La historia económica de Venezuela ha estado fuertemente ligada a la explotación del petróleo. Desde 1914 la economía y el desarrollo del país comenzaron a girar en torno a la industria de los hidrocarburos. Existe entre algunos economistas la firme convicción de que el petróleo y, en general, los recursos naturales pueden representar una verdadera maldición para las economías de los países en desarrollo, la llamada “maldición de los recursos naturales” o enfermedad holandesa, como también suele llamársele en el mundo académico, Según esta teoría, las economías dependientes de los recursos naturales terminan a la larga con menos crecimiento, registrándose un desarrollo sustancial en algunos sectores que no es complementado por mayores  ingresos en otros sectores. Esta consecuencia es conocida como la “paradoja de la abundancia”.

Sin embargo, reconocidos economistas como el venezolano Ricardo Hausmann, reconocen que a pesar de que Venezuela ha sufrido los efectos de factores que caracterizan a las economías recurso-dependientes, el país pudo gozar de un crecimiento económico de más de 50 años de expansión sostenida antes de que llegara el colapso.

Por su parte, los economistas Javier Corrales y Michael Penfold en su libro Un dragón en el trópico prefieren hablar de la maldición del recurso institucional, en el caso particular de Venezuela y el manejo de la industria petrolera.

Una vez que se nacionaliza el petróleo en 1976, se crea Petróleos de Venezuela (PDVSA), la cual recogió la tradición de más de 70 años de una industria que se regía por la meritocracia heredada de las transnacionales. Esta empresa, manejada ahora por venezolanos, era reconocida por su solvencia en el mundo entero: vendía petróleo y productos a Europa y Estados Unidos con una producción de más de tres millones de barriles por día, con un complejo refinador de los más grandes del mundo y con una exitosa política ambiental y de mantenimiento. A pesar de ser una empresa 100% estatal, existió una especie de pacto no escrito entre los partidos políticos y el Estado para no interferir en la independencia gerencial de PDVSA y sus filiales. Esto permitió que la industria se manejara como una empresa que rendía cuentas a un accionista que mantenía el control operativo pero no tenía injerencia político partidista en PDVSA. Así funcionó la industria con un merecido prestigio internacional, convirtiéndose en la tercera petrolera del mundo y la primera empresa de Latinoamérica.

Pero las cosas comenzaron a cambiar cuando a partir de 1999 asume Chávez la presidencia de la república y decide nombrar al frente de PDVSA a personas de su confianza, sin las cualificaciones para manejar un negocio tan complejo y determinante para el sostenimiento de las finanzas públicas. Esto, por supuesto, trajo un conflicto inevitable. El propio Chávez reconocería años después que él mismo lo había provocado y que esa crisis era necesaria para tomar el control absoluto de los recursos de la industria. Así, la crisis de 2002-2003 le brindó a Chávez la gran oportunidad. Le dio a PDVSA la facultad de financiar proyectos sociales, de agricultura, domésticos e internacionales, financiar campañas políticas y, lo más importante para él, crear un fondo (FONDEN) especialmente para que manejara a su antojo inmensas sumas de dinero, del cual no tenía que rendir cuentas a nadie. Como señalan las propias cifras oficiales, entre septiembre de 2005 y diciembre de 2011 esta cifra era de 83.000 millones de dólares, cuyo destino era del uso exclusivo de Chávez.

Una vez que el régimen asume el control absoluto de la industria petrolera, los escándalos asociados con sus finanzas y sus actividades operacionales no han cesado. Después de sucesivos presidentes de la empresa, todos conocidos por su inexperiencia, el relevo inevitable fue puesto en manos de un militar que se ha estrenado en el cargo admitiendo que “hay días que a PDVSA no le entra ni un centavo”, “su futuro está comprometido”. Admite este general que la empresa está en manos de delincuentes corruptos pero que él la va a recuperar aumentando la producción en un millón de barriles diarios. La empresa que acaba de heredar el general Quevedo, no luce muy limpia, ya no es la gallina de los huevos de oro. Casi todos los analistas petroleros del país la califican como una empresa quebrada, minada por la corrupción.  No es casualidad que Standard and Poor’s haya rebajado la calificación de PDVSA tras el incumplimiento de los pagos de los bonos de 2017. La empresa está en default, no paga los intereses de sus deudas, por esta razón hay dificultades para acceder a la financiación externa, la cual es fundamental para que el general Quevedo pueda recuperar la producción y cumplir el sueño del Comandante de “superar los 6 millones de barriles por día”. La deuda es impagable, dicen algunos analistas, pueden venir cobros compulsivos, embargos y demandas judiciales, hasta los chinos han demandado últimamente a PDVSA por morosidad en los pagos.

El año pasado la empresa redujo la producción en 300.000 barriles diarios y durante el gobierno de Nicolás Maduro la reducción puede alcanzar la cifra de 700.000 barriles por día. Todo un legado de destrucción. El caso venezolano es inédito, un país petrolero que ha visto reducir su economía en un 35% en los últimos cuatro años y ha destruido su única fuente de divisas convirtiéndola en una quincalla, que igual regala combustible a los pobres del Bronx o de Londres e invierte en producir caraotas o cerdos en los llanos venezolanos. Pero lo más ilustrativo de la improvisación con que se ha manejado este negocio ha sido la importación de alimentos para ser distribuidos a precios subsidiados, lo cual se tradujo en el escándalo de corrupción más sonado del gobierno de Chávez, el caso PDVAL, referido al hallazgo de miles de toneladas de alimentos con fecha de caducidad expirada a mediados del año 2010. Tres gerentes detenidos y 170.000 toneladas de alimentos podridos en los puertos venezolanos. Ese fue el saldo de una compra improvisada que, sencillamente, fue presentada como importación de alimentos con mayor rapidez de lo que la empresa era capaz de distribuir. Por supuesto, los gerentes fueron devueltos a sus cargos, algunos con ascenso.

