Mensaje para mis ahijados de la X Promoción de Ingenieros de Producción Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado

Autoridades de esta prestigiosa casa de estudios, personalidades invitadas, profesores, familiares, amigos, damas y caballeros:

Haber sido escogido para ofrecer este breve discurso, en este momento tan especial y pese a mi corta trayectoria docente, me ha dejado sin palabras. Confieso que estoy tan sorprendido como quizás muchos de ustedes, gratamente sorprendido. ¡Gracias a todos por esta oportunidad!

En estos veinte años de vida profesional que he acumulado en la industria, y más recientemente en la academia, he logrado muchas metas que me han permitido evolucionar también en el ámbito personal; he vivido momentos de mucha alegría, pero también momentos duros, encrucijadas en las que he debido tomar decisiones clave para poder continuar; de esos momentos no estarán exentos tampoco ustedes, queridos ahijados. En los años por venir, tendrán que enfrentar muchas situaciones difíciles con inteligencia, esfuerzo y pasión: es ley de vida. Tendrán éxito, tropezarán, se caerán y se levantarán una y otra vez, como lo hicieron para llegar hasta aquí, pero lo importante será siempre actuar a la luz de la ética basada en la ley natural y no decaer.

Su generación está llamada a ser impulsora de cambios fundamentales en la sociedad mundial y particularmente en nuestro país, cambios de fondo que generaciones pasadas no hemos sabido implementar, pero que serán necesarios si queremos enrumbarnos por un sendero de prosperidad sostenible de una vez por todas. Tengo mucha fe en la juventud, una juventud bien educada y clara en sus principios. Es por eso que me he permitido escribir este decálogo para el éxito, que comparto con todos ustedes, sólo para propósitos de orientación.

Sean estratégicos. Anticípense a los hechos lo más que puedan y planifiquen su futuro, pero para ustedes mismos. Aléjense de quienes se creen con el derecho o la capacidad intelectual de planificar y controlar la vida de los demás, y no caigan ustedes en ese terrible error. Ninguna persona conocerá mejor sus necesidades, preferencias, historia o aspiraciones que ustedes mismos.

Aprendan otro idioma. Hacerlo les abrirá muchas puertas. Mi consejo, para quienes no lo hablan, es que aprendan inglés y, para quienes ya lo hablan, es que lo perfeccionen. Hay una inmensidad de oportunidades en el mundo de hoy a las que podrán acceder si hablan inglés. Estúdienlo de manera metódica y pronto tendrán el nivel necesario para optar por un sinfín de posibilidades.

Vivan con apego a la ley natural. Recuerden que sus derechos, dados por Dios, son sólo tres: vida, libertad y propiedad. Como lo aprendieron en mis clases, ellos son inalienables; nadie, ni siquiera el Estado, debe violarlos; tampoco ustedes como ciudadanos responsables. No olviden que no puede ser un derecho lo que se recibe porque se le quita a otro o lo que se recibe porque se obliga a otro a darlo. Respetar a sus semejantes es la mejor manera de ayudar al prójimo. Ustedes no son “pueblo” sino ciudadanos.

Sean empresarios verdaderos. No teman competir porque la competencia es lo que los obligará a mejorar su eficiencia y siempre los beneficiará como consumidores. No apoyen ni clamen por proteccionismos retrógrados que sólo terminan enriqueciendo a una élite a expensas de empobrecer a los ciudadanos; tal actitud no es ética. Su única y verdadera responsabilidad social como empresarios es y será siempre producir los bienes y servicios de mayor calidad al menor precio posible. No confundan obras de caridad con responsabilidad social. A diferencia de muchos de nuestros empresarios actuales, crean en ventajas comparadas y no en conexiones políticas.

Ustedes, como futuros líderes empresariales, formarán parte de una élite selecta de personas que tendrá el privilegio de estar bien informada y el poder de organizarse para lograr grandes cosas en la sociedad. Hagan buen uso de esas capacidades y comiencen a escribir las nuevas páginas de la historia.

