El pasado 30 de enero, los medios de comunicación informaban de que la ciudad italiana de Venecia había completado la instalación de su sistema de diques móviles, con el que se pretendía proteger de la marea y las inundaciones. El sistema MOSE (Modulo Sperimentale Elettromeccanico) es un sistema de 78 compuertas de tipo basculante, colocadas en las bocas que conectan la laguna con el mar Adriático, que durante la marea baja permanecerían abiertas, permitiendo el movimiento natural del agua, y que, cuando la previsión superara 1,10 metros sobre el nivel del mar, aire inyectado en la compuerta haría que ésta alcanzara una inclinación de 45 grados, lo cual impediría la entrada de agua desde el Adriático. Al finalizar la marea, se extraería el aire, las aguas volverían a ocupar su espacio y la compuerta volvería a su posición inicial. Sin embargo, el proyecto tenía un pequeño problema que, a la larga, ha sido fatal para la ciudad: estaría operativo en 2021, pues faltaba por instalar el sistema de control.

El proyecto fue iniciado en 2003 por el Consocio Venezia Nuova y tenía un coste de 5.483 millones de euros, con el apoyo del gobierno italiano, la región y, por supuesto, el de la ciudad. Sin embargo, también tenía en contra a los grupos medioambientalistas, que solo veían los daños que iban a producirse en el ecosistema de la laguna. Otro aspecto, muy italiano dirían algunos, dado su carácter público-privado, fue que no tardaron mucho en aparecer los casos de corrupción, que terminarían elevando el presupuesto, ahora cifrado en 7.000 millones de euros. En 2014, fueron detenidos el alcalde veneciano en esa época, Giorgio Orsini, al que se acusó de recibir fondos ilícitos, y otros 35 implicados, incluyendo al ex presidente de la región de Véneto, Giancarlo Galan.  No era una cuestión de un único partido, pues mientras Orsini pertenecía al Partido Demócrata, Galan militaba en Forza Italia.

Ahora, vayamos a solo hace unos días, cuando entre desconcierto, lamentos, fotos impactantes con la Plaza de San Marcos y diversos edificios históricos, incluida la Basílica, inundados por la mayor marea alta desde 1966[1], se nos mostraba una Venecia en estado de shock, preguntándose quién o qué había sido el responsable de la catástrofe. No se tardó mucho en relacionar la situación con el cambio climático y recordar el fin trágico que le espera a la histórica ciudad. Benjamín Quesada, doctor en Climatología del Institut Pierre-Simon Laplace y profesor de la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad del Rosario, aseguró que: “Venecia podría volverse una víctima precoz del cambio climático, que inexorablemente va a aumentar el nivel del mar. Hay, efectivamente, un estudio basado en pruebas paleoclimatológicas que afirma que Venecia podría estar desapareciendo de aquí al 2100. Además, el mar Mediterráneo estaría subiendo unos 140 mm de aquí a finales de siglo, si no hay cambios en las emisiones actuales, lo que daría más crédito todavía a este estudio”. Lo cierto es que no hay una catástrofe de estas dimensiones que no se relacione de alguna manera con el cambio climático. Da lo mismo que hechos similares hayan ocurrido, incluso con más fuerza, en tiempos pretéritos o que hayan sido incluso más dañinos; un huracán, una inundación o una marea alta más potente de lo común son ejemplos que muestran y demuestran el cambio climático. Y si, por alguna razón poderosa, no es el cambio climático el factor generador, éste potenciará los efectos negativos[2].

Sin embargo, en el caso de Venecia, hay otro factor que no tiene que ver con la naturaleza (no al menos de forma directa) y al que también se le asigna buena parte del daño que experimenta la ciudad: el turismo, y en concreto, el turismo que llega a ella en transatlánticos. Dicen algunos expertos que los barcos afectan a los cimientos de la ciudad antigua, al navegar cerca de la misma para ofrecer impactantes vistas de la ciudad. Además, el turismo ha convertido la ciudad en una especie de parque temático, masificando todos sus palacios, iglesias y monumentos. Miles de personas descienden de estos navíos, llenando sus comercios, museos y monumentos. Estos expertos piden poner coto al turismo, limitar las visitas de alguna manera. Esto no es novedoso. Desde hace unos años, se ha venido produciendo un movimiento político que, al principio de una manera muy burda, pero no por ello inefectiva, y ahora de una manera más trabajada, pide o exige que el turismo sea limitado por diversas cuestiones: las hay desde luego medioambientales, pero también de preservación de los monumentos, incluso de la entidad cultural de la población y, desde luego, de mercados internos.

