Con este título comenzaba el mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz de este año 2018. Se trata de un texto que suele darse a conocer bastante antes de fin de año, a finales de noviembre, pero que se celebra desde 1968 el primer día de enero por iniciativa de Pablo VI como una propuesta de la Iglesia “a todos los hombres de buena voluntad”.

Vaya por delante que no se trata de ninguna definición magisterial, ya que suelen abordarse temas de gran actualidad político-económica. Cada pontífice viene expresando su particular visión respecto de esos temas. Así que no es de extrañar que gusten más o menos en los variadísimos entornos sociológicos del mundo católico: lo que no quita para que se escuchen con aceptación o con una crítica respetuosa. En este caso, debo reconocerles que sentí un cierto nerviosismo al escuchar el título completo: “Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz”, porque me maliciaba una lista de buenas intenciones respecto a los problemas de la emigración, con las consabidas críticas a Europa y -en general- a Occidente (no sé por qué nunca se habla de Rusia o de China ante este drama terrible). Pero dos circunstancias, junto a una lectura más sosegada del texto, me calmaron esa reacción inicial.

Lo primero fue la presentación del mensaje por el sacerdote jesuita Michael Czerny. Nada más iniciar su intervención señalaba: “compasión, no sin prudencia”. Lo que me gustó: es un error estratégico, y además no resuelve los problemas, quedarse en una visión pesimista ante tantas injusticias de nuestro mundo actual. En este caso concreto, la llamada a ser compasivo exige también una reflexión prudente sobre dónde están las causas del éxodo masivo de emigrantes y refugiados que busca en Europa un futuro mejor, o simplemente salvar su vida (después de perder trabajo, familia, bienes…). El padre Czerny lo describía certeramente al recordar “lo que se les ha denegado en el país de origen”: en fin, no es tampoco para doblar las campanas, pero me parece adecuado señalar que la gente huye de los países en los que no se respeta la libertad religiosa o la propiedad privada; en los que hay corrupción, violencia, persecución política, etc.

Por otra parte, me alegró no escuchar esa referida crítica a los países ricos por una asumida hostilidad a recibir emigrantes (lo cual sólo puede atribuirse a minorías xenófobas y no a la sociedad en su conjunto). Pero es que, además, no se trata de acoger a todo el mundo y brindarles inmediatamente las ventajas de nuestro Estado del bienestar (logrado con muchas dificultades y que tanto dinero nos cuesta, como de manera imprudente y muy demagógica defendía por ejemplo hace poco el presidente de la Comunidad Valenciana, Ximo Puig, respecto a una sanidad universal): “los gobernantes tienen la responsabilidad de gestionar situaciones complejas y cambios rápidos, y de asignar recursos limitados”. Porque “es su deber hacerlo, dentro de los límites permitidos por el bien común rectamente entendido, así como favorecer la incorporación a la sociedad de los nuevos miembros”. Llamo la atención sobre este último aspecto, porque en aras de una tolerante multiculturalidad -con tanto eco zapateril- hemos perdido la fortaleza para mantener los valores de libertad y responsabilidad individual, convivencia o respeto a los derechos humanos que están precisamente en la base del éxito -también económico- del mundo occidental.

Pero les hablaba de dos lecturas que me habían reconciliado con esa bienintencionada preocupación por emigrantes y refugiados. La segunda ha sido un artículo reciente del catedrático Victoriano Martín, que sigue atento a las vicisitudes mundanas desde su atalaya abulense. En el Diario de Ávila escribía hace poco una alabanza a Francisco por levantar “la voz a favor de los oprimidos y perseguidos de la tierra”. Bueno, dirán, eso parece que le va en su oficio… Cierto; pero lo que me llamó la atención fue que apuntaba hacia otro problema de Occidente, distinto del manoseado egoísmo utilitarista: “condenamos a los hombres y mujeres a perpetuarse en la miseria que les hemos provocado con nuestras leyes proteccionistas”. Por aquí sí me parece que cabe una reflexión más cabal respecto a las culpas de Europa en -al menos una parte- del drama de la emigración.

Completaré esta “crónica vaticana” con una referencia al discurso del Papa que todos los años hace ante el cuerpo diplomático. Les dijo que en 2018 se celebra el Centenario del final de la Primera Guerra Mundial, así como los 70 años de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre por una -entonces- flamante Organización de Naciones Unidas. Ésta última nos recuerda cómo “la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”. Algo que la Iglesia también ratificó en la Encíclica Pacem in Terris (1963): “las relaciones entre las naciones, como las relaciones humanas, comprenden la esencia de la verdad, de la justicia, de la caridad, de la libertad. Esto conlleva, como principio sagrado e inmutable, que todas las comunidades políticas son iguales en dignidad natural, así como el reconocimiento de los mutuos derechos, junto al cumplimiento de los respectivos deberes”.

Pues bien, algunas de estas llamadas nos pueden servir para intentar una lectura más comprensiva de lo que ha querido reafirmar el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz. Porque, “aun reconociendo que no todos están siempre animados por buenas intenciones, no se puede olvidar que la mayor parte de los emigrantes preferiría estar en su propia tierra, mientras que se encuentran obligados a dejarla”. Con estos mimbres me parece más realista intentar una aproximación al terrible drama de los refugiados, buscando en primer lugar cómo resolver los problemas en sus países de origen. Luchar contra la corrupción, el abuso de poder o el fanatismo religioso es un paso inicial que pocos se atreven a reclamar.

Por León Gómez Rivas.

Fuente: https://www.juandemariana.org/