Si por algo se caracteriza la Escuela Austriaca es por considerar, en todos sus análisis, la realidad como dinámica, frente al resto de teorías estáticas que observan los hechos como si fueran fijos o invariables. En esa existencia dinámica convivimos los seres humanos y tienen lugar muchos fenómenos sociales de cooperación. Para la teoría económica, los austriacos destacaron como motor del cambio y del progreso la creatividad, elemento principal de la función empresarial. Una creatividad que era y es cualidad innata para los individuos, con la que son capaces de descubrir, constantemente, nuevas formas, procesos, productos, técnicas… que acaban trayendo mayor prosperidad económica.

Christopher Coyne y Peter Boettke escribieron un paper en 2009 donde adaptaban la teoría económica austriaca a los cambios sociales y culturales mediante la empresarialidad. En este artículo contaremos cómo los profesores desarrollaron su teoría basándose en un individualismo metodológico no atomista.

Primero, será importante entender la teoría económica desarrollada por los principales representantes de la Escuela Austriaca, para luego poder comprender la aplicación de Coyne y Boettke. Reuniendo algunas ideas de Mises, Hayek y Kirzner, podremos identificar cuál es el motor del cambio en el mercado, la empresarialidad, y por qué el Estado no es capaz de conseguir dicho cambio. La función empresarial, el empresario, se mueve por la creatividad, en un proceso de descubrimiento de formas y oportunidades novedosas. Para ello no solo se requiere de creatividad, sino que es necesario un mecanismo que indique al empresario si lo que está haciendo es correcto o no, si existe demanda o, por el contrario, tiene que cesar en su actividad. Ese mecanismo es el de pérdida/beneficio, donde el empresario sabrá que tiene que continuar si tiene ganancias o que tiene que cerrar si tiene pérdidas. Para que el cálculo económico sea posible y existan esas señales que hacen del mercado un mecanismo mucho más eficiente, es fundamental el sistema de precios, y, para que este último exista, sabemos que son necesarios los intercambios libres y la propiedad privada. Esos dos factores clave solo se dan en un mercado libre, no intervenido por el Estado. En el sistema socialista, al no existir propiedad privada de los medios de producción ni intercambio libre de los mismos, la formación de los precios resulta imposible y el cálculo económico también, por lo que falta un mecanismo disciplinario que incentive o guíe a los empresarios hacia las actividades que son realmente demandadas. La libertad en el mercado es lo que procura que funcionen instituciones como la propiedad privada y el sistema de precios, que permite la aparición de incentivos que sirven de señal a los empresarios para que atiendan la demanda de una manera mucho más eficiente. Esos empresarios estarán guiados en todo momento por la creatividad, en un entorno de desequilibrio, donde pretenderán descubrimientos constantemente.

Si esa lógica de la creatividad -que deriva de entender el mundo como dinámico-, de los incentivos y de la libertad, la ampliamos desde el nivel económico hasta el nivel social, tendremos la teoría que Coyne y Boettke concluyeron unos años atrás. En ella misma, establecían la existencia de dos agentes impulsores del cambio, por un lado, los agentes privados y, por otro, el Gobierno. Empezando con los agentes privados, podríamos decir que son los mismos elementos en el mercado y en la sociedad. Aquello que podríamos conocer más familiarmente como sociedad civil; empresas, familias e individuos, son los mismos que provocan las transformaciones en el mercado y en la sociedad de manera privada. En el trabajo, comienzan detallando cuál es el mecanismo disciplinario que hace que los empresarios, con sus nuevas ideas, localicen sus recursos de manera eficiente. Como ya vimos anteriormente, este mecanismo es el del resultado económico: pérdida o beneficio. Si el resultado es positivo, el empresario sabrá que debe de emplearse en esa actividad. Al contrario, si el rendimiento es negativo, será señal de que tiene que recolocarse en otra actividad productiva. Para el caso de los agentes privados en sociedad, reconocer un mecanismo disciplinario es mucho más complejo, pues, depende de factores cualitativos, más que de variables cuantitativas, como el resultado económico. Sin embargo, Coyne y Boettke acaban considerando un mecanismo disciplinario: la reputación. Cuando una persona, motivada por su capacidad creadora e innovadora, supone una nueva idea, valor, costumbre o norma social positiva para la sociedad se decide a probarla entre sus conocidos. Ambos resaltan que este tipo de cambios y pruebas se dan en focos sociales pequeños, que es donde normalmente pueden ejercer influencia los individuos. Si el resultado de probar esa norma resulta en un aumento de la reputación de la persona frente a su foco social, sabrá que ese cambio es positivo y que deberá seguir extendiéndolo y probándolo por el resto de la sociedad. Al revés, si su iniciativa acaba reduciendo su reputación frente a los demás, reconocerá que lo que intentaba hacer es algo no aceptado por la sociedad y cesará en sus intentos. Este mecanismo es lo que dota de mayor dinamismo, eficiencia y eficacia al cambio social y cultural cuando se ejecuta desde la iniciativa privada.

En el caso contrario, cuando el cambio se intenta lanzar desde la política y el Gobierno, mediante la ley, la imposición y la intervención, no existe ningún mecanismo disciplinario tan eficaz como el que se da entre agentes privados. Muchos podrán decir que este es el voto, que así es como controlan los ciudadanos a los políticos. Sin embargo, los profesores niegan que el voto sea un mecanismo tan eficiente, pues, es un proceso que tiende a la concentración de los beneficios y a la dispersión de las pérdidas o costes. Esto se debe a que la interacción democrática se caracteriza por la presencia de la ignorancia racional y de intereses en los votantes. A saber, que los votantes asumen un coste muy alto de contar con toda la información relevante en comparación con el beneficio que supone el ir a votar, por eso prefieren seguir en la ignorancia. Dado esto, los políticos concentran los beneficios en grupos bien organizados y dispersan los costes en el resto de ciudadanos no organizados ni informados. Ponen como ejemplo el empuje que pueden ejercer lobbies o grupos de presión, ellos hablan de los agricultores. Estos últimos, se organizan y reclaman todo tipo de ayuda y subvención para su actividad. El Gobierno les concederá lo que desean, beneficiándolos a ellos, pero haciendo que el resto de la sociedad e individuos que no están organizados en grupos de poder queden soportando los costes de la financiación de los agricultores. Seguramente, los ciudadanos no organizados no sean capaces de reconocer esa conducta como perjudicial o negativa, y no aplicarán el correspondiente castigo electoral que ese equipo de Gobierno merecería por no atender a las verdaderas demandas de su población. Por eso mismo, el mecanismo disciplinario que permite que los cambios sociales sean más eficientes y se ajusten a lo que la sociedad exige no existirá para el caso de los agentes públicos y políticos, haciendo que cualquier política enfocada en conseguir una transformación social o cultural surta en peores efectos que si se hace de forma privada por unos agentes libres.

Sin entrar a valorar la moralidad de las políticas intervencionistas, en tanto recortan derechos y libertades individuales, podemos concluir que el Gobierno tiene mucho más difícil conseguir adecuadamente las transformaciones sociales y culturales que los agentes privados y libres en sociedad, precisamente, porque el primero carece de un mecanismo disciplinario mientras que los segundos sí lo tienen. De nuevo, los problemas de información e incentivos que suponen las políticas intervencionistas vuelven a suceder, mientras que la efectividad de los procesos de cooperación social -guiados por la creatividad-, las instituciones sociales y los mecanismos que emergen en la sociedad son los elementos que componen y facilitan la consecución de los cambios sociales y culturales emprendidos por los agentes sociales privados.

 

Por .

Fuente: https://www.juandemariana.org/