Me pregunto qué pasará con las viejas costumbres estadounidenses en la era de la corrección política, Estado policial en que minorías histéricas cuadriculan la conducta y pensamiento de los demás, pretendiendo desindividualizar los gustos, las preferencias y la personalidad de la gente para amoldarla al dogma biempensante de moda. Me refiero al asalto contra ciertas expresiones que con el tiempo fueron atrapando en el lenguaje cotidiano algo del «genio» (en el sentido clásico) del pueblo norteamericano y hoy se consideran ofensivas.

Para piropear a una chica existía la expresión «luces como un millón de dólares» («you look like a million bucks»). En estos tiempos, la lisonja puede recibir una bofetada por respuesta porque suena a meretriz cara, no a declaración admirativa. ¿Qué había detrás de ella? La idea no remite, como podría creerse, solo al capitalismo estadounidense y el lucro, sino al puritanismo, que casaba la religión con el éxito económico logrado en base al esfuerzo. Del mismo modo, desde pequeños los chicos que iban a la escuela oían a sus padres esta frase para adultos: «Elige bien» («make good choices»). En ella palpita la idea fundadora de los EE.UU.: la responsabilidad individual. El país, con la trágica excepción de los esclavos, nació sobre la premisa de que uno era lo que fuese capaz de lograr, no lo que sus ancestros hicieron. Hoy, la costumbre de depositar sobre un niño la responsabilidad de asumir los beneficios y costos de tomar decisiones está bajo asedio de la moral imperante, que aspira a mantener en la irresponsabilidad tanto a niños como a adultos, a quienes dicta un pensamiento único que pretende entronizar mediante la ley y el Estado. Basta ver los debates de las primarias demócratas para notar hasta qué punto el partido de Jefferson se ha convertido en un torneo de exigencias políticamente correctas para que el poder político exonere al individuo de la responsabilidad sobre las cosas de su vida.

Pasa igual con la expresión «to put lipstick on a pig» («ponerle lápiz de labios a un cerdo»), utilizada para referirse al intento de maquillar una cosa horrenda. En este caso, ya no las feministas extremas sino los animalistas pretenden desterrar del léxico yanqui una expresión con una antigua prosapia, pues es la derivación moderna de otra frase surgida en el siglo XVI: «Can’t make a silk purse out of a sow’s ear» («no puedes hacer un bolso de seda con la oreja de una cerda»). La dictadura de los ofendidos, cuya endeble sensibilidad no resiste nada que desborde con imaginación, color y osadía el perímetro de su buena conciencia, cree atentar contra el lenguaje discriminatorio. En realidad, atenta, en el caso de EE.UU., contra los valores y tradiciones que informan sus instituciones y costumbres, y, por supuesto, el lenguaje que su sociedad civil, otrora libre de los constreñimientos impuestos por la paranoica sensibilidad políticamente correcta, creó ingeniosamente durante años.

El mundo debe ser muy aburrido, o las cosas deben estar resueltas del todo, para que tantos seres dediquen tanto tiempo a impedir que los demás se expresen como les venga en gana, o como sus costumbres les han enseñado. Lo más deprimente de este asalto a la libertad de expresión de los políticamente correctos es que no nace de regímenes autoritarios sino en el seno de las sociedades libres. Aburridos de la libertad, complacientes con su destino de chicas y chicos bien, cultivan la imbecilidad como si fuera un valor y han logrado que muchos no sepan la diferencia.

 

Por Álvaro Vargas Llosa.

Fuente: https://www.abc.es/