Fue hace muchos años que leí en un artículo de Ibsen Martínez publicado en El Nacional la definición de Ernesto Che Guevara como la de “un asesino serial”. Confieso que me impresionó. Bajar a Guevara del altar inmarcesible en que lo pusiera Fidel Castro, en su obra maestra de manipulación mediática, requería lucidez, coraje y voluntad. Más aún, proviniendo de uno de los más representativos intelectuales de la izquierda teodorista y haciéndolo en el periódico venezolano liberal por excelencia. Desde entonces, para mí y por influjo de Ibsen, no pude sacarme nunca más de la cabeza la naturaleza hamponil, homicida, asesina, criminal, aterradora de aquel cuya imagen santificada como un crucifijo moderno por el aparato de manipulación cubana como el mártir de La Higuera, en Valle Grande, Bolivia, solía llevar en una insignia en mi boina de estudiante contestatario berlinés durante todos esos años de la revuelta universitaria, que coincidieran con su muerte.

Convertirse en una fría e implacable máquina de matar fue, amén del llamado trabajo voluntario, esa forma sonriente y engañosa de esclavismo socialista desde los tiempos stajanovistas de Lenin y Stalin, la propuesta insignia del Dr. Guevara. Usar el trueque en vez del dinero, hacer desaparecer el mercado y regresar al primitivismo económico como conquista revolucionaria. Imponer el milagro de que el hombre no actuase tras su beneficio personal, sino sólo y exclusivamente en bien de su comunidad. A pesar de haber sido posiblemente el único jefe revolucionario cubano que había leído el Manifiesto Comunista antes de la invasión a la Sierra Maestra. Un médico epidemiólogo argentino que jamás ejerció, llevado por sus fáusticas ansias de aventura, dominio y poder. Que partió en busca de su destino, como un personaje del filme Easy Rider, hasta dar en México con su alter ego, el inescrupuloso operador de sus alucinaciones revolucionarias, Fidel Castro. Fausto y Mefistófeles. Fue esa naturaleza aventurera, novelesca, como de Stevenson o Joseph Conrad, la Línea de Sombra que los separó a ambos, cara y cruz del socialismo tercermundista latinoamericano: el mártir y el tirano, las clásicas figuras del escenario romántico del barroco alemán. Hechos realidad en el barroco del realismo mágico, tan nuestro, tan de Alejo Carpentier y García Márquez. Tan analfabeta, tan primitivo y tan irracional. Como que terminaría coronado por un tropero venezolano inculto, inescrupuloso y agalludo, tan asesino y tan “fría máquina de matar” como el mismo Che Guevara: Hugo Rafael Chávez Frías.

Fue, por decirlo de algún modo, la gran piedra en el zapato del gran caudillo y soberano. Su conciencia pura, angelical, de revolucionario a ultranza, principista y voluntarioso que no aceptaba otras coordenadas que el imperativo categórico de “hacer la revolución”. Lo que, naturalmente, tenía que llevarlo a chocar con el totalitarismo soviético, que ya venía de vuelta del Palacio de Invierno y quería vivir en pacífica armonía con el capitalismo norteamericano. Y echarse a los brazos del maoísmo, que vivía el fulgor de la fiebre revolucionaria. Y un saldo espeluznante de decenas de millones de campesinos asesinados por no comulgar con la revolución cultural. Era lo que fascinaba al muchacho de buena familia convertido en el ángel tutelar de los bajos fondos revolucionarios. Sangre.

La maquiavélica genialidad de Fidel Castro logró dos propósitos aparentemente antagónicos: deshacerse de su incómoda e insoportable “buena conciencia” y meterlo al santoral marxista leninista. Lo empujó a la muerte para convertirlo en mártir. Utilitario y silencioso. Como volvería a hacerlo cuarenta años después con la versión zarrapastrosa, cuartelera, ágrafa y directamente gansteril de Hugo Chávez. Que muerto le sería tanto o más útil que el Che: le haría lugar a un agente directo de Fidel para esquilmar y devastar a su principal enemigo continental: Venezuela.

Sabíamos que era intolerante, inescrupuloso, malvado, cruento e inhumano. Que había asesinado con su propia mano a centenares de inocentes campesinos cubanos. Que se preciaba de ello, incluso ante sus padres, y de que la máxima prueba que demostraba un militante revolucionario de haber alcanzado el epitome del hombre nuevo era dispararle un tiro en la nuca a los enemigos, sin que le temblara el pulso. Muy enfermas han de haber estado las izquierdas como para glorificar a un ser tan repugnante. Faltará tiempo para el arrepentimiento.

 

Por Antonio Sánchez García

Fuente: https://informe21.com/