Bastiat oponía los socialistas a los economistas en su célebre “Lo que se ve y lo que no se ve”. A los primeros hoy se los llamaría los “economistas liberales” y a los segundos “economistas socialistas”. No tiene sentido alguno la economía como objeto de estudio si no es vista como un sistema que tiene su propia vitalidad, más allá de la voluntad política y sus fines o los de los gobernantes.

Los socialistas podrían dedicarse a las finanzas públicas y la logística, entonces hacer cuentas acerca de cuántas papas consiguieron cosechar en su granja colectiva y cómo hacerlas llegar a determinado poblado, pero eso no es un sistema económico que merezca ser estudiado más allá de la contabilidad y administración, como lo haría un ejército o también una empresa. Porque la empresa tampoco tiene una economía, sino una organización en el que las voluntades de terceros son remuneradas, es decir, interesadas. La empresa funciona porque sus fines son privados.

Los socialistas tienen que dominar voluntades y fracasan porque las voluntades tienen sus propios fines, ese es su motor. No encuentran por eso colaboración, que es el fenómeno objetivo, extrapolítico, que estudia el economista. De manera que al socialista no le queda alternativa más que doblegarlas. Cuando piensa en sus políticas imagina que su rol es determinar unos fines maravillosos y dar las órdenes pertinentes. Después interpreta la frustración de sus objetivos como una mala voluntad y termina todo en violencia.

De lo que habla Bastiat es del descubrimiento de una realidad compleja de intercambios que arroja unos resultados que no son el designio de nadie en particular, donde todos participan según sus deseos y preferencias y evaluación de costos. Eso arroja un sistema espontáneo de un altísimo dinamismo, que como no es la mera voluntad del monarca o de su gestor financiero, sus ejércitos o su policía, merece ser estudiado más allá de la voluntad política. Los socialistas en cambio creen en la voluntad política, por lo tanto, ese es el objeto de sus observaciones y así se confunden cuando aluden al mercado y sus defensores como una voluntad alternativa. No logran elevarse por encima de su propio paradigma. Creen que o mandan ellos o manda alguien, así que no pueden concebir al mercado más que como una conspiración de poderes ocultos.

En síntesis, la economía tiene sentido si estudia ese conjunto de interrelaciones complejas derivadas del intercambio voluntario. Si lo que se quiere es saber más sobre las relaciones y resultados de la actividad del estado, el asunto debe denominarse política, no economía.

Dicho esto, hablar de un “liberalismo económico” es equívoco. Lo que hay es sociedad libre y una economía que se desarrolla en ella.

Pero no estoy luchando por mantener el significado original de las palabras. Es más que eso; no hay economía sin libertad de los individuos que participan en ella, directamente no hay objeto de estudio. La libertad es en fines (el motor que no consideran los socialistas) y en medios (el derecho de propiedad que combaten).

A su vez, la economía no explica a los individuos en sí mismos ni a sus fines. El liberalismo es otra cosa que la economía, que nada más estudia cómo es que funcionan las cosas en un ambiente liberal. El liberalismo tiene otros motivos filosóficos, políticos y jurídicos para sostener las bondades de la libertad individual. Hay liberalismo en un debido proceso, por ejemplo, pero éste no forma parte del objeto de estudio de la economía, sino del derecho, cuya vigencia es necesaria para desarrollar los medios en función de los fines.

Un error bastante repetido es considerar a la economía como un asunto de preocupación de un ministerio, generalmente llamado de economía, que pretende manejar algo que por definición es lo no manejable. Pero hay otro más grande que es de un “liberalismo económico” separado de un “liberalismo político”. La política como ciencia y la economía estudian aspectos distintos de la sociedad, pero la sociedad es la misma, como también lo es la libertad, si la hay, claro. Los socialistas de todo tipo piensan que ellos son los que más fe le tienen a la sociedad, pero, al contrario, ellos se comportan como si a falta de su intervención los individuos se aislarían y no colaborarían. El liberalismo, en cambio, se siente tranquilo en que la sociedad será la consecuencia del intercambio libre y no de la atadura violenta de una autoridad.

