Decía hace poco Alaska en una entrevista que por primera vez en su vida percibía un corte generacional bastante marcado. Es algo que llevo leyendo en otras personas del mundillo de la farándula desde hace un tiempo, es decir, en gente que se mueve en ambientes más vanguardistas (si lo queremos llamar así), con una mente muy abierta a lo moderno o a lo nuevo y que está curada de espanto.

Mi impresión es que se comprenden poco dos cosas de las nuevas generaciones. Al menos ese es mi caso, que ni soy de la farándula ni me gusta lo moderno. La obsesión narcisista patológica por mostrar todo lo que se piensa y se hace, al tiempo que se exige al resto de la población su observación y, aún más, su aplauso. Y, por el otro, partiendo de esa obsesión por que el resto de los mortales bese por donde pasan los jóvenes, cada vez es más acuciante (y peligrosa) su beligerancia en el fondo y en las formas contra cualquier cosa que no sea del agrado de la generación millenial o de la que le sigue, la Z. Hablamos, pues, de los famosos “ofendidos” o “indignados”, que se multiplican hoy como las setas en otoño. Y los jóvenes no son una excepción dentro de este nutrido grupo.

De esto puede atestiguar José María Cano, ex de Mecano, que ofreció una entrevista muy jugosa hace no mucho, en la que respondía, tirando de ironía (hoy, proscrita en pos de lo políticamente correcto) y de un número de argumentos, a aquellos que desde el concurso musical Operación Triunfo querían modificar una palabra (que no voy a reproducir aquí para que la campaña no se cierna, esta vez, contra mí) de una canción de este famoso grupo de los 80. Básicamente (con mis palabras) comentaba que por encima de su cadáver iba él a permitir modificar una coma de una letra suya, que bastante abiertos habían sido ellos en sus tiempos y que no iba a contribuir, tras ese circo que se había montado, al minuto de gloria que reclamaba para sí la soplagaitas de turno (ni sé quién fue ni me interesa) que estuviera tras dicho escándalo.

Desde el momento en que lo antes privado se ha convertido en exhibición pública, en espera y profundo anhelo de que el colectivo sancione, acepte y normalice ese pequeño experimento, la sima generacional se ha vuelto casi insalvable. Porque, igual que ellos consideran necesario exhibir y alardear de unos comportamientos otrora privados, renunciando así a cualquier clase de intimidad, se arrogan el derecho a afear cualquier conducta ajena, por más que esta se desenvuelva en el ámbito privado y el que la realiza no aspire a entrar en ningún tipo de polémica ni a violentar derechos ajenos. Claro, la cantinela es que están ejerciendo su libertad de expresión, cuestión negada si una sola sugerencia (ya no digo reprimenda furibonda) viene en sentido inverso.

Para esta gente inquisitorial y censora, es muy difícil respetar a los demás, dado que el ámbito privado no se reconoce de forma general. Lo vemos continuamente, y lo vemos paradójicamente cada vez más entre las filas liberales. En un mundo (el liberal) que dice huir de la política, que no reconoce las fronteras y en el que se dice respetar la diferencia y la acción descentralizada, la autoproclamada superioridad moral e intelectual lleva en los últimos tiempos a más de uno a entrar en la arena política (con otros medios más modernos, ya sé, pero es política) para promover y exigir de arriba a abajo (top down) una determinada moral en algún ámbito geográfico concreto. Moral que, de nuevo, el resto del mundo ha de observar y aplaudir. Y por supuesto acatar. A mí me resulta raro: si se aboga por la descentralización, la experimentación y la diversidad en cualquier ámbito de la vida, ¿por qué en el ámbito moral en España, Europa o el mundo han de ser las personas iguales y uniformes?

Yo desde luego nada tengo que ver con esos liberales progresistas. En verdad, es muy irrelevante para mí la moral a la que se adhieran siempre que no traten de imponérmelo ni excomulgarme (si no comulgo con ruedas de molino). A veces la línea es estrecha. Como es muy irrelevante para ellos lo que piense yo. Al menos siempre me pareció así… hasta ahora, cuando vemos esfuerzos evangelizadores para reconducir las extraviadas mentes corroídas por intolerantes atavismos heredados.

Las identidades políticas o culturales a las que por nacimiento o elección cada uno pertenecemos son múltiples, casi infinitas y son lo que en el fondo (esas particularidades) nos hace contar con una identidad individual distinta de cualquier otro ser humano. Esa es nuestra singularidad y nuestra riqueza.

