La pelea entre Bruselas y Roma por los presupuestos del Estado presentados por Italia arrojan luz sobre una característica novedosa del populismo contemporáneo: la mezcla de estatismo y liberalismo en sus propuestas económicas.

Italia quiere, por un lado, aumentar el gasto público y, por el otro, bajar los impuestos y desmontar el reglamentarismo para aumentar la libertad económica. Sucede algo parecido con Donald Trump, que, por una parte, propugna el proteccionismo, favorece el aumento del gasto público y presiona a la Reserva Federal para que mantenga los intereses artificialmente bajos, y, por el otro, ha eliminado regulaciones intervencionistas y reducido los impuestos, disparando la actividad económica. Bolsonaro, que hoy se convertirá en presidente electo de Brasil, también compagina una inclinación populista, que se expresa en su rechazo a la reforma del elefantiásico sistema estatal de pensiones, principal fuente de desequilibrio fiscal del país, con otra liberal, proponiendo, a través del «Chicago Boy» que lo asesora, privatizar ciento cuarenta empresas públicas, simplificar y reducir los impuestos, y eliminar barreras a la inversión privada.

Esta dualidad del populismo actual implica que los populistas pueden tener éxito económico durante un tiempo (a mediano plazo las contradicciones harán muy difícil que no surjan serios desequilibrios). Es el caso también de la Hungría de Viktor Orban, cuyo crecimiento ya quisieran varios de los países europeos que tratan de contener su atroz deriva autoritaria. Esto complica la tarea de combatir el populismo, pues no hay nada como el éxito económico para prestigiar una causa política. También ayuda a deslegitimar las alternativas civilizadas. Por ejemplo, en el pleito entre Europa e Italia, Matteo Salvini, el líder de la Liga, aparece como un campeón liberal, pues quiere simplificar y bajar la tributación de las sociedades para que haya sólo dos tasas, una de 15 por ciento para empresas pequeñas y más adelante otra de 20 por ciento para las grandes.

En cambio, Bruselas aparece como campeón del estatismo, exigiendo elevar los impuestos para equilibrar los presupuestos en un país de por sí sofocado por el peso de su Estado (¡de allí el déficit fiscal y la deuda que con razón alarman a Bruselas!). Europa acierta denunciando a Italia por pretender aumentar el déficit fiscal y menospreciar las reglas del club europeo, pero en lugar de proponer reformas liberales para que esa economía mediocrísima recobre lozanía, le pide que su Estado engulla un bocado aun más grande del pastel productivo.

Cuando un populista autoritario usurpa aspectos del liberalismo, lo primero que cambia de reputación no es el liberalismo, sino el populismo. Más tarde, si el populismo fracasa porque la fórmula aplicada ha sido más populista que liberal, es el liberalismo el que cambia, temporalmente, de reputación (hasta que las alternativas vuelvan a fracasar). Lo que todo esto quiere decir es que, a corto plazo, la adopción de algunas medidas liberales por parte de los populistas traerá beneficios a una mala causa y que, más tarde, cuando la cuadratura del círculo sea evidente, probablemente perjudique, durante un tiempo, a la causa liberal. Lamentablemente, Bruselas está contribuyendo a esto al no saber separar la paja (el capricho italiano de aumentar el déficit) del trigo (el deseo simultáneo de disparar la actividad productiva con más libertad económica).

Europa ya cometió este error anteriormente, con su campaña contra Irlanda por haber reducido los impuestos con mucho éxito (tanto, que es el país europeo que más rápida y espectacularmente se ha recuperado de la crisis de hace una década). Es crucial, si no se quiere que los populistas sigan minando la integración europea, no dejar que los anquilosados burócratas lleven la voz cantante en estas cosas.

Por Álvaro Vargas Llosa.

Fuente: https://www.abc.es/