La decisión repentina de Pedro Sánchez de pretender formar gobierno con Pablo Iglesias calza con una tendencia internacional peligrosa. La izquierda socialista está embrujada, una vez más, por el maleficio del fanatismo ideológico. En España, el PSOE, baluarte de la Transición, olvida las lecciones de décadas para llevar a la cúspide a la izquierda carnívora y dar gran poder de presión, por no decir chantaje, al nacionalismo. En lugar de intentar construir una Gran Coalición (independientemente de si el PP la aceptaría), sucumbe a la tentación del abismo. El espíritu de Largo Caballero y Prieto anima hoy al socialismo español en detrimento del de Besteiro, que prevalecía desde los 70 gracias a Felipe González y compañía.

En el Reino Unido, nada está ayudando más al populista Boris Johnson que la delirante candidatura de Corbyn, cuyo programa haría palidecer al laborismo antediluviano de un Michael Foot. En Chile, el Frente Amplio, que recoge a una mitad de votantes de lo que fue la Concertación, coalición de democristianos y socialistas que dio estabilidad a Chile y preservó un exitoso modelo con modificaciones razonables, pretende matar a la gallina de los huevos de oro en vez de ampliar sus beneficios. Ha alentado la violencia del último mes y pide una nueva constitución de inspiración «bolivariana» (con disimulos).

En medios de Europa y Estados Unidos, felizmente ya no tantos, hay quienes han defendido lo indefendible con respecto a Bolivia, justificando que un demagogo que llegó al poder con un mandato de cinco años pretendiera, tras catorce años, eternizarse mediante fraudes electorales y violencia.

En la izquierda del primer mundo hay una fascinación creciente por el socialismo prístino, revolucionario, de los tercermundistas. Ya no por condescendencia, como antes, sino porque algo de eso quisieran aplicar en casa. También pasa en países del tercer mundo que se suponía iban dejándolo atrás: en la OEA, el Gobierno de México, cuya economía es más grande que la de España, ha votado en contra de que Bolivia realice elecciones limpias junto a… ¡Nicaragua y San Vicente y las Granadinas! La izquierda socialista abandona la socialdemocracia y se acerca a la idea revolucionaria y estatista, estirando los límites del sistema y el electorado.

El espíritu de Bernstein, que tanto luchó hace un siglo para apartar al SPD, gran referencia del socialismo europeo, de la idea revolucionaria y casarlo con el reformismo, se va disipando entre los socialdemócratas de hoy.

Son muchas las causas. El fracaso electoral de varios socialistas; el resurrecto nacionalpopulismo le da coartadas para adoptar parejo desprecio por la democracia liberal y la globalización; el aumento de la prosperidad ha parido una generación que olvidó sus causas y lo que costó conseguirla. No veo otra solución a esta deriva que una reacción desde las filas del propio socialismo, como la hubo en su día en España, el Reino Unido, Chile y otros países.

 

Por Álvaro Vargas Llosa

Fuente: https://www.abc.es/

Deja un comentario