Con las últimas medidas anunciadas por el Gobierno de los EE. UU. contra los funcionarios de la dictadura venezolana, nuevamente se ofreció la oportunidad para usar y actualizar el discurso antiimperialista propio de esta región.

Desde que los asistentes al nefasto Foro de São Paulo prácticamente gobernaron toda América Latina, existió una palabra que no podía dejar de salir de las bocas de esos auto proclamados líderes del pueblo: el tan malvado imperialismo y, en especial, el yankee. Según ellos consistía en un animal depredador de las pertenencias y recursos de los países de la región.

Sin embargo, esa idea de imperialismo norteamericano, no es nueva, ni carece de impacto político e incluso en las creencias de las personas que habitan el continente suramericano. En Del buen salvaje al buen revolucionario, Carlos Rangel lo diagnóstica como un mito que no dejó crecer a América Latina y afirma: “En el momento latinoamericano actual, nadie se arriesga a ser contradicho si afirma que es el imperialismo norteamericano quien ha obstaculizado las transformaciones necesarias, económicas y políticas, en los otros países del Hemisferio; y esto para empobrecerlos, succionándoles la riqueza, que ha servido al auge económico de los Estados Unidos y que sin esa transferencia hubiera asegurado nuestra felicidad y prosperidad, etc.”.

Si bien es cierto que los EE. UU. han tenido una gran influencia en muchos países no sólo de la región, sino del mundo entero, más allá de algunos excesos de la política exterior de ese país, la idea de imperialismo que en los discursos enardecidos –sobre todo llenos de engaño y demagogia– de esos líderes populistas, se esconden algunos sentimientos e ideas que son muy útiles para entender a la izquierda latinoamericana y su política en la región, aún con la desaparición de algunos de sus líderes más notorios.

¿Qué encubre ese discurso antiimperialista?: Lo primero es el resentimiento; es decir, aquel sentimiento de frustración e impotencia que algunos sienten al ver el éxito que ese país ha alcanzado y su tierra no tanto. Lo curioso es que para el momento de la independencia de los EE. UU. ese país era muy rural en comparación con la América española, que contaba con virreinatos, audiencias reales, universidades y más, como lo apunta Carlos Rangel en su famosa obra Del buen salvaje al buen revolucionario, en la cual comenta que la suerte para ese momento no estaba echada y ningún hombre de Estado podría predecir el éxito de esa nación del norte. En contraposición, haciendo una apología al resentimiento, encontramos el “libro” Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano.

Otro de los encubrimientos del discurso antiimperialista es el rechazo al comercio, por ende, a la inversión extranjera y sobre todas las cosas el odio a la globalización. Como apunta Rangel, eso no es nuevo en el continente ­–es herencia en parte de la tradición católica–. El caso es que ese rechazo ha llevado a castrar en buena medida el emprendimiento, cosa que no ocurrió en el país del norte en sus inicios –producto de la tradición anglicana inglesa–, en consecuencia, los países de la región se han desarrollado en menor medida, en parte producto de ese rechazo al capitalismo que, sumado a la aversión a los norteamericanos y a cualquier tipo de inversión foránea, ha creado el ambiente propicio para la propagación del socialismo del siglo XXI.

No obstante lo anterior, no queremos cerrar estas reflexiones sin considerar que existen luces luego del oscurantismo traído por el deleznable foro de la ciudad brasileña, con el triunfo de movimientos políticos más abiertos al comercio, el libre mercado y la cooperación con países extranjeros, sin complejos de inferioridad producto del mal llamado imperialismo. Nuestro deseo es que en algunos años Venezuela siga el camino –aunque lento, pero definitivamente de libertad– de países como Argentina.

Fuente: https://www.juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/la-idea-de-imperialismo-yankee-en-la-politica-latinoamericana