Todo empezó con estudiantes destructivos cuya justificación era un alza leve del billete del metro del que muchos estaban exentos (y que desde hace años sube bastante menos que el salario mínimo). Otros grupos, organizados y sin reclamo específico, engrosaron la orgía violenta, seguidos por saqueadores. Hubo muertos, robos, incendios, daños cuantiosos. La población, aterrorizada, se debatía entre organizar su propia defensa y clamar por las fuerzas del orden, a las que el Gobierno dudaba si movilizar en todo su poderío por el fantasma de Pinochet y porque no serían los violentos, sino los uniformados y sus jefes, quienes adornarían la picota pública.

Alentaron esto el Frente Amplio (el Podemos austral), el Partido Comunista y un sector socialista. No contribuían así a acercar la revolución comunista o el socialismo estatista, sino el populismo de derecha, pues, naturalmente, el ansia de orden público se apoderó de las mayorías y surgieron intérpretes severos de la angustia ciudadana.

Muchos chilenos tienen reclamos. Pero no quieren cambiar un modelo liberal por uno socialista sino ampliar los beneficios del sistema (por eso fue derrotado electoralmente el Frente Amplio). Hay también un grupo que cree más en limitar las desigualdades que en su propio progreso, que resiente no tener servicios públicos de primer mundo e incluso quienes, a la moda, abrazan la política sin intermediarios o la «acción directa». No saquemos conclusiones equivocadas. Si algo ha caracterizado Chile en este milenio es la movilidad social y la reducción de la desigualdad. Varios estudios conocidos (el del Banco Mundial sobre la clase media, el de la Universidad Católica sobre la distribución del ingreso, el de la Latin American Economic Review sobre la desigualdad) son categóricos: seis de cada diez chilenos han experimentado un ascenso social (el resto no ha descendido); el 97 por ciento de los niños pobres están escolarizados; los que tienen entre 25 y 34 años superan a sus pares de la OCDE en porcentaje de educación secundaria, y en las generaciones jóvenes la desigualdad es mucho menor que en las mayores, medida con el Gini o las encuestas estatales Casen. Nunca hubo menos pobreza.

La clave ha sido el crecimiento económico. La redistribución ha jugado su rol, pero lo anterior ha contribuido cuatro veces más que lo segundo a que las nuevas generaciones gocen de notable movilidad. Lamentablemente, las reformas de Bachelet que lesionaron el clima de inversión, la ausencia de grandes reformas antes y después de ella (en el segundo caso por obstrucción del Congreso) y la radicalización delirante de la mitad de la izquierda, que ha acorralado a la otra mitad (esa que contribuyó al éxito chileno por «aggionarmento» intelectual y sentido de responsabilidad), han desacelerado el crecimiento. Ello está frenando los avances citados y podría acabar revirtiéndolos.

Ya quisieran otros latinoamericanos los problemas que han lanzado a muchos chilenos a las calles.

 

Por Álvaro Vargas Llosa.

Fuente: https://www.abc.es/