La crisis venezolana es el más reciente ejemplo de las terribles consecuencias del socialismo y la devastadora realidad de la hiperinflación. Son los resultados de políticas intervencionistas y socialistas que se han aplicado en distintos países con consecuencias similares, y la gente sigue dejándose engañar cuando los políticos les dicen que esta vez será diferente.

De acuerdo con los datos suministrados mensualmente por la Asamblea Nacional, Venezuela está en hiperinflación desde noviembre de 2017, cuando el aumento de precios superó la cifra del 50% de variación intermensual. Esta definición es consecuente con el trabajo del economista Philip Cagan, quien publicó un estudio sobre la hiperinflación en 1956, definiéndola como un período en el cual los precios aumentan en más del 50% mensual. Otro economista conocido por sus estudios sobre la inflación en el mundo, Steve Hanke, de la Universidad de Johns Hopkins, ha documentado 57 casos de hiperinflación, de los cuales Venezuela es el más reciente. Ante la ausencia de información por parte del Banco Central de Venezuela, la Asamblea Nacional ha publicado los datos de este año, señalando que para el mes de abril el registro fue del 80,1%, mientras que la cifra anualizada se ubicó en el 13.779%. El Fondo Monetario Internacional habla de una tasa del 14.000% para 2018.

¿A qué se debe que el país se encuentre en una situación que ha arrasado con el poder adquisitivo de los venezolanos y destruido la moneda nacional? Según Milton Friedman, premio Nobel de Economía en 1976,  “la inflación es en todo momento un fenómeno monetario”. La inflación se origina cuando el banco central de un país crea dinero más rápido que el aumento de la producción de bienes y servicios. Los bancos centrales en manos de los Gobiernos emiten dinero para cubrir los gastos que el Estado no puede cubrir con sus ingresos, o sea, monetiza el déficit fiscal. Cuando aumenta la cantidad de dinero se concede a los receptores de esos fondos la capacidad para que los gasten sin que exista una oferta equivalente de bienes y servicios. Es decir, a la gente se le da la oportunidad de comprar bienes que no existen en las cantidades que ellos desean. Esto es lo que produce el deterioro de la moneda. Y como decía Lenin a comienzos del siglo pasado, “la mejor manera de acabar con el sistema capitalista es corromper su moneda”. Lenin se refería a reducir notablemente el valor del dinero mediante una inflación elevada y lograr, así, que las personas no puedan adquirir sus bienes y servicios. La consecuencia es la desaparición de parte de su riqueza al reducir considerablemente el poder adquisitivo. Decía Lenin que con un proceso de continua inflación los Gobiernos pueden confiscar secreta y subrepticiamente gran parte de la riqueza de sus ciudadanos.

Según archivos recientemente desclasificados del M15, servicio de contraespionaje británico, contamos con numerosos detalles del complot contra la libra esterlina durante la II Guerra Mundial organizado por la Alemania nazi. Durante el conflicto, el III Reich planeó desestabilizar el Reino Unido imprimiendo dinero falso con el que pretendía inundar el mercado inglés provocando una gran inflación. El hecho fue llevado al cine de la mano de la película Los falsificadores del año 2007, conocida como Operación Bernhard.

Decía recientemente el economista Juan Ramón Rallo en un artículo publicado en el Instituto Cato que en una hiperinflación los precios se multiplican no en función del dinero que se ha impreso sino del valor que se espera que va a tener ese dinero en el futuro y por eso los precios pueden aumentar muy por encima de la cantidad de efectivo por voluminoso que estos sean. Esta sería la razón por la cual los venezolanos corren a proteger sus ahorros comprando dólares o cualquier tipo de mercancía. Esta demanda acuciada por el temor a lo desconocido impulsa los precios y provoca una mayor escasez. La explicación de esta conducta se debe a que el bolívar ya no cumple las funciones de una moneda, ya no sirve como medio de cambio ni como instrumento de ahorro.

Los aumentos de liquidez monetaria en Venezuela han sido crecientes y no se corresponden con los aumentos en la producción de bienes y servicios. Entre enero de 2014, período en el que se inició la contracción económica, y diciembre 2017, la impresión monetaria ha crecido un 9.974%. En el primer trimestre la liquidez subió un 3,013% al compararla con el mismo período de 2017. Si uno analiza las curvas de inflación y la evolución de la liquidez monetaria entre 2013 y 2017 se observa una correlación positiva entre ambas variables, parte de esa liquidez termina por potenciar el mercado paralelo de divisas.

El aumento de precios en Venezuela ha sido tan vertiginoso que para el año 2008 con un billete de 100 bolívares fuertes se podía comprar 12 cartones de huevo (360 unidades). Hoy en día un huevo cuesta aproximadamente 80 mil bolívares. Se necesitan 800 billetes de cien bolívares para adquirir una unidad.

La espiral inflacionaria es tan intensa que es normal que la gente vaya con bolsos llenos de efectivo para pagar un kilo de queso o un desayuno en cualquier cafetería. A eso se suma la escasez de efectivo que ha obligado a la gente a hacer largas colas, a veces de dos o más días, para que las agencias bancarias les den 30 mil bolívares que no alcanza para comprar un café pequeño. Un caso emblemático se ilustra con el pago que acaban de recibir los pensionistas este mes de mayo, 2.660.000 bolívares que alcanzan para para comprar medio kilo de carne y un kilo de arroz. El Gobierno ha tratado de frenar los aumentos con incrementos de sueldo (48 aumentos en 16 años) y leyes punitivas que penalizan la especulación, la compra y venta de dólares en el mercado paralelo o la venta de mercancía con ganancias por encima de la legalmente fijada. Esta serie de reglamentaciones recuerdan a Robert Mugabe, expresidente de Zimbabue, quien también perseguía a los comerciantes y llegó hasta a prohibir la inflación cuando esta llegó a 231.000.000.000% (doscientos treinta y un millones por ciento).

Los estragos que ha causado este fenómeno en Venezuela ya se están haciendo visibles en la población y en la infraestructura del país. Según los resultados de la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOI), los venezolanos han perdido en promedio 11 kilos en los últimos dos años. Un alimento tan básico para la dieta diaria, como la tradicional empanada, con la cual solían desayunar muchos venezolanos, cuesta 200 mil bolívares. Tres empanadas y un zumo o un café costarían 800 mil bolívares, lo cual representa casi la mitad del salario mensual de un trabajador.

Esta situación tan devastadora para la población ha resultado beneficiosa solo para el régimen. El hambre en una trampa que ha permitido a Maduro perpetuarse en el poder, al utilizar el Carnet de la Patria y las bolsas de comida (CLAPS) como mecanismos para asegurarse por la vía del chantaje y el amedrentamiento la fidelidad de la población.

La escalada inflacionaria ha disparado otros males, tales como la violencia, deserción escolar, asaltos, desnutrición, colapso de servicios públicos, emigración, abandono del trabajo, entre otros. No es una guerra económica lo que ha asolado el país, es un Estado socialista pésimamente mal administrado por delincuentes que han sido señalados, con fundadas evidencias, por organismos internacionales y no pocos países del mundo como una mafia que circunstancialmente se aferró al poder destruyendo todas las instituciones democráticas.

Tal como lo señalara Ludwig Von Mises en su libro Teoría del Dinero y del Crédito, “la inflación es el componente fiscal del estatismo y del Gobierno arbitrario y una pieza más de las políticas e instituciones que conducen gradualmente hacia el totalitarismo”.

Fuente: https://www.juandemariana.org/