La calidad de vida es algo muy relativo. Son diversos los factores que pueden hacer que en un país se goce de menos calidad de vida: la contaminación, bajos sueldos, la inseguridad en la calle o los servicios públicos son aspectos a tener en cuenta. De acuerdo con un estudio elaborado por Numbeo, la mayor base de datos del mundo, que se construye a partir de datos suministrados por los propios ciudadanos de cada país, los países donde peor se vive son Venezuela, Mongolia, Vietnam, Bolivia y Kenia. La mayor puntuación la ha obtenido Suiza con un total de 222,94 puntos, mientras que la peor puntuación ha ido a parar a Venezuela con -53,04 puntos.

Estos resultados no son extraños para los venezolanos, quienes vivimos una verdadera tragedia en cuanto a la prestación de los servicios públicos. Desde la distribución de electricidad hasta el suministro de agua potable, el manejo de las comunicaciones telefónicas, la recolección de basura, la solicitud de un pasaporte, el transporte público, los servicios de salud, entre otros, nada funciona de manera satisfactoria, lo cual se traduce en un visible deterioro de la calidad de vida de los ciudadanos.

En un reciente estudio realizado por la consultora Arthur D. Little y la Unión Internacional de Transporte Público, de acuerdo con el Índice de Movilidad Urbana, que evaluó 84 de las mayores ciudades del mundo, la que obtuvo la mejor puntuación fue Hong Kong con 58,2 puntos; de las ciudades latinoamericanas la mejor calificada fue Santiago de Chile en el puesto 30 con 47,1 puntos y la lista la cierra Caracas con 40,1 puntos.

Esta calificación no sorprende a nadie que conozca cómo funciona el servicio de transporte público en Venezuela. El de Caracas es el único servicio de metro totalmente gratuito en el mundo, pero no porque esta medida obedezca a una deliberada política social de redistribución de ingresos y apoyo a los más necesitados, sino que esto obedece a que el Estado venezolano no tiene cómo adquirir los boletos para que la gente pueda hacer uso del servicio. Este sistema de transporte desde su inauguración hasta finales del siglo pasado fue motivo de orgullo para el país. Pero ahora es una muestra permanente de abandono y quizás el ejemplo más patético de destrozo de la infraestructura del país. Este caos se manifiesta por la falta de mantenimiento, la delincuencia, la suciedad y la desidia. Otro elemento que viene a unirse al colapso del sistema lo representa la escasez de efectivo que imposibilita el pago del pasaje. Un tique cuesta cuatro dólares y un dólar tiene, en este momento, un valor de 3,6 millones de bolívares.

Pero no solamente ha colapsado el transporte subterráneo, sino el transporte en general, al extremo de que los ciudadanos se han visto obligados a desplazarse en camiones de ganado conocidos como “perreras”, donde viajan parados y sin límites de pasajeros. Esto ha traído como consecuencia los inevitables accidentes fatales con muertos y heridos.

Por otra parte, los venezolanos estamos siendo sometidos a días, semanas y a veces meses de racionamiento de servicios tan básicos como el agua potable. El portal Prodavinci, en un especial recientemente publicado, reportó que el 30% de la población fue sometida al racionamiento formal de agua corriente entre 2016 y 2017. El racionamiento en la ciudad de Caracas es ya de carácter permanente y regiones como la del estado de Bolívar, con una de las cuencas hidrográficas más grandes del mundo y uno de los más gigantescos sistemas de generación de energía eléctrica de Suramérica, ha sido sometida al racionamiento no solo de agua sino también de luz. Las excusas no se han hecho esperar, en invierno dicen que los inconvenientes se deben a supuestos sabotajes o accidentes y en verano a la falta de lluvia para llenar los embalses. Lo cierto es que durante el régimen chavista fueron estatalizadas las empresas que prestaban eficientemente el servicio, y las empresas públicas que medianamente lo hacían están quebradas y manejadas por políticos desconocedores del negocio. Además, fueron paralizadas todas las obras de infraestructura que se habían venido desarrollando y planificando durante el período democrático.

Por otro lado, la recolección de desechos sólidos en Venezuela no obedece a un esquema de trabajo sistemático, sino a eventuales y esporádicas jornadas de limpieza y recolección, no ajenas a la improvisación que azota todas las actividades que acomete el régimen. La basura es la muestra más triste y vergonzosa del abandono de los servicios públicos en el país. Esta se amontona en las calles y cualquier esquina de las ciudades es asumida como botadero. Se tardan semanas y meses para recolectar los desechos sólidos en los que proliferan las moscas, ratas y gusanos que invaden comercios, casas y causan enfermedades. Como no hay vertederos, vecinos y comerciantes arrojan la basura a las islas peatonales. Los antiguos paisajismos que adornaban las ciudades ahora se pierden entre la maleza. Desaparecieron los equipos de limpieza de las alcaldías por la falta de mantenimiento y repuestos y hoy son visibles los cementerios de chatarra a lo largo de todo el país. Ahora la limpieza se lleva a cabo con personal contratado a destajo, debidamente vestidos de rojo, como parte de la política clientelar y propagandística del régimen.

El gas doméstico, que antes solían distribuirlo empresas privadas, también fue víctima del afán estatalizador y ahora las largas colas para adquirir una bombona son tan notorias como las que se hacen para adquirir el pan o retirar la pensión de los jubilados. Conseguir una bombona, sin hacer la cola, puede costar hasta 50 veces su precio regulado. La oposición denuncia que los fallos se deben a que el país con las mayores reservas de petróleo del mundo ahora tiene que importar el producto, esto como consecuencia de la falta de mantenimiento de las plantas y la destrucción del parque empresarial privado. Esta situación ha traído como consecuencia que las familias hayan tenido que recurrir a la vieja práctica de cocinar con leña.

Según el Global Competitiveness Index 2017-2018 del Foro Económico Mundial, Venezuela tiene la décima peor infraestructura eléctrica del mundo. Esto puede ser corroborado por datos del Observatorio de Conflictividad Social de Venezuela, quien denuncia que sólo en el primer trimestre de 2018 se registraron 3.550 interrupciones del servicio eléctrico, cerca de 44 fallas por día. En 2017 las fallas ascendieron a 18.221, casi 50 por día.

Estos solo son algunos de los servicios públicos que han sido devastados por el socialismo del siglo XXI, podríamos alargar la lista incluyendo el servicio de internet, el cual según la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) es el más lento del continente; el servicio telefónico, antes era privado y eficiente, ahora es público y sufre de la más absoluta ineficiencia; o el transporte aéreo casi desaparecido. Como dijo en una oportunidad Margaret Thatcher, “el peor enemigo del socialismo no es el capitalismo sino sus propios resultados”.

 

Fuente: https://www.juandemariana.org/