No hay una ignorancia generalizada sobre lo que realmente significa el liberalismo. En cambio sí sobrevive la instalación de una superchería instalada desde varias décadas atrás. Apareció en Europa a principios del siglo XX por acción de las corrientes ideológicas que entronizaron en aquellas épocas el estatismo, el centralismo, el corporativismo, los totalitarismos soviético, fascista y nacionalsocialista. También el absolutismo restaurado, las regulaciones, la violencia, la acción directa, el militarismo, el racismo y su hijo dilecto el antisemitismo. No olvidemos, la persecución de todas las libertades, el desprecio a las religiones, el desamparo de los seres humanos como individuos, la masificación, la colectivización, las delaciones, los campos de concentración, los gulags, las dictaduras de todo pelaje. Y, fundamentalmente, la intervención del Estado en la economía de las naciones y de sus respectivas comunidades e individualidades.
Las tendencias enunciadas anteriormente son todas incompatibles con la concepción liberal. Analícese con detenimiento cada una y se observará un modo diferente de agresión a las libertades ínsitas y genuinas con que nace y debe desarrollarse el ser humano.
Hasta fines del siglo XIX el debate no colocaba en el banquillo de los acusados a la filosofía liberal. En el ámbito de la economía sólo se centraba la discusión entre dos formas o procedimientos de los poderes públicos: la disyuntiva entre el proteccionismo o el librecambismo. Nadie cuestionaba el liberalismo como ha pasado a ser moda en el día de hoy. El devenir de un torbellino de nuevas naciones implicaba a éstas decidirse por alguna de las dos corrientes.
La Argentina reflejó tales tendencias en el célebre debate parlamentario de 1876, veintitrés años después de su lúcida organización nacional en 1853. Por el proteccionismo se lucieron Vicente Fidel López, Miguel Cané, Carlos Pellegrini, entre otros; por el librecambio brillaron hombres de la talla de Lucio V. Mansilla, Leandro Alem y Norberto de la Riestra.
Como todo debate civilizado ofreció riqueza de conocimientos, profundidad y delineó una estrategia para ser utilizada por la famosa “generación del ochenta”. De allí nuestro país se encarriló por cinco décadas de estabilidad social, tanto política como económica, accediendo a una expectativa que lo llevó a lucirse entre las mejores seis naciones del mundo. Aquellos legítimos representantes no se descalificaban entre ellos. A ninguno se le ocurriría asimilar al liberalismo con el conservadurismo u otras tendencias retardatarias o arbitrarias “¡de derecha!” como se lo etiqueta ahora fácilmente y con sospechosa insistencia.
En el confuso siglo XX aparecieron en la Argentina conservadores y socialistas con marcada inclinación por el estatismo y fervorosos antiliberales. Pueden citarse los casos más curiosos, entre otros, de los conservadores Rodolfo Moreno, Manuel Fresco y Ramón Castillo; los socialistas Pinedo, De Tomaso y Dickmann.
Gran parte de la izquierda es actualmente cerrada partidaria de la intervención del Estado en la economía y defensora entusiasta de los totalitarismos imperantes en Latinoamérica y Medio Oriente.

LA DEMONIZACIÓN DEL LIBERALISMO
Desde 1930 a la fecha no ha existido en la Argentina ningún gobierno identificado con el liberalismo ni con prácticas que se le parezcan. Lejos de ello. Salvo -ya en el colmo del voluntarismo extraviado- que se asimile en esa condición al presidente Agustín P. Justo a pesar de sus juntas reguladoras, corporaciones del transporte, el Banco Central y el monopolio cerrado e integrado de YPF a través de la ley 13.668. O la dictadura de 1976, más allá de la aberración de considerar liberal a cualquier gobierno militar, nadie se puede llamar a engaño por si algún ministro habló de ciertas aperturas comerciales. Lo recordable es que en esos oscuros siete años se estatizaron dos grandes empresas de servicios públicos y las administraciones militares -obviamente- siempre profundizaron mucho más la centralización del país.
Si bien Frondizi disminuyó eficazmente el gasto público y trajo grandes corrientes inversoras de capital, no pudo sacudirse el aparato militar y gremial que terminó por derrocarlo. También debió ceder al aprobar su parlamento una ley corporativa para las asociaciones gremiales.
El menemismo, que cuenta a su favor grandes privatizaciones y desregulaciones, no se esforzó en liberalizar el país de las pesadas cargas que padece desde los tiempos hispánicos, especialmente la concentración de las potestades presidenciales. Debe imputarse en su contra el poderoso aparato sindical, el gasto público, la corrupción persistente, la presión fiscal federal y la propensión a permanecer en el poder, vicios propios del peronismo antiliberal con posterioridad intensamente agravados por Duhalde y Kirchner.
Alfonsín y De la Rúa fueron prisioneros de su propia desorientación dentro de un partido aferrado al extraño estatismo adquirido en la complicada y bélica década del treinta. Manifiestamente alejados de los dorados tiempos de Marcelo T. de Alvear a quien gustan ignorar como exitoso pasado radical.
Causa gracia entonces las invocaciones de todos nuestros males adjudicados a una imaginaria “gestión liberal” -o absurdamente denominada “neoliberal”- que nadie puede identificar en la borrascosa historia que va desde 1930 a nuestros días pues nunca existió. Ni siquiera por meses o días.

