la regulación indiscriminada? La historia es una continua batalla entre defender la libertad y defender su limitación. Los ciudadanos reclaman ser dueños de las decisiones que marcarán su destino, entendiendo por destino desde aquello que marcará la esencia de nuestro ser (en qué creemos, qué estudiaremos, en qué trabajaremos, con quién nos casaremos, cuántos hijos tendremos) hasta cuestiones aparentemente tan intrascendentes como qué taxi tomaremos o si queremos comer unas grasosas papas fritas.

Solemos ser más permisivos con los límites que el Estado pone en cosas aparentemente intrascendentes, sin entender que las concesiones a límites menos relevantes tienen un efecto acumulativo que hace que cuando queramos reaccionar, se haya afectado lo realmente importante.

El Estado se fundamenta en su capacidad de limitar nuestra libertad. Basta imaginar cualquier acto del Estado (desde cobrar impuestos, las reglas de tránsito o las Apps que podemos usar) e identificaremos una limitación a nuestra libertad. Al margen que varios de los límites pueden estar justificados en el principio de John Stuart Mill según el cual las limitaciones a la libertad son válidas para evitar que se cause un daño a otro, lo cierto es que el Estado ni es consistente ni justo en imponer esos límites.

Las Apps desafían la capacidad de limitar nuestra libertad. El cambio de los bienes y servicios tangibles a intangibles permite la deslocalización de los mismos. En estricto, las Apps no están en ningún sitio físico. Escapan al territorio que es donde el Estado puede ejercer su poder para limitar la libertad. Y entonces el Estado las ve como un desafío a su capacidad de decidir qué podemos hacer y qué no.

Pero la decisión del individuo es muy poderosa cuando se agrega con la de los demás en mecanismos descentralizados de decisión como el mercado o el ciberespacio. La razón por la que preferimos tomar un taxi por aplicación que uno aprobado por el Estado está en que confiamos más en el primero, lo que significa que confiamos menos en el Estado. En el mercado de la competencia por confianza las Apps derrotan al Estado. Y el Estado detesta la competencia.

 

Por Alfredo Bullard 

Fuente: https://peru21.pe/