Marxismo cultural, dictadura de lo políticamente correcto, posmodernismo, feminismo radical. Términos que vemos día sí y día también en los medios y foros de la derecha. Es el nuevo mal que se cierne sobre nosotros y del que debemos escapar.

No voy a ser yo el que les lleve la contraria, pero creo que por una vez podemos hablar de algo más práctico y menos de moda: la inexistencia de límites para nuestros amigos socialdemócratas.

Sí, ya sé. Son más aburridos, no dicen tantas barbaridades, no se manifiestan de formas divertidas y son un poco menos histéricos cuando se les lleva la contraria. Hasta hay algunos con los que se puede debatir racionalmente y te reconocen ciertas realidades… aunque como la cabra siempre tira al monte, en cuanto te descuides te sorprenderán llevando su realidad un poco más allá de lo ya habíais acordado que era razonable.

Un ejemplo práctico de esta tendencia la tuve al discutir sobre este tuit de la Cadena Ser sobre una herencia de 800.000 euros. Por lo que yo había hablado con ciertas personas propensas a la redistribución social, pero abiertas también a la propiedad privada y libertad de mercado, un patrimonio total de esa cantidad entra dentro de lo razonable para una persona de clase media alta. Pilotos de aviones, cirujanos o arquitectos pueden fácilmente llegar a estos patrimonios siempre que inviertan bien sus ingresos. Por supuesto, un empresario no necesita ser Amancio Ortega para que su patrimonio al final de su vida llegue a esta cantidad.

De ahí mi sorpresa al ver a estas mismas personas razonables y, en cierta medida, amistosas con el libre mercado (con muchos controles) considerar que esa cantidad era lo suficientemente grande como para que ser calificada como herencia propia de un rico y, por tanto, fuera perfectamente justo socialmente que un porcentaje de la misma (10%, 20% incluso 30%) fueran a parar al Estado antes que a su legítimo heredero.

Aquí hago un apunte importante, el heredero no es un cualquiera según los propios criterios socialdemócratas. En España, pese a que según algunos se persigue mucho a la familia, la única forma de que te bonifiquen el impuesto de sucesiones es ser hijo, cónyuge o padre del difunto. Para el resto de casos el impuesto se aplica sí o sí (con los enrevesados condicionales de cada CCAA) y da igual que heredes de tu vecino controlador aéreo y mago de las inversiones en bienes raíces o de tu tío Paco el frutero de la esquina.

Al parecer para la derecha y para la izquierda hay una diferencia lo suficientemente grande en que legues en fruto de tu vida a un amigo fiel a que lo hagas a un hijo indiferente, como para que se lleve una mordida de un tercio en el primer caso o algo simbólico en el segundo. Como los problemas hay que analizarlos de uno en uno nos olvidamos de este sin sentido y volvemos a mi anterior argumentación: el que hereda en el ejemplo de la cadena Ser es el hijo del difunto. ¿De verdad dejar a un hijo un patrimonio que le permita tener una posición ventajosa en la vida es algo en lo que el Estado deba meterse?

La respuesta socialdemócrata suele ser que depende de qué cantidad estemos hablando. Por una encuesta rápida que hice al parecer dejarle hasta 100.000 euros se considera una ayudilla, que puede tolerarse y a partir de esa cantidad entramos en un terreno resbaladizo donde la propia economía personal suele influir bastante. Para los que no llegan a final de mes, pero no les falta el último iPhone, la cantidad tolerable no sube mucho más allá, mientras que los más ahorrativos suben bastante más.

Y después de hablarlo con más gente y meditar sobre ello cada vez me parece más improbable que se pongan de acuerdo entre ellos: ¿a partir de qué cantidad pasas a ser su objetivo? ¿En qué punto pierdes la capacidad para traspasar tus bienes a un hijo sin que el Estado se quede con un trozo por el camino? ¿Al comprar la segunda vivienda? ¿A invertir en Amazon? ¿Al aceptar ese trabajo con cincuenta años que conlleva más responsabilidad pero que lleva tu sueldo (pese a la mordida del IRPF) a otro nivel, e invertirlo en vez de comprar un deportivo?

Pero es que esta tendencia socialdemócrata a la hora de dejar abierto el límite de riqueza para ser considerado sableable sólo se puede comparar con su incapacidad para dejar claro qué cobertura pública consideran indispensable para que exista justicia social.

Y aquí viene mi segundo ejemplo provocado por otra noticia de la cadena Ser (perdón por la falta de variedad en el medio de comunicación, pero es obvio que no es mi culpa). ¿Noticia bonita y que demuestra que el ser humano tiende a cooperar y ayudarse sin que el Estado lo tenga que obligar, no? Pues no, al parecer las mismas personas que sólo exigen tener cobertura médica gratuita, indemnizaciones por despido, prestación de desempleo y ayudas sociales locales para casos especiales, ahora también piden que exista el derecho a bajas parentales por enfermedad de un hijo.

Al parecer no les afecta el hecho de que se le acabe de demostrar que la sociedad ya atiende este tipo de casos por sí misma, con la pequeña ventaja de los vínculos emocionales de los implicados, que serían inexistentes vía impuestos, y que en todo caso ya existen otros servicios públicos, pensiones de viudedad y seguros de vida que cubren la mayoría de estos casos.

Una vez más no existe un límite claro a la hora de saber qué deben cubrir nuestros impuestos. Parece que se va improvisando según su  sistema límbico les enciende luces al ver los titulares de las noticias, y luego desarrollan toda una argumentación al respecto.

Aunque al final se trata de pedir que el Estado resuelva todo según haya dinero (ajeno) con el que pueda hacerlo. Y cuando no hay dinero, o este no resuelve el problema, culpar a los sospechosos habituales en vez de replantearse sus ideas.

Y esto no se acaba nunca. Siempre habrá alguna desigualdad que resolver con coacción, una riqueza que confiscar por el bien común y un sector que regular para mantener una economía sostenible. Si el Estado lo resuelve todo no hay razón para no meterlo más y más en nuestras vidas cada vez que un problema real o imaginario aparezca.

Por suerte la realidad suele ser un freno bastante efectivo a este pensamiento mágico, pero en el mejor de los casos solo ralentizan su avance, y en el peor pueden derivar en crisis sociales que son verdaderas ruletas rusas.

Al final lo único que queda es formar una barrera intelectual sólida que ataque de raíz el pensamiento socialdemócrata: el Estado no lo soluciona todo, y de su intervención se derivan multitud de problemas que no se pueden seguir ignorando.

Y esta es una barrera que va a llevar décadas construir. Así que la paciencia, y el no dejarse arrastrar por la última polémica, van a ser clave.

Por Fernando Parrilla

Fuente: www.juandemariana.org