“¿Le gustaría ver a los pequeños?”, preguntó Magdelis Salazar, una trabajadora social, haciéndome señas hacia un área de juegos repleta.

Estábamos en el orfanato más grande de Venezuela, justo después del almuerzo. El patio era como una carrera de obstáculos con niños abandonados. Un niño rollizo, de unos 3 años, se sentó en una patineta. Le dicen El Gordo. Pero cuando lo dejaron aquí hace unos meses era solo piel y huesos.

Pasó fugaz cerca de una niña de 3 años con una blusa rosada con flores diminutas. “Ella no habla mucho”, dijo uno de los ayudantes, revolviéndole el rizado pelo a la niña. Ahora no habla. En septiembre, su madre la dejó en una estación de metro con una bolsa de ropa y una nota rogándole a alguien que le diera de comer.

Los índices de pobreza y hambre se disparan porque la crisis económica de Venezuela deja las estanterías vacías de alimentos, medicinas, pañales y fórmula para bebés. Algunos padres ya no pueden soportarlo. Están haciendo lo impensable: están abandonando a sus hijos.

“La gente no puede encontrar comida”, me dijo Salazar. “No pueden alimentar a sus hijos. Los están abandonando, no porque no los amen, sino porque los aman”.

Antes de mi reciente viaje como reportero a Venezuela, había escuchado que las familias estaban abandonando o entregando a sus niños. Sin embargo, fue realmente un desafío conocer a las víctimas más pequeñas de esta nación descompuesta. Mis pedidos para visitar los orfanatos administrados por el gobierno socialista no recibieron respuesta. Un funcionario de protección de menores —que me advirtió sobre las condiciones devastadoras, incluida la falta de pañales — me confió que tal visita sería “imposible”. Algunos centros privados de crisis infantil temen que darle acceso a un periodista pudiera dañar sus delicadas relaciones con el gobierno.

Mi colega venezolana Rachelle Krygier me llevó a Fundana, un imponente complejo de cemento encaramado en lo alto de una colina en el sureste de Caracas. Su familia había fundado el orfanato sin fines de lucro y el centro de crisis infantil en 1991. Su madre sigue siendo la jefa de la junta directiva y su tía, la presidenta. Rachelle recuerda que trabajó allí como voluntaria hace una década, cuando era estudiante y los niños eran casi exclusivamente casos de abuso o negligencia.

No hay estadísticas oficiales sobre cuántos niños son abandonados o enviados por sus padres a orfanatos y hogares de asistencia por razones económicas. Pero las entrevistas con funcionarios de Fundana y otras nueve organizaciones privadas y públicas que manejan niños en crisis sugieren que el número de casos es de varios cientos, o más, a nivel nacional.

Fundana recibió aproximadamente 144 solicitudes para ubicar niños en sus instalaciones el año pasado, en comparación con las 24 del 2016, y la gran mayoría de las solicitudes están relacionadas con dificultades económicas.

Cada vez más, los padres dejan a sus hijos en las calles.

En el distrito de Sucre en Caracas, por ejemplo, ocho niños fueron abandonados en hospitales y espacios públicos el año pasado, en comparación con cuatro en el 2016. Además, los funcionarios dicen que registraron en el distrito nueve casos de abandono voluntario por razones económicas en un centro de servicio de protección infantil en el 2017, en comparación con ninguno el año anterior. Un funcionario de bienestar infantil en El Libertador, una de las zonas más pobres de la capital, calificó de “catastrófica” la situación en los orfanatos públicos y los centros de atención temporal.

“Aquí tenemos graves problemas”, dijo el funcionario, quien habló bajo condición de anonimato por temor a las represalias del gobierno autoritario. “Definitivamente hay más niños abandonados. No es solo que haya más, sino que sus condiciones de salud y nutrición son mucho peores. No podemos ocuparnos de ellos”.

Con un sistema público abrumado, la carga recae cada vez más en instalaciones privadas administradas por organizaciones sin fines de lucro y organizaciones benéficas.

Leonardo Rodríguez, quien maneja una red de 10 orfanatos y centros de atención en todo el país, dijo que en el pasado, los niños colocados en sus centros casi siempre eran de hogares donde habían sufrido abuso físico o mental. Pero el año pasado, las instituciones recibieron docenas de llamadas, hasta dos por semana, de mujeres desesperadas que buscaban entregar a sus hijos para que pudieran alimentarlos. La demanda es tan alta que algunas de sus instalaciones ahora tienen listas de espera.

Para hacer frente al aumento de la demanda en Fundana, la organización abrió una segunda instalación en Caracas con la ayuda de donantes privados. Pero aún tenían que rechazar docenas de solicitudes para recibir niños. En Bambi House, el segundo orfanato privado más grande de Venezuela, las solicitudes aumentaron en un 30 por ciento el año pasado, dijo Erika Pardo, su fundadora. Los bebés, otrora en gran demanda de adopción, también se quedan más tiempo ahora bajo el cuidado de la organización.

“Las familias adoptivas están pidiendo niños mayores porque los pañales y la fórmula son imposibles de encontrar o muy caros”, dijo. El número de mujeres embarazadas que buscan poner a sus hijos en adopción también ha aumentado.

José Gregorio Hernández, dueño de una de las principales agencias de adopción de Venezuela, Proadopcion, dijo que en el 2017, su organización recibió de 10 a 15 solicitudes mensuales de mujeres embarazadas que deseaban dar a luz a sus bebés, en comparación con una o dos solicitudes al mes en el 2016. La organización tuvo que rechazar a la mayoría de las mujeres. Aceptó 50 niños en el 2017, en comparación con los 30 del 2016.

Para muchas familias venezolanas, el hambre representa una opción insoportable.

Conocí a Dayana Silgado, de 28 años, cuando llegó al nuevo centro de alimentos de Fundana para padres que sufren la crisis económica. Silgado parecía agotada. Los omóplatos en su delgado cuerpo sobresalían por la parte superior de su camiseta.

En noviembre, entregó a sus dos hijos más pequeños a Fundana después de perder su trabajo como empleada de limpieza de la ciudad durante una ronda de recortes presupuestarios. Ella sabía que en este centro recibirían tres comidas al día.

Fundana no acepta niños mayores, por lo que Silgado aún estaba tratando de alimentar en su casa a sus dos hijos mayores, de 8 y 11 años.

La leche, las sardinas y las pastas gratuitas que ofrece el centro la ayudan. Pero no es suficiente.

Después de cenar, dijo Silgado, sus hijos le piden: “Mamá, quiero más”.“Pero no tengo nada más que darles”, dijo.

 

Fuente: http://www.elnuevoherald.com/