Un relato en primera persona sobre el saqueo a Venezuela y de cómo Sidor pasó de producir más de 4 millones de toneladas de acero a virtualmente nada. el manejo de las empresas del llamado sector público es todo menos empresarial.

Conocí a Lino en Buenos Aires y al darse cuenta que yo era venezolano me dijo que era dueño de una empresa metalúrgica en Venezuela. 40 toneladas me quedaron represadas en Valencia”. En medio de la conversación, Lino demuestra sus pocos conocimientos de economía cuando de forma tajante afirma: “En Colombia la economía funciona porque allá se cobran muchos impuestos”. Yo le contesto que mínimo, ese argumento es “debatible” pero que en realidad es “rebatible” y que de última: “Estás equivocado”.

Lino me explicó cómo era el negocio metalúrgico. Resulta que tenía una flota de camiones y se iba hasta el estado Bolívar de Venezuela, hasta Sidor.  Y ahí compraba el acero y lo llevaba a Valencia en donde tenía una instalación en la que podía seccionar ese acero en diferentes tamaños que después servirían para fabricar varillas. Y este esquema era un gran negocio porque todo ese acero se pasaba picado para Colombia como si fuera chatarra con lo que solo tenía que pagar aranceles mínimos a ambos lados de la frontera.

En Venezuela, además de los gastos legales, también tenían que pagar sobornos a puestos militares y eso que contaban con el apoyo del familiar de un general chavista bien posicionado, aunque hoy ha caído en desgracia. Finalmente, ese acero llegaba a una fábrica en Colombia en donde se convertía en varillas para la construcción de diferente longitud y diámetro.

Medio en broma y medio en serio le digo: “O sea, tú también contribuiste con el saqueo. Gracias”. “Pero es que yo pagaba el acero al precio que tenía”.  Y Lino, que sabe cómo se hace para ganar plata en países corruptos, no sabe nada de economía y no se da cuenta que la misma razón por la que su “negocio” obtenía ganancias era la mismo que haría colapsar todo su emprendimiento.

Resulta que durante años, el precio del acero en Venezuela estuvo fijado a precios por debajo del mercado y entonces, llevar es material a miles de kilómetros para trabajarlo a medias y luego sacarlo del país por la frontera opuesta era negocio que beneficiaba a grupos cercanos al poder político y por supuesto al “empresario” que organizaba todo el esquema. Era mejor negocio que comprarlo a precios internacionales en Colombia.

¿Cómo se podía haber evitado todo esto? Fácil. Vendiendo el acero a precios de mercado internacional. Y se acababa todo el contrabando. Porque el responsable de este saqueo no es de quien se aprovecha de un marco político e institucional que favorece la corrupción, el responsable es quien instaura y mantiene ese sistema corrupto.

Bajo la sombra del estado se crean estos mecanismos. Un funcionario público no es un empresario y una empresa pública no es realmente una empresa porque no se maneja con criterios empresariales sino más bien contables. Es decir, si la empresa genera pérdidas, no se busca la manera de que su funcionamiento más eficiente, sino que se solicita una mayor asignación presupuestaria. Así las cosas, quienes dirigen una empresa pública no se preocupan por obtener ganancias y si se obtienen pérdidas nadie sufre las consecuencias de eso.

La intervención del estado jugando a ser un empresario es nefasta para la economía y si además ese estado está contaminado por las ideas socialistas que condenan la ganancia, se abandona el único indicador que te demuestran si estás empleando los recursos de forma correcta o por el contrario los estás desperdiciando.

El desprecio por la función empresarial y el desprecio a los procesos de formación de precios en los mercados libres, o al menos poco intervenidos, serán siempre talones de aquiles de las apuestas a eso que llaman socialismo.

Humberto Andrade Zambrano es editor en jefe de Econintech.