Bernie Sanders prácticamente empató con Pete Buttigieg en Iowa y ganó en New Hampshire, y su candidatura avanza raudamente. Es temprano para saber si se hará con la nominación, pero es obvio que representa, a sus casi 78 años, la juventud demográfica e ideológica del partido de Jefferson. Porque las bases y la coalición social que sostienen al Partido Demócrata han decidido mudar de piel, reemplazar lo que juzgan fuera de época con lo que para Estados Unidos es una novedad: el socialismo. Cuando Europa, con excepciones carpetovetónicas, parece renunciar a él (no necesariamente reemplazándolo por la más apropiada de las muchas alternativas, pero esa es otra historia), el país más exitoso de la Tierra pretende hacerlo suyo a través de una de sus dos grandes familias políticas.

Desde Europa, donde ya vimos esto en el laborismo británico de Jeremy Corbyn, no llamará tanto la atención que vaya quizás a rivalizar con Trump, a nombre de medio país, un exponente de la ideología del fracaso, es decir, de aquello frente y contra lo cual se hizo Estados Unidos. Pero, desde la perspectiva norteamericana, el asunto es una gran anomalía histórica.

Sí, ya sé que si Sanders obtiene la nominación, los demócratas serán castigados, como sé que, si los demás no logran detenerlo, no se puede descartar un movimiento de salvataje de las posibilidades demócratas apostando por alguien como Bloomberg. Pero eso no quita el asombro ante el deseo de flirtear con la izquierda más antediluviana que se ha apoderado de tantos estadounidenses.

Es, me dirán, la reacción pasajera al fenómeno Trump. Al revés: Trump fue la reacción a lo que se percibía como el alejamiento del país con respecto a su ethos tradicional. Había en esto mucha confusión, pues no era la conspiración izquierdista, como pensaban muchos norteamericanos, lo que estaba operando transformaciones desconcertantes en el país, sino la globalización, con sus inevitables dislocaciones en ámbitos como la economía, las ciudades, la composición de la sociedad y hasta el discurso público. Frente a todo ello reaccionó medio país abrazando el nacionalismo de Trump, atribuyendo cuanto ocurría a la radicalización izquierdista de Obama, aun cuando aquel presidente, si bien reflejaba la tendencia crecientemente intervencionista del Partido Demócrata, no era un socialista a la europea (y a la latinoamericana) como lo es Bernie Sanders. Hoy Sanders se beneficia del clima populista nacido de estas mismas dislocaciones, de la crisis financiera de hace una década y de la Gran Recesión. En eso es casi como un epifenómeno, pero con polvorientas ideas socialistas, del fenómeno Trump.

Los tiempos populistas de izquierda también han llegado como un Maelstrom a la política estadounidense y tienen en Sanders a su símbolo demócrata. Ya se respiraban esos aires en la academia, las artes, la vida social y las organizaciones cívicas. Faltaba la política de máximo nivel. Veremos ahora hasta dónde llega este coqueteo yanqui con el tercermundismo.

 

Por Álvaro Vargas Llosa

Fuente: https://www.abc.es/