El diario El País ha publicado este fin de semana dos artículos muy similares intentado explicar por qué es tan difícil que alguien cambie de opinión, precisamente porque la gente solo te cree si le dices lo que quiere oír.

Los artículos están en lo cierto y su lectura es muy recomendable. La disonancia cognitiva y efecto contraproducente están detrás de la mayoría de debates estériles a los cuales el simple análisis de los hechos debería haber puesto fin.

Por desgracia, los artículos, y la mayoría de intentos de explicar estos fenómenos al público en general, caen en una trampa que produce una paradoja: para intentar que entiendas que todos los humanos solo creemos lo que nos dicen que queremos oír, nos dicen algo que queremos oír: que son los otros humanos, no nosotros, los que solo creen lo que quieren oír.

Vamos a ver los ejemplos que utilizan ambos artículos para describir a personas que claramente están afectadas por estos dos factores: antivacunas, seguidores de Trump, negacionistas del cambio climático, conspiranoicos del 11-S, conspiranoicos de la nacionalidad de Obama, votantes de Marie Le Pen y extremistas de ambos lados en el conflicto catalán.

Aparte, ambos artículos terminan con una referencia a lo útil de entender estos fenómenos en plena administración Trump.

Antes de seguir escribiendo voy a intentar anular el efecto contraproducente: no soy antivacunas, creo que hay evidencias de un cambio climático producido por el hombre, no tengo dudas de que Obama era americano y que no hubo conspiración en el 11-S. Trump y Le Pen me parecen políticos populistas y soy bastante moderado en el tema catalán.

Dicho de otra manera: soy el público objetivo de ambos artículos. O lo sería si no conociera el truco que están intentando hacer conmigo: hacerme creer que soy más listo que la media por no estar dentro de los grupos de los ejemplos, y reforzar mi creencia de no debo cuestionar mis creencias, solo hacerlas más comestibles a aquellos que no son tan espabilados como yo.

Aquí tengo que matizar una cosa: no creo que lo autores de estos artículos tengan la intención consciente de decirme lo que quiero oír dejando a un lado el verdadero mensaje de que todos queremos que nos digan lo que queremos oír. Presupongo que tienen buena intención, y que están intentando explicar lo mejor que pueden los dos factores que nos hacen tan difícil entender a otras personas. Pero la paradoja es que explicarle a alguien que la gente solo cree en lo quiere oír poniendo un ejemplo que no quiere oír sería un fracaso en la mayoría de los casos. Por lo que se tiende a caer en explicarlo con ejemplos, que refuerzan la creencia de muchos, en que son otros los que se ven afectados por esos factores, y no uno mismo.

Los ejemplos utilizados son música para los oídos para cualquier persona de centro izquierda. Es más, ateniéndonos a los ejemplos, es incompresible que los autores utilicen la primera persona del singular y del plural para titular sus artículos. ¿Por qué nos íbamos a sentir los lectores identificados con gente que no se deja convencer en temas de los que nosotros estamos plenamente convencidos?

Pero claro, imaginemos los mismos artículos con ejemplos tales como las personas que siguen estando convencidas de que la pobreza ha aumentado en el mundo durante las últimas décadas. Los datos en contra de esta creencia son tan claros como con las polémicas con vacunas, el 11S y el cambio climático, pero los lectores no lo verían así. Creerían que estás intentando meter una creencia personal tuya como una verdad respaldada por la razón. Y partir de ahí todo lo que dijeras sería etiquetado como sospechoso.

Es hasta posible que los propios autores no utilicen este ejemplo porque ellos mismos no creen en los hechos en lo que a este tema concierne. No serían ni los primeros, ni los últimos, que dedican sus esfuerzos a contrarrestar la disonancia cognitiva en unos casos y a abandonarse a ella en otros.

Y ese es el verdadero mensaje que cualquier artículo sobre este tema debería transmitir. Todos creemos lo que queremos oír. Y todos decimos lo que nuestro público quiere oír. Si no lo hiciéramos no tendríamos público. Y estas líneas que está leyendo no son ninguna excepción.

Por eso antes de estrujarnos las neuronas sobre cómo hacemos entender a esos palurdos votantes de Trump que su cerebro les está engañando, deberíamos pensar en cómo estar seguros de que nosotros mismos no estamos siendo engañados.

Al fin y al cabo no es nuestra obligación sacar del error a otras personas, sí lo es no vivir engañados por nosotros mismos.

Fuente: https://www.juandemariana.org/