Los lectores con más edad supongo que recordáis el célebre lema electoral que utilizó Bill Clinton en el año 1992 para ganar las elecciones contra George H. Bush. A pesar de que un año antes la popularidad de Bush era altísima debido a su éxito en la política exterior, Clinton y su equipo de asesores supieron empatizar a la perfección con el electorado al remarcar la importancia de la economía en su vida cuotidiana. La frase en cuestión, como supongo que ya sabéis, era: “Es la economía, ¡estúpido!”. Recalcaba la importancia de “la mano invisible” del mercado. Es decir, que un sistema económico libre y desregulado termina repercutiendo de manera positiva en el ciudadano común.

Esta frase le cosechó tantos éxitos al equipo de Bill Clinton que incluso se ha convertido en una frase popular. Es bastante común escuchar en Estados Unidos frases como: “es el déficit, estúpido”, “es la empresa, estúpido” o “son los votantes, estúpido”. Lo que este eslogan resume perfectamente es que hay ciertos aspectos de la realidad socioeconómica que son demasiado complejos como para ser analizados de manera simplista. “Es la economía, estúpido”, no es solamente un ejemplo de marketing político efectivo y sencillo, sino que resume a la perfección los beneficios de la economía libre y desregulada. Al igual que el conocido lema de Ronald Reagan, “el mejor programa social es un trabajo”, “es la economía, estúpido” pone por delante los valores liberales como la espontaneidad y la libre interacción entre individuos ante la intromisión y regulación estatal (unos valores que el partido demócrata parece haber perdido totalmente, por cierto).

El caso es que en este artículo me gustaría acuñar un nuevo eslogan que gire en torno al concepto que considero más importante en la economía moderna: los incentivos. Si en su momento se popularizó el “es la economía, estúpido”, me gustaría que se popularizara la frase “son los incentivos, estúpido”, como contestación al típico argumento proregulación top-down en el que se cree que la sociedad se puede orquestar desde arriba. Tal y como nos enseña la teoría de la Elección Pública (Public Choice) o la Economía conductual, no podemos desestimar el papel de la psicología evolutiva, la neurociencia o el estudio del comportamiento humano en general a la hora de analizar el rol de la política, la burocracia, la corrupción o los grupos de poder.

Si Bill Clinton nos decía que no era inteligente regular la economía ya que el mercado asigna recursos de manera más eficiente que la economía planificada, creo que deberíamos tomar en consideración el papel de los incentivos en el análisis de los comportamientos de los grupos, ya que estos terminan configurando en última instancia la sociedad en la que vivimos. Os pondré algunos ejemplos:

  • Muchos funcionarios trabajan poco, cobran por encima del precio de mercado y exigen al regulador que emita legislaciones que blinden sus privilegios. ¿Por qué podemos ver este comportamiento? Porque “son los incentivos, estúpido”: cuando un grupo puede tener más poder utilizando herramientas (que son coactivas en última instancia), este se organizará para no tener que competir con los demás e incluso movilizarse si es necesario.
  • Muchas personas a las que se les termina el contrato laboral, sienten que la prestación por desempleo es en realidad algo parecido a unas vacaciones. Otra vez, ¿cuál es la motivación en este comportamiento? Cómo no: “son los incentivos, estúpido”. Si uno percibe un premio por no hacer nada, no tiene incentivo de mejorar, reinventarse, tomar riesgos, formarse o ser productivo en el mercado. Luego no nos sorprendamos cuando veamos que el desempleo sube, que tenemos tasas de competitividad bajas, que el gasto público sube de manera galopante o que emergen ciertos populismos que multipliquen la pobreza.
  • Vemos en España que muchas personas se despreocupan de sus propias finanzas a largo plazo. Vemos que muchos jóvenes o adultos ni ahorran ni invierten sus ahorros ni emprenden ni quieren aprender de economía básica o de finanzas personales. ¿Cuál es la motivación intrínseca en este comportamiento? Otra vez: “son los incentivos, estúpido”. Si el Estado nos garantiza una pensión pública, obligándonos a dar parte de nuestra renta para que este la gestione por nosotros, se incentiva de manera clara que el ciudadano medio se despreocupe de su dinero, que piense solo a corto plazo y no se responsabilice de la gestión de sus ahorros. Cabe destacar que podemos hacer extensivo este ejemplo a otros campos tan básicos como nuestra salud o la educación que reciben nuestros hijos.

Tal y como nos enseña la teoría de la Elección Pública, podemos ver que los incentivos son como “la mano invisible” que nadie puede ver, pero a que la vez lo vertebra todo. ¿Cuál es el incentivo del votante medio? No informarse, ya que el coste-oportunidad no compensa (tal y como no se cansan de decir Jason Brennan o Bryan Caplan). ¿Cuál es el incentivo del burócrata o el lobista? Pues copar cotas de poder o parasitar ciertas instituciones, tal y como nos decía Gordon Tullock cuando definía el papel del “buscador de rentas” (rent-seeker). ¿Cuál es el incentivo del político? El político tiene el incentivo de incidir en las “políticas” (las reglas del juego, digamos) para amoldarlas a sus propios intereses o ideología, tal y como demostró James Buchanan.

Hace unos años, recuerdo que oí una reflexión del economista argentino Martín Krause que decía que “es difícil de explicar el efecto de la mano invisible en la economía, ya que no se puede ver”. Como suele pasar, suelen ser las frases más simples las que entrañan más verdad y complejidad. ¿Por qué es preferible un sistema económico con una mínima intervención estatal? Pues técnicamente no se podría dar una explicación parametrizable (como sí intenta hacer la escuela de Economía Neoclásica), ya que lo que el liberal (como mínimo el austríaco) quiere aplicar es el laissez faire, laissez passer (dejad hacer, dejad pasar), en la que se llega a la conclusión de que la mejor medida para la economía es que se autorregule sola.

Creo que podemos afirmar que esta gran máxima también aplica a los incentivos. ¿Por qué en la economía podemos detectar el efecto crowding out (efecto desplazamiento, en el que la intervención estatal afecta al desarrollo económico)? ¿Por qué vemos que el sector privado tiene que competir, mientras que los sectores relacionados de alguna manera u otra con el sector público se enfocan en intentar garantizar su sitio de trabajo, tomando las medidas que sean necesarias? ¿Por qué vemos que en ciertos sectores hipersubvencionados es preferible intentar ser el receptor de dichas subvenciones, pero no ser el pagador que las financia? La respuesta está en los incentivos, que no se pueden ni ver ni medir ni pesar… Pero que al igual que la mano invisible del mercado, terminan determinando las motivaciones de todas las interacciones entre individuos dentro de este orden hipercomplejo que es la sociedad.

Así que la próxima vez que escuches a alguien que crea que los problemas sociales se solucionarían con más regulación “de arriba a bajo”, sencillamente contéstale que “son los incentivos, ¡estúpido!”.

 

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Fuente: https://www.juandemariana.org/