Estando aquí por una visita de trabajo, tuve la oportunidad de cenar con uno de los estadistas más experimentados del país, y lo escuché describir los mayores desafíos de la nación. Mencionó tres: “Estado de derecho, Estado de derecho y Estado de derecho”.

La verdad de esa observación quedaría recalcada pocos días después, cuando un grupo de personas armadas asesinaron a nueve miembros de la familia LeBarón en una carretera rural en el estado norteño de Sonora. Si bien el motivo de la masacre todavía no está claro, su crueldad sí lo está: tres mujeres y seis niños, incluido un par de bebés gemelos, fueron acribillados a corta distancia y quemados vivos en sus autos.

El incidente ha ganado gran atención en los Estados Unidos principalmente porque los LeBarón son parte de una histórica presencia mormona estadounidense en el norte de México. (George Romney, el difunto gobernador de Míchigan y padre de Mitt, nació en una colonia mormona en Chihuahua en 1907, la cual se vio obligado a abandonar siendo un niño durante la Revolución mexicana).

Sin embargo, la razón por la que los asesinatos realmente importan es que son un nuevo recordatorio de que México va rumbo a convertirse en un Estado fallido.

La responsabilidad de esta situación la tiene la combinación de incompetencia administrativa y necedad ideológica de Donald Trump y su homólogo mexicano, Andrés Manuel López Obrador. En 2015, le pregunté al entonces candidato Trump si temía que sus políticas proteccionistas pudieran perjudicar a México de una manera que, en última instancia, también perjudicara a Estados Unidos. Su respuesta: “No me importa México, sinceramente. En verdad no me importa México”.

Desde entonces, Trump ha forzado una renegociación cuestionable del TLCAN, pero no ha logrado que el nuevo tratado de comercio sea ratificado en el Congreso, lo que ha causado una incertidumbre comercial que ha llevado a la economía mexicana al borde de la recesión. Le tomó al gobierno más de un año designar a un nuevo embajador en México, luego de que la anterior renunció indignada. Además, la insistencia de Trump de que México militarizara su frontera con Guatemala ha drenado a su Ejército del personal militar necesario para combatir a los carteles del narcotráfico.

El mes pasado, en la ciudad noroccidental de Culiacán, las fuerzas de seguridad mexicanas se vieron rápidamente superadas en número y armamento cuando intentaron arrestar al hijo de Joaquín el “Chapo” Guzmán, el capo de la droga encarcelado. Los soldados se rindieron y el hijo fue liberado de inmediato.

Si las acciones de Trump han sido dañinas, las de López Obrador han sido desastrosas.

Su lema a la hora de encarar la violencia de los carteles es “abrazos, no balazos”. Su estrategia ha sido incrementar la inversión en programas sociales mientras les pide a los mafiosos que piensen en sus madres. Ha afirmado, ridículamente, que la delincuencia está bajo control y sigue insistiendo en que no tiene la intención de reconsiderar su enfoque. En el fiasco de Culiacán, alabó la decisión de liberar al hijo del “Chapo”, al mismo tiempo que ordenó divulgar el nombre del oficial responsable de la operación, con lo que ha puesto en riesgo su vida. Muchos de los oficiales del Ejército ahora odian abiertamente a su comandante en jefe.

Esta parodia de política ha tenido un resultado predecible: el 2019 va rumbo a convertirse en el año más violento de México en décadas, con unos 17.000 asesinatos cometidos entre enero y junio. Para ilustrarlo de otra manera, ese número supera la cifra de civiles muertos en Irak en el apogeo de la guerra en 2006.

Entonces ¿qué funcionaría? Durante una conversación, un antiguo alto funcionario de inteligencia de Estados Unidos sugirió una analogía admonitoria.

Según el exfuncionario, “lo que siempre se ha necesitado es construir una campaña civil y militar conjunta, en la que el aspecto militar incluya todos los servicios de seguridad, de forma similar a la campaña de contrainsurgencia que se adoptó durante la escalada en Irak”.

Pero ¿no se ha intentado ya eso en el pasado?

No exactamente. Bajo la presidencia de Felipe Calderón (2006-2012), México adoptó una estrategia “contra los capos”, es decir, con el objetivo de capturar a líderes de carteles. Sin embargo, las decapitaciones nunca funcionan cuando tu enemigo es la Hidra de Lerna. Su sucesor, Enrique Peña Nieto, creyó que la prosperidad económica y las reformas políticas podrían ser el antídoto para la delincuencia, lo cual resultó ser otro espejismo, pues el crecimiento se estancó y la corrupción se disparó.

Cuando los presidentes mexicanos le han dado un vistazo al asunto, no pueden dejar de sentir que la tarea es demasiado abrumadora”, señala el exfuncionario. “Demanda demasiado personal, y no me refiero solamente a fuerzas de seguridad que limpien, mantengan y reconstruyan. Estas fuerzas deben tener el apoyo de autoridades judiciales fuertes, las cuales a su vez deben tener el respaldo de autoridades penitenciarias fuertes. Esas son las tres patas del “taburete” del Estado de derecho, y si alguna de ellas es frágil, la iniciativa entera puede venirse abajo”.

En México, todas las patas del taburete están agrietadas. Las prisiones están fuera de control. Las autoridades municipales les temen a los carteles. La “tasa de impunidad”, es decir, la probabilidad de que los crímenes no sean castigados, llega prácticamente al 99 por ciento.

Esta no es una situación normal para México. O el país toma el control de su crisis institucional y sus deficiencias de liderazgo, o va a asemejarse cada vez más a Irak antes de la escalada, con el dinero del narcotráfico tomando el lugar del fanatismo religioso. A Donald Trump podrá no importarle México, pero a ti sí te debería importar. Incluso si construimos un muro, no existe crisis alguna que respete una frontera.

 

Por Bret Stephens

Fuente: https://www.nytimes.com/es/