Leo el siguiente párrafo en un artículo:

Cuanto más baja es la tasa de ahorro, más dinero se destina al consumo y esto, en último término, repercute en el crecimiento de la economía. Por el contrario, si los ciudadanos apuestan por ahorrar en previsión de futuras dificultades, se detrae el gasto en bienes y servicios y se ralentiza la economía.

No importa el medio ni el autor de la cita. Señalo ese párrafo como el ejemplo perfecto de cómo considera que funciona la economía el grueso de políticos, periodistas, profesores, empresarios y público en general. “Es de sentido común”, dirán unos. “Es lo que enseñó Keynes”, argumentarán otros.

No niego que, en su simpleza, ese razonamiento pueda resultar “lógico”. El problema es que, lamentablemente, la economía no funciona así. El consumo no es el motor ni la fuerza que pone en marcha la rueda económica.

No es muy difícil de entender: Para que haya consumo, antes debe haber un producto listo para ser consumido. Y para que haya un producto listo para ser consumido, antes debe haber alguien que haya invertido, sea para poner ese producto en un escaparate, sea para diseñarlo y fabricarlo, sea para transportarlo desde la fábrica al punto de venta o sea para cualquier otro eslabón de la cadena productiva.

Para que todas esas personas puedan invertir, antes debe haber un ahorro que financie la inversión. Dicho más simplemente: Sin ahorro es imposible invertir. Y así llegamos al verdadero puntapié inicial del juego económico: Ahorro. El ahorro, el mismo que desde Keynes hasta hoy es acusado de “ralentizar la economía”, el “malo de la película”, es en verdad el punto inicial ineludible para que pueda haber productos a disposición del consumidor.

Esto no niega que el consumidor sea el rey: Son sus decisiones de comprar (o de abstenerse de comprar) las que determinan, en un mercado libre, qué cosas se fabrican y en qué cantidad, y qué otras cosas dejan de producirse. Pero creer que ese rol fundamental del consumidor en la determinación de la estructura productiva implica que el consumo sea la clave para una buena marcha de la economía equivale a poner el carro delante de los caballos.

Hay un punto aún más importante. La razón última que permite, por ejemplo, a los países escandinavos, mantener un nivel de vida infinitamente más alto que el de Bolivia o Sudán, es la cantidad de capital invertido por trabajador. Cuando hay mucho capital invertido (en forma de infraestructuras, ordenadores, maquinarias y todo aquello que contribuya a hacer al trabajo humano más productivo), los salarios son altos (por la elevada productividad) y la producción que se ofrece al consumidor, abundante. Lo que le falta a Bolivia, Sudán y a todos los países pobres es acumular más capital.

Lo relevante para lo que quiero decir es que esa acumulación de capital se deriva, simplemente, del ahorro. Los países escandinavos, por seguir con el ejemplo, disfrutan de los ahorros de muchas generaciones, que permitieron la acumulación de capital del que gozan hoy.

Entonces, el problema no es sólo que se acusa erróneamente al ahorro de “ralentizar” la economía. Lo más grave es que, al denostar el ahorro, se está minando la base misma de la prosperidad general.

Las ideas de Keynes no se popularizaron por su solvencia teórica, sino porque dieron la excusa a los políticos de todo el mundo para aumentar permanentemente el “consumo público”. Es decir, para gastar sin límite nuestro propio dinero, por nuestro “propio bien”.

Ahora que lo sabe, ¿no es evidente que la lógica de “consumo bueno – ahorro malo” es completamente errónea?

 

Por Diego Barceló Larran.

Fuente: http://libertad.org/