A su vez, la gente puede tener la libertad de elegir entre pasta o pollo en una sociedad centralmente planificada, pero eso no es liberalismo económico, ni liberalismo alguno. En Hágase tu voluntad (Unión Editorial, 2015) explico por qué a mi juicio el control de precios implica no entender ni qué es un precio ni cuál es su utilidad. Esto es porque el precio tiene sentido económico únicamente si refleja preferencias individuales coordinadas. Eso tiene como consecuencia que hacer algo calculándolos tendrá efecto en el tipo de prestaciones que necesitamos de los demás. El valor del precio es la voluntariedad que refleja, no es un ícono contable. Los precios son información sobre qué quieren los otros y qué tengo que hacer para que me den lo que necesito si y solo si me indican cuál es su voluntad y cómo eligen. El querer de los otros es central y por eso la definición de precio que me parece más descriptiva es que se trata de una tasa a la cual una transacción ocurre sin violencia. El punto aquí no es nada más el pacifismo, sino el motor de la acción que es el deseo.

Desde la izquierda se ha querido establecer que hay unas libertades para hablar y discutir y un protectorado para comprar y vender. Esto está ayudado por la mentalidad de una cultura religiosa antilucro, de que deriva en gran parte el socialismo. La idea es que hay cosas enaltecedoras como hacer discursos y otras menores, como comprar galletitas. Para las últimas aplicamos consignas morales, como hace Bergoglio hablando del “dios dinero”. El problema es que, si somos gobernados por la política en nuestros intercambios de mercancías, lo que hay es un autoritarismo político también. Una cosa no es escindible de otra. Si me dejan decir lo que quiera sobre mi amo, no deja de ser mi amo.

Una nueva modalidad de esta trampa es esta infección moral que sufre buena parte del liberalismo a través de lo que se está denominando con mucha liviandad “conservadurismo”, pero que en realidad es algo bastante peor. Me refiero a la escisión pretendida entre “liberalismo económico” y “cultural”. La falacia dice algo así: la libertad es buena para cuestiones económicas, pero en lo cultural debe preservarse la “vida tradicional”, que en cuanto se rasca un poco se observa que se habla de una disciplina basada en el catolicismo y otras formas de cristianismo protestante llevadas al punto de la intolerancia. Lo más insólito es que esta mezcla se sostiene como el “liberalismo verdadero”, porque el que no hace esas divisiones es un “liberal de izquierda”.

Quiero aclarar que hay un cristianismo liberal, pero no es este. No voy a analizar la mala fe, dejo eso para un debate sobre vínculos entre gente que convive que no me interesa, prefiero concentrarme en el imposible conceptual que hay detrás de todo esto. Lo que pretende esta corriente es tan imposible como la “economía socialista” o el “liberalismo político” sin economía libre. Es en realidad otra forma de socialismo por motivos distintos, otra fuente de iluminación.

No existe economía libre sin fines libres de la actividad de los individuos. Las preferencias tienen que ser libres, dispersas, tan inabarcables por una razón central como cualquier aspecto de la producción, para que los medios incluso sean medios. No hablo en términos morales sino económicos. Lo primero libre de una economía libre, valga la redundancia, son los fines. Es tan grosero el error como separar la producción de la distribución. Lo de esta gente es la “economía libre de la pasta o pollo”.

El valor de los medios deriva del valor de los fines y éstos tienen que tener valor para los individuos que actúan, no para la Biblia o la doctrina católica, el islam o el club de bochas.

Libertad religiosa quiere decir que cada uno, dentro de la economía, profesa la que quiere. Pero el Estado no puede profesar ni propiciar ninguna religión sin volverse socialista tanto político como económico.

Por supuesto que hay cuestiones de grado, no es lo mismo establecer el requisito de ser católico para ser presidente que querer impedir contratos libres o el avance de determinadas ciencias, pensamientos o comportamientos por una deriva “culturalmente” no aceptada por el Estado. Pero la mera concepción de que la política preserve a una “cultura” es totalitaria.

 

Por José Benegas.

Fuente: https://www.juandemariana.org/