Hay un capítulo no escrito en la historia de Venezuela y Latinoamérica referido a  la creencia de que existe un corto circuito entre la doctrina liberal y el corazón. Razones brotan de las piedras, según ellas, los liberales no creen en el ser humano, el pobre no vale nada, el trabajador puede ser explotado, la tasa de ganancia es su religión, los macroeconomistas liberales solo ven números.

Estos argumentos cobran valor cuando Chile, paladín del crecimiento, se estremece con inesperados disturbios. Algunos ya plantean la oportunidad para Piñera de hacerse cargo  de toda la deuda social dejada por el “socialismo” de Bachelet. En todo caso, no parece ser problema de números. El intelectual chileno Fernando Mires habla de anomia política, “la que vive Chile es una situación de anomia (desintegración) política. A un lado una derecha indolente que solo sabe de números y privilegios. Al otro, una izquierda errática sin programas, sin visiones, sin ideologías y, sobre todo, sin ideas”.

Lo que es cierto es que los antiliberales, como deben ser la mayoría de los manifestantes en Chile, portan en su ADN la idea de que el trabajador es el único que produce valor, por tanto es necesario cumplir con algunos preceptos, el mercado debe sustituirse por la planificación centralizada, a cada quien según sus necesidades. La propiedad privada debe desplazarse por la propiedad colectiva. La igualdad se erige como un valor material.

Evidentemente, cuando en un plano objetivo enfrentamos estas ideas con otras que privilegian la propiedad privada, el mercado libre, la igualdad de oportunidades, la rentabilidad fruto de la productividad y la responsabilidad individual, ocurre un gran desbalance en el corazón de las personas y de los pueblos. La inclinación más corriente ha sido hacia los preceptos antiliberales, en una muestra de amnesia con tergiversación. No importa que la historia muestre de forma implacable que la gente vive mejor, hay mayor armonía en las sociedades que asumen la doctrina liberal, como es el caso de Chile hoy. La prueba de ácido sería encontrar un solo pueblo en el mundo donde los conceptos contrarios al liberalismo hayan logrado la felicidad de las personas.

Esta oposición de ideas y doctrinas se lanza al ruedo con dos contendores, uno ungido por una aureola de superioridad moral que le otorga el defender la anulación de la propiedad privada considerándola como origen de las separaciones entre las personas: propietarios y desposeídos. Realmente, y aunque parezca tonto repetirlo, el origen de la propiedad no es la desposesión de algunos y la apropiación de otros. La propiedad es un resultado, la muestra del trabajo humano, del emprendimiento de los individuos, de los proyectos, el sueño de crear bienes, objetos materiales, culturales como producto del ingenio humano y sobre todo del esfuerzo. Al hombre que funda una empresa para producir alimentos, nuevos productos para la vida, tecnologías, Internet, medicinas para el cáncer, construir ciudades, lo anima la búsqueda de soluciones basadas en la inteligencia, la curiosidad,   invierten su esfuerzo y arriesgan su capital en estas exploraciones con el objetivo de ganar y servir.

El paradigma del trabajador víctima del empresario envenena muchas almas. Imaginario montado sobre la idea de que entre el empresario y el trabajador las relaciones solo pueden ser de explotación. Se divulga que el fundador de un negocio apuesta a ganar robando el valor generado por el trabajador. Se tergiversa el esfuerzo del empresario como acto innoble, robar a otros. Se niega que el empresario persista en el esfuerzo porque tiene un sueño, una convicción, una aspiración legítima de rentabilidad, generar ganancias, que retornen los costos, crear nuevos salarios y beneficios dentro de la empresa y en la sociedad abierta. Creer que la ganancia del empresario es un mero producto de la explotación del trabajo es esclavitud con otros ropajes. Crear trabajo asalariado es sentar las bases de la libertad para aquellos que comparten la relación salarial.

Atrevámonos a preguntar por los sentimientos morales que privan en aquel que cree en el trabajo del emprendedor y del asalariado como auténtica fuente de generación de valor en contraste con los fieles al dogma de la relación entre un empresario y el trabajador como una suerte de esclavismo prolongado en la historia.

Y por último, el gobierno chileno que ha triunfado en lo económico tiene la oportunidad de vencer la hegemonía cultural de la izquierda socialista que propende a eliminar todas las libertades y beneficios económicos. Hemos visto con Piñera y Lenín Moreno la aceptación de la razón del contrario y esta es la raíz de la no violencia en las relaciones humanas, es la base de la tolerancia antidogmática liberal. Nunca un Fidel o un Stalin han reconocido los argumentos de quienes se le oponen.

En Chile no se trata de crecimiento económico, las explicaciones tienen que estar en una zona más profunda, ese país ostenta la más alta tasa de suicidios del continente. Hay que restituir el orden, pero también desentrañar el combustible de la violencia. Según Mires, “hecho –se quiera o no– que tiene más de alguna incidencia política. Hay que aprender a pensar más allá de los números”.

 

Por Isabel Pereira Pizani