Sean conscientes de la ignorancia, la arrogancia y la envidia que los rodea. Según Anthony de Jasay, de estos tres males padece la mayoría de nuestros intelectuales, que no creen en las transacciones voluntarias entre personas. Muchos de ellos, pese a su arsenal de títulos, ignora cómo funcionan de verdad los mercados y son incapaces de reconocer que en los procesos electorales de mercado, a diferencia de en los procesos electorales políticos, no hay perdedores y ganadores: todos ganan porque cuando dos personas acuerdan voluntariamente su intercambio, ambas partes son satisfechas. Otros, por su lado, pecarán de arrogantes porque sus títulos les dan –según ellos– el conocimiento necesario para controlar la vida y la prosperidad de los demás. El último grupo envidiará a quienes, con cosas simples, eficientes y bien hechas, logren mayor prosperidad económica que ellos, con todos sus sofisticados estudios. Y yo me atrevo a decir que hay un cuarto grupo que acapara los tres males anteriores.

Cultiven la pasión por la lectura. No dejen nunca de estudiar para perfeccionarse, con independencia de sus actividades cotidianas. Yo les sugiero leer mucho sobre economía porque no hay nada más inherente al ser humano que la economía: la función emprendedora nace cuando nacemos y de eso se trata precisamente tal ciencia. Los libros de la Escuela Austríaca son esenciales para entenderla como lo que en realidad es: acción humana. Lo que importa no es saberlo todo, sino saber lo suficiente para que no los engañen políticos, intelectuales y medios de comunicación. Lean, investiguen, busquen evidencia empírica en fuentes confiables y contrasten realidades, de manera que tengan un criterio propio y no crean en los “cantos de sirena” que se diseminan de forma masiva y con fines perversos premeditados.

Reconozcan los pilares fundamentales del desarrollo. Los pilares fundamentales del desarrollo son el Estado limitado y mínimo, la libertad económica y la ética. Deben ser conscientes de ellos para que puedan promoverlos, y no luchar por causas equivocadas. Esa será su gran responsabilidad como profesionales y futuros empresarios en los años venideros.

No teman ser llamados radicales. El término proviene del latín radix, que sugiere ir a la raíz de los asuntos o problemas. Y es que eso es lo que necesitamos: escudriñar en la raíz de los problemas para resolverlos de forma definitiva y no solo suavizar sus síntomas. Tampoco le teman a la crítica; nútranse de ella; aprendan lo constructivo y desechen lo destructivo. Siempre algo malo viene acompañado de algo bueno.

Me permito citar a William Lloyd Garrison:

“Seré duro como la verdad e intransigente como la justicia. En relación con este tema, no quiero pensar, hablar ni escribir con moderación. ¡No! ¡No! Díganle a un hombre cuya casa está en llamas que haga sonar una alarma moderada; díganle que rescate moderadamente a su esposa de las manos del violador; díganle a una madre que saque gradualmente a su hijo del fuego en el que ha caído; pero no me digan que sea moderado en una causa como ésta. Dejaré todo. No seré ambiguo. No perdonaré. No retrocederé una pulgada. Y me escucharán”

Y a ustedes, queridos ahijados, los escucharán.

Sean humildes y agradecidos. No confundan humildad con pobreza, pues nada tienen que ver. Ser humilde significa tener la capacidad de reconocer que se ha cometido un error y la fortaleza de rectificar; significa conocer las propias limitaciones para no imponer cosas a otros. Agradezcan a Dios, la vida, la naturaleza, sus padres, seres queridos, profesores, colegas, jefes por las experiencias vividas, porque allí radica su verdadera riqueza. En el momento oportuno, un ¡gracias! puede tener un poder incalculable.

Me daré por servido si ponen este decálogo en práctica, porque será la garantía de que triunfarán y de que lo harán sin dañar a nadie, estén donde estén. De ello, nos sentiremos muy orgullosos todos los que alguna vez aportamos un granito de arena en su formación. Les auguro un éxito infinito.

¡Muchas gracias!

 

Prof. Luis Cirocco.

 

 

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