Uno de los recuerdos que tengo de mi infancia es ver a los adultos discutiendo temas como política y economía en una panadería que frecuentaba con mi padre todas las mañanas, en donde estos señores se reunían e intercambiaban ideas mientras tomaban un café antes de irse al trabajo.

Dentro de ese grupo siempre sobresalía una persona en particular, que para efectos de este escrito lo llamaremos “El Filósofo de Panadería“. Este personaje por demás de pintoresco se caracterizaba principalmente por no tener conocimientos formales ni trabajo conocido, también se caracterizaba por tener un poco de conocimiento en cada tema o área de conocimiento, como dicen por ahí sus conocimientos eran tan grandes como el océano pero de la profundidad de un charco, este señor leía todos los días el periódico a los cuales le enviaba editoriales que nunca le publicaban, se jactaba de tener una amplia biblioteca con cientos de libros muchos de los cuales – según él – había leído hasta dos veces. Usualmente tenía una opinión sobre cualquier tema y un argumento histórico o filosófico que lo soportara, con frecuencia opinaba sobre temas como el aumento del dólar, corrupción, inflación, juicios políticos, deportes y hasta telenovelas, para todo tenía un comentario dispuesto a dar a conocer a quienes lo rodeaban, algunos de los cuales se acercaban con curiosidad y realizaban una pregunta a este personaje sobre la actualidad sólo para conocer su opinión controversial.

Siempre estuvo rodeado de aduladores quienes día a día alimentaban su ego con adjetivos como pragmático, culto, elocuente, y hasta lo llamaban “Doctor” así nunca hubiese asistido a una universidad y obtenido un título.

En su entorno había un grupo de personas – conocidos coloquialmente como “mamadores de gallo” – que incitaban al filósofo a entrar en política con comentarios llenos de halagos y salamerías como “chico una persona tan preparada como tú debería ser diputado” y otro decía “no, mejor alcalde” y al fondo se escuchaba “no vale, una persona tan culta como don fulano puede como mínimo ser gobernador” a lo que el filósofo respondía en tono poco humilde luego de que su ego se hubiese dado un banquete “por supuesto que lo haré, pero este no es mi momento” a veces ante la insistencia del público insistía en que estaba trabajando en el equipo asesor del diputado mengano o del alcalde fulano, aunque muchos con sobradas razones no le creyeran. La verdad es que siempre esperó que algún político conocido suyo lo colocara “donde haiga” bien sea en un cargo público o como candidato de algún partido para lo que sea como era costumbre en la época, y mientras tanto seguía aguardando su momento en la panadería.

Hoy el “Filósofo de Panadería” tal como lo conocimos ya no existe, evolucionó y se mudó a las redes sociales en donde expresa su opinión de la misma forma y con los mismos argumentos, sigue rodeado de aduladores y bromistas, y al igual que el personaje de esta historia – y aunque no lo diga – está aguardando su momento para entrar en política, a la espera de “ver que me ofrecen” mientras escribe en Facebook o Twitter desde su celular, probablemente en una panadería.

Autor:  Dr. Luis Carlos Marchena.

            Director Internacional (Cap. Brasil) Movimiento Libertad Venezuela