El nuevo Fiscal General, nombrado por la Asamblea Nacional Constituyente, admite que, tras una revisión rápida que realizaron de 41.000 contratos, en PDVSA pudieron haberse robado 35.000 millones de dólares. Además, dijo que directivos de CITGO, la filial de PDVSA en Estados Unidos, gestionaron sin autorización del Ejecutivo Nacional programas de deuda. Por esta razón se detuvo al presidente de la filial y a cinco ejecutivos, la financiación fue de 4.000 millones de dólares y se colocó como garantía a la propia CITGO. Además, admitió el Fiscal, en la trama de Andorra, PVSVSA está involucrada con 4.000 millones de dólares blanqueados. Por otro lado, la Asamblea Nacional acusa a la gerencia de la empresa de maquillar las cuentas y presentar en su informe de 2016 ganancias por 828 millones de dólares, cuando en realidad las pérdidas fueron de 10.923 millones. El pasivo de PDVSA en 2016 fue de 102.563 millones de dólares y su patrimonio de 87.100.

En estos momentos, los tres últimos presidentes de PDVSA están siendo procesados por corrupción,  y el más representativo del desastre, Rafael Ramírez, quien dijo que PDVSA era roja rojita y que era más valioso un gerente leal que uno técnicamente calificado, está prófugo de la justicia chavista. Durante la gestión de Ramírez, quien se autocalifica como hijo de Chávez, PDVSA acumuló deudas de 80.000 millones de dólares, hipotecó el petróleo venezolano a futuro con los chinos para financiar los sueños de grandeza de su comandante, convirtió a PDVSA en un centro de adoctrinamiento y financiación de campañas electorales (los trabajadores lo recuerdan como el que los sacaba uniformados de rojo a marchas electorales a Caracas o donde hicieran falta), redujo la producción en 500.000 barriles diarios y entregó a Cuba 100.000 barriles para que este país los revendiera y sostuviera la dictadura de los hermanos Castro. Durante su gestión comenzó la importación de gasolina desde Estaos Unidos, llenó la empresa de reposeros, pasando de 33.000 trabajadores en 1999 a 150.000 en 2010, sirvió de caja chica al régimen para enviar maletines con dólares a candidatos amigos en Suramérica, destruyó el parque empresarial de PDVSA expropiando empresas, que hoy solo son un cementerio de chatarra en los diversos campos petroleros del país, para no pagarles sus deudas.

Esto es solo un resumen a grandes rasgos de una gestión que convirtió a una de las empresas más ricas del mundo en una más de las empresas del tercer mundo vendedora de materias primas.

El daño ha sido incalculable. El negocio petrolero siempre será altamente rentable, no sabemos hasta cuándo, pero el mayor efecto de esta destrucción bíblica ha sido la demolición institucional. Una empresa que se regía por valores y principios gerenciales para competir en un mercado altamente reñido supo sostener con sus naturales altibajos su valor y hacerse respetar como una corporación con elevados niveles de excelencia. Hoy basta con entrar a sus instalaciones para notar el deterioro de sus activos, los parques automotores abarrotados de vehículos inservibles, los campos petroleros arropados por la maleza y ríos aledaños a los pozos petroleros contaminados por crecientes derrames (a veces a través de la misma maleza pueden verse tanques, tuberías y estaciones petroleras que no sabemos si funcionan o no). Mientras tanto, en sus oficinas y pasillos pueden observarse afiches y pinturas con las caras de Chávez, el Che Guevara y Fidel Castro, y no es extraño que en sus salones de conferencias se observen ahora reuniones del PSUV. Mientras tanto, en los baños no hay papel higiénico y en las oficinas los trabajadores deben llevar su propio papel para imprimir sus informes, pero en los pasillos hay monitores encendidos alabando las virtudes de la revolución.

Las licitaciones, regidas por la Ley de contrataciones públicas, son recuerdos del pasado. Ahora solo se realizan adjudicaciones directas de contratos y servicios en virtud de la permanente emergencia en la cual se encuentra la industria. Los precios de los contratos se negocian en las oficinas del gerente, los cuales suelen ser socios de la mayoría de las empresas, y los sobreprecios forman parte de la negociación. Mientras tanto, los pagos se retrasan por falta de flujo de caja y los empresarios deben pagar un porcentaje del monto de la factura para cobrar la deuda.

Todo este legado de destrucción se ha logrado siguiendo el guion chavista para convertir a Venezuela en un país potencia, a los trabajadores de la industria convertirlos en un ejército capaz de impulsar la formación de comunidades con valores éticos socialistas y crear un nuevo modelo de relaciones sociales que involucre a los trabajadores en la toma de decisiones. Nada de producir, exportar, explorar, refinar. Lo importante es que sean leales. Ahí están los resultados.

Fuente: https://www.juandemariana.org/