Singularidad que se lleva bien o se lleva mal. Y que llevamos bien en algunas facetas de nuestra vida y peor en otras. Es ley de vida desde el momento en que llevamos en nuestro zurrón la carga de nuestra propia naturaleza humana, efímera, terrenal y trascendente, y la de un entorno familiar, político, social, cultural y material con una magna influencia sobre nosotros. Con nuestras luces y nuestras sombras.

Pero hoy esos elementos diferenciales se usan como arma arrojadiza contra el resto de la gente con la primera intención de que sean observados (no me interesa), aplaudidos (tampoco me interesa) y extendidos y promovidos por ley (me interesa aún menos) gracias a alguna suerte de discriminación positiva que se justificaría por ciertos agravios históricos. Y es que en realidad todos podemos blandir unos cuantos papelitos exigiendo al mundo algún desagravio. Como también podemos ejercer el papel de víctima y encontrar un chivo expiatorio si algo no ha acabado de salirnos como nosotros esperábamos en nuestra vida. Así diluimos un poco nuestra responsabilidad o enterramos nuestros propios fantasmas bajo ese resentimiento de clase. Sin negar agravios reales (para eso están los juzgados), un panorama así resulta ingobernable y muy peligroso para la convivencia. Partiendo de la diversidad y la diferencia de toda sociedad mínimamente compleja, en cualquier época podríamos estar tirándonos los trastos a la cabeza. Eso es lo fácil.

La cantidad de violencia y conflicto que se introduce a la sociedad en ese contexto es enorme. Cuando unas capas de la sociedad entienden que hay cosas privadas que se dirimen en el ámbito privado (educación, religión, moralidad, provisión y consumo de cultura, sexualidad, etc.) y otras que eso ha de entrar en el terreno de lo político y público para restringirlo y ofrecerlo en monopolio con intereses ideológicos de homogeneización, poder y control, el conflicto está servido. Cuantos más pasos den los segundos en su afán por dominar el espacio moral y cultural, menos espacios de libertad tendrán aquellos que rechazan de entrada esa vía política de monopolización y de erosión intencionada de convivencia. Pero como sin duda piensan diferente, les gustaría poder construir un entorno concreto alrededor de sus vidas (sin violentar a otros) y no querrían endeudar al país con políticas absurdas para colocar a indigentes mentales que encima atacan sus intereses y convicciones, la tensión es inevitable.

Cuanto más contra las cuerdas estén, más obligados se verán a abandonar su silencio y neutralidad para defenderse de estos ataques. Eso es Vox, como todo el mundo sabe. Es más, ahora son ellos quienes blanden los nuevos agravios originados por las turbas progresistas, y son múltiples las identidades políticas que se concentran en esa amalgama de demandas de la derecha: mundo rural, cazadores, divorciados, religiosos, conservadores, antinacionalistas, personas de barrios con delincuencia, etc. Ahora son ellos los nuevos indignados.

Desde la Escuela de Frankfurt (a partir de los años 20) se ha instigado precisamente todo este fenómeno: concentrar en eso que se llama ahora el marxismo cultural las nuevas demandas ciudadanas alrededor de identidades de clase a las que cada uno se adhiere por cuestión identitaria: sexo, sexualidad, religión, raza, edad, alimentación, medio ambiente, derechos de animales, política penitenciaria, territorialidad o nacionalidad, vencedores y vencidos, etc. Las demandas materialistas (económicas) de clase, típicamente marxistas, han dado paso a esta forma tan atomizada de conflicto, que aspira a aglutinar a un gran ejército de agitadores dentro de una misma bandera a partir de la dispersión. El problema es que esto se sabe cómo empieza, pero no cómo acaba… Y eso es lo preocupante.

Desde luego los impulsores de este movimiento revolucionario alemán vienen de lejos. Desde la generación de ideas a la acción político-mediática-educativa y la asimilación generalizada de las mismas hay siempre un recorrido que transitar, más o menos arduo. Pero las nuevas generaciones, amansadas gracias a la abundancia material de que disfrutan y a una educación bastante laxa, han sabido emplear su generoso tiempo libre de forma intensiva para hacer suyo este credo de la nueva izquierda: la agitación continua y la persecución implacable al que osa pensar diferente.

 

Por Raquel Merino Jara.

Fuente: https://www.juandemariana.org/