Desde el punto de vista de la teoría económica (austriaca), la forma óptima de suministro de cualquier servicio o producto es siempre el libre mercado. Esto se extiende no solo a los productos y servicios que consumimos habitualmente (ropa, comida, teléfonos, películas…), sino también a servicios más polémicos, como puede ser la justicia, la policía, las calles, la caridad o la defensa.

No hay nada específico en estos servicios que los haga intrínsecamente diferentes de aquellos que adquirimos de forma convencional[1]. Por tanto, si el mercado es teóricamente (y en la práctica), la forma más eficiente de resolver las necesidades convencionales, también lo será para resolver las necesidades cuya resolución se arroga el Estado. De hecho, un análisis histórico revelaría que todos estos servicios “estatales” han sido en algún momento y lugar prestados por la iniciativa privada.

Siguiendo el razonamiento, si ningún servicio precisa para su prestación de un monopolio legal, entonces no es necesario un Estado. Más aún y coherentemente, como no hay un monopolio legal, cada individuo puede escoger libremente el proveedor para los servicios que precise, sin necesidad de ponerse de acuerdo con otros individuos. En suma, no hace falta votar para elegir un Gobierno que gestione esos servicios públicos en monopolio, financiados, por supuesto, con nuestros obligatorios impuestos, sean presentes o futuros, explícitos o implícitos (por ejemplo, inflación).

Por todo ello, se puede concluir que, con una perspectiva de pura teoría económica (austriaca) y anarcocapitalista, no es necesaria una democracia para el funcionamiento de la sociedad, pues no es necesario un Estado. Es más, la democracia supone en muchos casos una clara amenaza para la libertad del individuo, camuflada en el gobierno de la mayoría y en el requerimiento de consensos.

Y, sin embargo, creo que la perspectiva histórica puede contribuir a esclarecer algunas ventajas que explicarían el origen de la misma. Quizá sea por el cúmulo de lecturas recientes a mis espaldas, en que se mezcla la historia de los Romanov, con las intrigas de los Claudios y el origen de la dinastía Severa, con las crónicas de Westeros (sí, el mundo de Juego de Tronos, pero de evidente inspiración en la Edad Media), o con relatos de mafiosos y vikingos.

¿Qué tienen en común todas ellas? Pues muestran en toda su crudeza los problemas que se creaban en las sucesiones, cuando un emperador, rey o capo, empezaba a dar síntomas de debilidad o moría sin heredero claro.

En el mejor de los casos, la cosa no pasaba de intrigas cortesanas, enfrentamientos internos en la familia o familias afectadas. Según Robert Payne[2], el principal mecanismo para la transferencia de poder era el asesinato, y Eisner[3] complementa esta información con el dato de que 1 de cada 8 monarcas en Europa murieron asesinados[4]. Esto revela el precio que tenían que pagar estas personas por conseguir el poder, un precio en términos de riesgos para su propia vida y las de sus allegados y familiares. Un precio que muchos no estaban dispuestos a pagar (por ejemplo, el primero de los Romanov y algunos de sus sucesores; Tiberio, que no quiere suceder a Augusto, y tantos otros cuya historia no conozco).

Pero en otras ocasiones, estas luchas sucesorias conllevaban un enfrentamiento mucho más grande, que llevaba a guerras civiles, como es el caso de las ocurridas en Roma al final de la República o tras la muerte de Cómodo sin sucesor. Sería interesante ver qué cantidad de los conflictos bélicos ocurridos en Europa entre el final del Imperio romano y la Primera Guerra Mundial tuvieron que ver con sucesiones en el trono. Me da la impresión de que casi todos están relacionados, de una forma más o menos directa[5].

Desde la perspectiva de la población civil, mientras los problemas no rebasaran las fronteras cortesanas, no habría demasiado problema. Unos pocos ganarían, otros pocos perderían, pero en general la vida de la gente no se vería demasiado alterada (durante la sucesión, claro, lo que se modificara con el nuevo potentado es otra historia).

Pero, claro, si la cosa degeneraba en una guerra civil, entonces la cosa cambiaba y mucho. Por ejemplo, ¿era posible para una ciudad permanecer neutral en el conflicto? ¿Y qué consecuencias tendría aliarse con la parte perdedora? Por no hablar de la destrucción generada por las batallas, o la pérdida de trabajadores por las levas, o la misma necesidad de mantener a estos recursos bélicos no productivos. Es al ver esta situación cuando uno comprende la imperiosa necesidad que verían los individuos de la época de garantizar sucesiones pacíficas de poder.

Y es aquí donde aparece la utilidad de la democracia. En vez de asistir a un combate o una guerra entre sucesores, ¿por qué no elegirlos por mayoría? Por lo menos así se garantiza que no se van a destruir recursos durante el periodo sucesorio. Es una solución ciertamente barata cuando se compara con alternativas más violentas, algo que ya tenía claro el Padrino cuando afirmaba que la violencia es mal negocio.

En suma, parece quedar claro que, desde la perspectiva individual, era mejor una sucesión pacífica que una sucesión violenta, pues en ésta sus intereses podían verse directamente afectados. ¿Fue en EE. UU donde los padres fundadores se dieron cuenta por primera vez de las ventajas de este sistema? Puede ser, no estoy seguro. Está claro, pues, que el sistema democrático pudo y puede tener utilidad; pero también este análisis revela los límites de su utilidad. Y es que las democracias que vivimos en la actualidad no se limitan a garantizar una sucesión sin derramamiento de sangre, sino que van más allá y se convierten en un vehículo mediante el que unos pocos, en nombre del interés general, pueden invadir la propiedad de todos los demás. Y para eso no eran.

[1] No es momento aquí de desmontar las argumentaciones típicas de bienes públicos y externalidades.

[2] Payne J.L. (1989). Why nations arm. New York: Blackwell

[3] Eisner M. (2011). Killing kings: Patterns of regicide in Europe, 600-1800. British Journal of Criminology, 51.

[4] Ambas referencias, según las cita Steven Pinker en The better angels of our nature.

[5] Me atrevería a incluir incluso las llamadas guerras de religión, cuya causa última quizá solo usaba la religión como disculpa para justificar un cambio de poder. Así lo apunta en el caso de Holanda Elvira Roca Barea en “mperiofobia y leyenda negra.

 

Por Fernando Herrera González.

Fuente: https://www.juandemariana.org/