La Declaración de Independencia se ideó en parte como una lista de quejas contra una distante monarquía. Y tanto el rey Jorge III como los colonos que no estaban de acuerdo con su poder hace mucho que murieron. Pero también lo están muchos de los que han argumentado que la Declaración ya está obsoleta. De hecho, eso es exactamente lo que decían hace un siglo aquellos que se autodenominaban “progresistas”.

Woodrow Wilson, uno de los más famosos progresistas de los inicios del movimiento, argumentaba durante la campaña presidencial de 1912 que “todo lo que los progresistas piden o desean es permiso…para interpretar la Constitución según los principios darwinistas”, queriendo decir que se debería fomentar un conjunto de poderes en constante expansión para un gobierno en constante expansión. El problema, declaraba Wilson, era esa molesta Declaración de Independencia: “Algunos ciudadanos de este país nunca han ido más allá de la Declaración de Independencia”, remarcó Wilson. “La Declaración de Independencia no hacía mención a las cuestiones de nuestros días”.

Pero, de hecho, la Declaración es más que una letanía de quejas. Su mayor significado es como afirmación de las condiciones de la legítima autoridad política y de los fines propios del gobierno. Proclama que el poder político, desde entonces en adelante, residiría en la soberanía del pueblo. “Si la Revolución Americana no hubiera producido nada más que la Declaración de Independencia”, escribió el gran historiador Samuel Eliot Morrison, “habría valido la pena”.

Las categóricas frases del famoso segundo párrafo del documento son una poderosa síntesis de las teorías del gobierno constitucional y republicano de Estados Unidos. Todos los hombres tienen derecho a la libertad pues son iguales por naturaleza, que es como decir que nadie es inherentemente superior y merece gobernar o inferior y merece ser gobernado.

Debido a que todos estamos dotados de estos derechos, éstos son inalienables, lo que significa que no se pueden ceder o quitar. Y puesto que las personas poseen estos derechos en igualdad, los gobiernos derivan sus justos poderes a partir del consentimiento de los gobernados. La finalidad del gobierno es asegurar estos derechos fundamentales y aunque la prudencia nos dice que los gobiernos no se deberían cambiar por razones triviales, el pueblo retiene el derecho a alterar o abolir un gobierno cuando éste se convierte en destructor de esos fines.

La Declaración también insiste en que tenemos el derecho a “la búsqueda de la felicidad”. Y por supuesto, un componente más elevado de esa búsqueda es poder rendir culto como nos plazca. ¿Qué derecho es más fundamental que la libertad religiosa?

El Día de la Independencia (y cada día) los americanos deberían recordar y celebrar la imperecedera expresión de la Declaración de nuestros derechos, otorgados por Dios, a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad y rememorar a todos aquellos (pasados, presentes y futuros) que comprometen sus vidas, su libertad y su sagrado honor para defender estas verdades.

 

Por Dr. Matthew Spalding.

Fuentes:  © Heritage.org ; http://www.elojodigital.com/

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