Entonces, ¿quién o qué es responsable de la situación actual? Hay otros lugares que, como consecuencia de su situación con respecto al nivel del mar o por el historial de la región con respecto a algunos fenómenos meteorológicos, han construido infraestructuras para evitar las inundaciones. Todos recordamos cómo fallaron, en Nueva Orleans en 2005, las que tenían que evitar los efectos del huracán Katrina, pero conocemos menos las que evitan las crecidas del Támesis en Londres y las que impiden que la mitad del territorio de los Países Bajos vuelva a estar bajo las aguas. Ambas funcionan con efectividad, aunque no niego que, como en el caso italiano, la corrupción y la desidia política de todos los partidos hayan encarecido el proyecto, su mantenimiento e incluso su efectividad. El sistema MOSE no está construido debido a la corrupción del sistema y de los políticos que se han enriquecido. De hecho, dado que algunas compuertas se han oxidado (no se ha hecho el mantenimiento adecuado), habrá que sustituirlas y dudo mucho que en 2021 lo veamos en funcionamiento.

En cuanto al famoso calentamiento global de origen antropogénico, sin entrar si es cierto tal como nos lo cuentan o si hay otros factores distintos a los que achacar los datos climatológicos, no es de recibo que, desde ciertas instituciones y, sobre todo, desde ciertos medios de comunicación, se le achaque todo, absolutamente todo lo malo que nos ocurre, por una cuestión de estrategia ideológica y no por una realidad con validación científica.

El Acqua Alta es un fenómeno que se viene produciendo en Venecia desde que ésta se fundó en el siglo V para huir de los germanos. Es un fenómeno que ha afectado a la ciudad en no pocas ocasiones y de manera algunas veces catastrófica para los intereses de la República. Cuando realmente el cambio climático se vuelva peligroso para los humanos, tanto falso aviso hará que no se tome en serio. Si alguno se pregunta por qué entre ambientes liberales está tan discutido el cambio climático de origen antropogénico, no es tanto porque se dude de su carácter científico (a mí me cuesta entender tanto consenso, sobre todo, cuando el método científico impide los dogmas), sino que siempre va acompañado de alguna medida que eleva la carga fiscal o limita la libertad, además de negar que, desde la libertad del libre mercado, también se podrían tomar medidas que disminuyeran los efectos negativos del hombre sobre la naturaleza.

En cuanto al turismo, es cierto que éste se ha hecho un fenómeno global y que muchos países se han dado cuenta de que es una fuente de riqueza innegable, hasta el punto de que algunos de la Vieja Europa se han transformado (y bien que han trabajado las políticas de sus gobiernos en ello) en verdaderos parques temáticos que, en vez de montañas rusas y tiovivos, tenemos playas, montes y monumentos que visitar. El desarrollo de los medios de transporte y los cada vez más bajos precios de los viajes han hecho que ahora puedan viajar incluso aquéllos que antes no tenían esa capacidad, financieramente hablando. Es posible, aunque lo dudo, que hace unas décadas, los turistas de lo cultural fueran personas con intereses intelectuales, más eruditos que los actuales, y dicen que menos dañinos, pero lo cierto es que ahora muchos pueden visitar la Plaza de San Marcos y abrir la boca disfrutando de la historia y el pasado glorioso de la República Veneciana, que acompañó a los españoles y a los Estados Pontificios, entre otros, en la Batalla de Lepanto.

En vez de prohibir o sobrerregular el turismo (y sí, es posible que la masificación turística no sea lo ideal y haya que estudiar algún tipo de medida que impida que un barco de 13 pisos se estrelle contra los muelles, como ocurrió en julio de este año en Venecia), se podía llegar a acuerdos en forma de contratos, precios y otras herramientas ligadas al libre mercado que ayuden a descongestionar los centros culturales y no a limitar el turismo. A la postre, implantar demasiados impuestos no favorece a los que tienen menos ingresos y recursos, con lo que el turismo vuelve a ser cosa de “ricos”, posiblemente progresistas y ecologistas.

[1] En la noche entre el martes y el miércoles se registró una marea que sumergió la ciudad en un 80 por ciento, alcanzando un nivel máximo de 187 centímetros y acercándose a los niveles más altos jamás registrados, los 194 centímetros de la inundación de 1966.

[2] En este caso, la subida del nivel del mar se unirá a la marea.

 

Por Alberto Illán Oviedo 

Fuente: https://www.juandemariana.org/

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