EL ANTI NORTEAMERICANISMO
Tiene que aparecer entre nosotros un intelectual francés de la izquierda lúcida (por suerte ésta siempre ha existido) para ayudarnos a poner en su lugar un tabú abstruso que desordena las miradas. Algo que no nos atrevemos a aclarar por temor a la ramplona reacción antiyanqui de la cual ya es hora de manifestar el hartazgo.
Se interroga Bernard Henri Levi: “¿Cuesta tanto entender que Estados Unidos es un país donde las instituciones democráticas, la prensa, la opinión pública funcionan en forma ejemplar…? ¿Que la reacción ante Abu Ghraib fue inmediata…? ¿Que en tres días toda la prensa norteamericana hizo su mea culpa…? Que todos hablaron de la bancarrota del Estado durante el huracán de Nueva Orleáns. Pero nadie mencionó la solidaridad de la gente… que acogieron a los negros víctimas de Katrina. Eso es Estados Unidos. No se puede afirmar que es la casa del diablo…” razona el joven filósofo francés de la izquierda.
La otra izquierda, la irracional y turbulenta que observamos, carece de aptitudes y posibilidades de acceder ni siquiera al gobierno de la famosa ínsula Barataria donde se luciera Sancho Panza.
Califica B. H. Levi a esta izquierda como un mero “campo de ruinas… es verdad, la izquierda rompió con la versión clásica de la tentación totalitaria “el socialo-comunismo”. Pero de esas ruinas apareció otra tentación totalitaria que ya no se inspira en la extrema izquierda… sino en la extrema derecha. La izquierda está enferma. Es víctima de su antinorteamericanismo, de su antiliberalismo, de su antisemitismo, de su fasci-islamismo”. Acota esto con antológicas y sorprendentes frases: “La izquierda está enferma de derechismo… En lo que atañe al liberalismo debo recordar que el liberalismo es patrimonio de la izquierda. El liberalismo es Rousseau, Adam Smith o John Locke…” (La Nación-Enfoques-09-12-07)
Si esas afirmaciones las decimos desde la Argentina jamás nos creerán los que se encuentran prisioneros de los prejuicios de los gurúes de la izquierda vernácula, tenaces adoradores de los violentos Stalin, Mao, Chávez, Fidel, Ahmadinejab y otras lindezas por el estilo.
Cabe agregar en la consideración de los Estados Unidos, que esta primera potencia -obtenida tal posición gracias a su organización tecnológica y liberalismo consuetudinario- libró a la humanidad del nazismo, del bolchevismo, del antiguo trogloditismo imperial nipón y del avance inescrupuloso del actual terrorismo kamikaze del fundamentalismo islámico. Sin contar su defensa efectiva contra los asteroides espaciales que podrían en cualquier momento aniquilar la humanidad condenándonos al destino de nuestros abuelitos los dinosaurios.

“MÁS NEOLIBERAL ERES TÚ”
En 1999 Hugo Chávez con su enfermiza verborragia abusaba en descalificar a sus rivales empleando como feroz insulto el retorcido término “neoliberal”. Los perplejos agraviados al asombrarse con tan extravagante epíteto respondían al militar golpista a través de una inconsciente infantilada: “más neoliberal eres tú…”.
Lo gracioso de esta singular palabreja es que constituye al menos un contrasentido. El liberalismo evoluciona pero no implica ello la aparición de un liberalismo nuevo ni una persona liberal podría transformarse en un “nuevo liberal”. Los retóricos que atacan al liberalismo han encontrado una astuta fórmula para descalificar al que piensa en la libertad como el valor que potencia, estimula y hace evolucionar al ser humano. Nada otorga tanto progreso y felicidad a hombres y mujeres como su libertad de acción en el marco de sus propias leyes y derechos. Más libres somos más riquezas podemos generar y, por lo tanto: “distribuir”, eliminando así la pobreza de la manera talvez más eficaz.
Y para terminar. Hablando de palabras…, no deja de resultar interesante la opinión del izquierdista H.B.Levi. Si el mercado constituye un escenario, el contrato es la acción de la voluntad de los individuos plasmada en leyes para las partes. Según Levi, identificaría más al liberalismo la expresión “economía del contrato”. Expresaría mejor la dinámica de las personas que votan todos los días -trabajan, venden, compran, compiten- y determinan desde esas actividades la verdadera filosofía que busca la felicidad del ser humano. No interesa tanto la economía del escenario como la que corresponde al hombre y sus interactividades productivas. Para ello vale la pena emular el estilo de la muy mínima, limitadísima ingerencia del Estado como establecen los marcos normativos y culturales de los triunfantes países del primer mundo.
Bien decía Alberdi: “Los estados son ricos por la labor de sus individuos, y su labor es fecunda porque el hombre es libre, es decir, dueño y señor de su persona, de sus bienes, de su vida, de su hogar. La omnipotencia del estado es la negación de la libertad individual.”

Por Ernesto Poblet.

Fuente: https://liberpress.wordpress.com/