No podía haberle tocado a Boris Johnson una pera más en dulce que Jeremy Corbyn. Pretender ganar, como hizo el laborismo, con un personaje salido de la vulgata marxistoide de los 70 que proponía nacionalizar las grandes industrias y la banda ancha, reducir la semana laboral pagando mayores salarios, aumentar 30 libras de gasto público por cada libra de aumento propuesto por Johnson y abultar la deuda en 150.000 millones de libras con lo que ello suponía en aumento de impuestos, era un delirio. Y era no entender el Reino Unido, donde la única forma en que el laborismo pudo volver al poder -con Tony Blair- fue adaptándose a la era thatcheriana. Para colmo, frente a un Boris Johnson que ofrecía «to get Brexit done», Corbyn se columpiaba entre el sí y el no a Europa.

Dicho esto, no nos engañemos: Johnson no es Thatcher. Los tiempos son otros.

Thatcher toma el gobierno en 1979 munida de principios liberales revolucionarios en lo económico y moderadamente conservadores en lo social, una doctrina intelectualmente coherente apoyada en una mentalidad mesocrática que ponía los pelos de punta al «establishment». Se enfrentó a Europa a menudo, pero nunca para abandonarla sino para luchar contra su burocracia, y el único asomo de nacionalismo que exhibió fue tratar de impedir la reunificación alemana, tal vez por un trauma generacional fruto de dos guerras mundiales.

Boris Johnson no tiene una doctrina, una visión esférica, coherente. Es un populista: caben en él impulsos contradictorios como propugnar la libre empresa y negarse a bajar el impuesto de sociedades porque quiere aumentar el gasto público en miles de millones de libras para apuntalar los servicios sociales con un discurso robado del laborismo. Hay en él pragmatismo (a pesar de su nacionalismo, ha prometido legalizar a los inmigrantes sin papeles y, a pesar de su conservadurismo, está a favor de que las parejas del mismo sexo se puedan casar y adoptar hijos), pero hay también demagogia xenofóbica como la empleada para atacar sin piedad a la Unión Europea con argumentos alejados de la cruzada antiburocrática de Thatcher. Comprende el peligro del socialismo para su país, pero el gasto público y el endeudamiento que su oferta implica harán inevitable subir los impuestos, que ha prometido mantener quietos, si no quiere abrir una brecha peligrosa. Thatcher, que miraba el presupuesto fiscal como la austera hija del tendero que era, se escandalizaría. Maggie creía en el libre comercio, mientras que Boris dice querer firmar muchos acuerdos comerciales, pero ha rechazado el más grande de la actualidad, el europeo.

Thatcher capturó un porcentaje del voto de la «clase trabajadora» (engañoso clisé) con capitalismo popular; Johnson se lo ha ganado apelando al instinto nacionalista y con la promesa de un gasto social que hoy es muy difícil financiar. ¿Qué sucederá cuando la realidad lo obligue a elegir entre seguir contentando a esos votantes exlaboristas (les ha arrebatado nada menos que dieciocho circunscripciones) y hacer lo thatcheriano?

 

Por Álvaro Vargas Llosa

Fuente: https://www.abc.es/