Muchos autores coinciden en afirmar que la teoría moderna de la administración surge, con toda certeza, en el año 1911 cuando F. W. Taylor publica el libro “Los principios de la administración científica”, en el cual se describe la forma de aplicar el método científico para definir la mejor manera de hacer un trabajo, determinando como objetivo principal de la administración el conseguir la máxima prosperidad para el empresario y para el trabajador.  Otros autores sin embargo, se limitan a opinar que los principios taylorianos han caducado y que no tiene ninguna posibilidad de aplicación en el inicio del siglo XXI. Entre los motivos que exponen para afirmar lo expresado se pueden mencionar: la aceleración de la innovación de las últimas décadas, una creciente competencia global, lo complejo que resultan las nuevas tecnologías para las empresas, la cualificación del personal de los tiempos modernos y el desarrollo de nuevos sistemas de información más rápidos y versátiles, entre otras.

Del mismo modo, otros autores e investigadores también llegan a afirmar que en este mercado de competitividad global cada vez más intensa y lleno de necesidades elementales de consumo de saturación progresiva, las empresas han venido apoyándose cada vez menos en una ventaja competitiva centrada en los precios de los bienes y servicios, clave fundamental del Taylorismo. Viéndose en la necesidad de crear otras ventajas competitivas de diferenciación como la calidad de los productos, plazos de entregas más cortos y la personalización de los productos, tal como lo afirma Lorino P.

Ahora bien,  con la administración científica o con las nuevas herramientas administrativas y gerenciales  del  siglo XXI, el factor de supervivencia empresarial es el mismo y lo aporta Mr. Taylor hace un poco más de cien años, dando respuesta tal vez, al mayor dilema de los gerentes, ¿Cómo hacer más eficientes a las organizaciones?. Para hablar del término eficiencia es necesario aclarar que esta no solo se orienta a hacer las cosas en forma correcta, sino que también está referido a la relación que hay entre los insumos y los productos, buscando reducir al mínimo los costos de los recursos sacrificados en la fabricación de un determinado bien y ese principio  ha estado vigente desde hace mucho tiempo y sigue siendo en la actualidad “el dolor de cabeza” de los gerentes.

En ese orden de ideas, la eficiencia sigue siendo la misma que Mr. Taylor buscaba con afán, reinventando la manera de ejecutar una determinada tarea por simple que esta pareciera. Eso sí,  estaba plenamente  seguro que  con los nuevos métodos de trabajo lograba elevar el volumen de productividad del obrero. Mr. Taylor, como buen ingeniero, estaba seguro que la mano de obra representaba más del 40 % del valor añadido en la producción de bienes, por lo tanto, la reducción de los costos o el mejoramiento de la productividad se enfocaba muy fuertemente en el recurso humano y en los costos de mano de obra como factor determinante en la relación de recursos consumidos por la empresa en la elaboración de un bien o en la prestación de un servicio, era lo más razonable para aquella época.

De acuerdo a lo expresado por Lorino,  para Taylor, mejorar la eficiencia  era controlar la productividad del trabajo directos, por lo tanto, el principal control lo representaba la introducción del cronómetro en las tareas del taller  para medir la cantidad de trabajo realizado como factor dominante del costo del producto, de esa forma afirmaba que  la eficiencia industrial dependía del rendimiento del obrero. Ahora bien en los tiempos de Taylor los costos directos del producto podían llegar a un 90 % y la carga fabril solo alcanzaba un 10 %. En el inicio del siglo XXI esa proporción ha cambiado significativamente, el costo material puede que sea el mismo, pero la carga fabril se ha incrementado en forma significativa debido a lo sofisticado de las máquinas, a las innovaciones de los equipos y un creciente  valor de los servicios de funcionamiento. Pero aun así,  Mr. Taylor estaría seguro  que la eficiencia sigue siendo la clave del éxito, y esta vez tal vez diría  “oye amigo ataca la carga fabril para lograr la máxima prosperidad”.

 

Por Joel Alberto Torrez.

Bibliografía

Harvard Business Review. (1999). La Iniciativa Emprendedora. Ediciones Deusto S.A.  España.

Lambing, P y Kuehl Ch. (1998). Empresarios Pequeños y Medianos. Person yPrentice Hall. México. 

Lorino, Philippe. (1998). El Control de Gestión Estratégico. Alfaomega  Marcombo. España.

Robbins Stephen y David DeCenzo (2009). Fundamentos de Administración.Pearson y Prestice Hall. México.  

 

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