El pasado año, con motivo de cumplirse 18 años de la implantación por parte de Hugo Chávez de las Escuelas bolivarianas, el ministro de educación, Elías Jaua, antiguo tirapiedras de la Universidad Central de Venezuela, le recordaba al país las intenciones del programa educativo que había diseñado el Comandante: “El programa de Educación bolivariana concibe la escuela como una integración de variables que contribuyen al libre desarrollo de la personalidad, en lo individual y en lo social. Para ello es necesario que además de la formación académica, los y las docentes tengan derechos laborales garantizados, que los niños, las niñas, los y las jóvenes reciban alimentación adecuada, practiquen deporte, desarrollen su vocación cultural, científica y en oficios prácticos, tengan acceso a las tecnologías de información y comunicación, desarrollen capacidades de liderazgo social y político, entre otras importantes áreas del saber y el hacer, como lo predicó el maestro Simón Rodríguez, maestro de nuestro Libertador”.  Más adelante, en el mismo comunicado, el ministro recuerda que “los resultados, además de ser cuantificables, pueden ser apreciados cualitativamente”.

Esta declaración, como antes dijimos, fue hace un año. Por supuesto, los resultados son apreciables, pero las cifras no coinciden con las que supuestamente maneja el ministro, al contrario, basta con hacer un ligero recorrido por escuelas, liceos y universidades para ver el cuadro desolador y deprimente que refleja el estado de la educación venezolana.

El presidente de la Fundación Arturo Uslar Pietri, Antonio Ecarri, denunció hace una semana que entre el 28 y el 30% de los maestros venezolanos, entre activos y jubilados, se han marchado del país, fenómeno que a su juicio está generando el colapso del sistema educativo venezolano. Al desplazamiento de los educadores se debe sumar el deterioro de la infraestructura escolar y la escasez absoluta de programas alimentarios. Se Educa, una ONG vinculada al sector educativo, indicó que 48.000 docentes renunciaron en el país, lo cual representa 12% del personal de las escuelas primarias y secundarias venezolanas. Los docentes se han unido a la estampida de venezolanos que escapan del país huyendo de la inseguridad, los bajos ingresos y la escasez de alimentos. A medida que el personal docente deja el país algunos grados en los colegios pasan varios meses sin clases. En algunos colegios los padres reúnen dinero para complementar los ingresos de aquellos profesores que no tienen para pagar ni siquiera el transporte para poder dirigirse diariamente al colegio.

En las áreas rurales los maestros han abandonado sus cargos porque los niños no asisten a clases, y ellos no tienen cómo movilizarse desde los centros urbanos a las zonas remotas. Ni todo el sueldo que irregularmente cobran les alcanza para pagar el transporte. No es extraño que los niños se desmayen en las escuelas porque han sido suspendidos todos los programas alimentarios que servían de apoyo a los más desfavorecidos y en los hogares tampoco es raro que cuando hay varios niños se sacrifique la educación de algunos porque no hay comida para todos. Los maestros y profesores suelen sugerir a los padres que dejen a los niños en casa si no han comido. Por otro lado, es muy común que en algunas escuelas se suspendan las clases por la crisis energética, que desde hace varios años azota al país. Se estima que los niños venezolanos pierden un 40% de las clases y aproximadamente una tercera parte de los maestros no van a trabajar un día a la semana para hacer cola en los supermercados en busca de comida.

Mientras tanto, en la Universidad de los Andes (ULA), el Consejo Universitario acaba de declarar a la universidad en estado de “colapso inducido”. El documento declara, especialmente, la precariedad de los salarios, así como la asfixia presupuestaria que está llevando a la paralización progresiva de escuelas, centros de investigación, laboratorios y la ausencia de servicios asistenciales (protección médica, comedores y transporte). La asfixia financiera ha hecho que los centros de investigación, laboratorios y bibliotecas se hayan reducido a niveles casi inexistentes.

En la Universidad Central de Venezuela (UCV), cuya ciudad universitaria fue declarada Patrimonio de la Humanidad, los estudiantes reciben clases en aulas que tienen años sin equipos de aire acondicionado. Los profesores universitarios de esa casa de estudios, sobre todo los más calificados, se han sumado a la fuga de cerebros, ahuyentados sobre todo por sus bajos sueldos. De acuerdo con cifras de las cinco universidades más grandes del país, 1.600 profesores renunciaron a sus cátedras en los últimos cuatro años. Veinte años atrás un profesor recibía un sueldo de más de 20 salarios mínimos y hoy recibe el equivalente a menos de dos salarios mínimos. A esta universidad el Ejecutivo le aprobó solo el 18% del presupuesto solicitado para 2018. De 5.800 profesores activos que tenía ya solo quedan 4.300 para 44.000 estudiantes de pregrado y 11.700 de posgrado. Ya solo quedan tres becarios de la UCV en el exterior, cuando en el pasado llegó a contar con 200 estudiantes fuera del país.

La Universidad Simón Bolívar, antes conocida por su calidad docente, empezó el año 2017 con 12.000 estudiantes, pero a finales de ese año solo contaba con 10.700 alumnos, mientras que había perdido un tercio de los profesores.

Desde que llegó al poder en 1999, Chávez declaró la guerra a las universidades autónomas y comenzó a crear un sistema educativo paralelo, creando instituciones como la Universidad Bolivariana y la Universidad Experimental politécnica de las FAN, cuyo objetivo principal es el adoctrinamiento político y el control social sobre la calidad educativa y de investigación. El chavismo se ha dedicado a demoler las universidades autónomas y a perseguir a profesores y estudiantes, quienes han sufrido cárceles y persecuciones. El año pasado durante las protestas fueron asesinados al menos 20 estudiantes y los heridos se cuentan por centenares. Las fuerzas militares, como la Guardia Nacional y grupos paramilitares protegidos por el régimen, entran cuando quieren a las instalaciones universitarias y causan robos, destrozos, atropellos y otros actos de vandalismo.

A pesar de este cuadro tan desolador, no falta la insistencia del régimen en imponer su visión ideológica del mundo. No es extraño que en algunos colegios niños y profesores con hambre dibujen y coloreen el rostro de Chávez o escenifiquen obras de teatro en honor al Comandante vistiendo boina roja.

 

Fuente: https://www.juandemariana.org/