En el campo de la economía nos hemos pasado mucho tiempo escuchando aquello de que los seres humanos somos agentes racionales que actúan maximizando sus acciones para obtener siempre el mayor beneficio posible; yo mismo, cuando estudié la carrera de Económicas tuve que aprender a maximizar o minimizar comportamientos como si las personas en la vida real fuéramos calculando lagrangianos. El mainstream económico ha optado siempre por usar el concepto de homo economicus, para facilitar la tarea predictiva y econométrica, y, mediante sesgos de confirmación, validar las hipótesis de las teorías que fuese desarrollando. “Si la teoría económica no se adapta al ser humano, pues que sea el ser humano el que se adapte a nuestras predicciones”, debían y deben pensar los neoclásicos. En palabras de Huerta de Soto en Estudios de Economía Política, este método de investigación produce:

“Una malsana influencia (por parte) del modelo estático basado en la plena información, y que está motivando un análisis pseudocientífico de muchas normas, sobre la base de unos presupuestos metodológicos idénticos a los que en su día quisieron utilizarse para justificar el socialismo (plena información)  y que dejan de lado el análisis dinámico y evolutivo de los procesos sociales de tipo espontáneo generados e impulsados por la empresarialidad”.

Por suerte, durante este siglo se ha ido desarrollando una corriente que aleja el concepto del ser humano del agente que todo lo optimiza, esto es, que no siempre escoge lo mejor porque comete fallos debido a sus sesgos cognitivos; algunos de estos sesgos más comunes son el de la (i) disponibilidad, cuando aquello que más vemos o escuchamos creemos que es lo más común, por ejemplo, que el mundo va muy mal porque en los telediarios se acostumbra a ver noticias negativas, aunque una simple lectura de las obras de Steven Pinker o Johan Norberg  nos muestra cómo el mundo progresa y lo hace con menor violencia; (ii) la regresión a la media que nos ocurre después de tener una actuación nefasta o brillante, algo de lo que son conscientes los apostadores deportivos profesionales e inversores; o (iii) el propio sesgo de confirmación que nos hace buscar y ver información que valide nuestras creencias, ignorando todo aquello que nos contradiga.

No hay más que ver que en el año 2002 y en el año 2017 han ganado el Premio Nobel de Economía Daniel Kahneman y Richard Thaler, debido a sus investigaciones sobre el comportamiento humano y su aplicación a diferentes ciencias sociales, y más concretamente a la economía. A esto hay que sumarle las numerosas obras que año tras año se publican sobre la economía conductual, algunas de las mejores que pueden ayudar al lector a profundizar sobre estos temas son Pensar rápido, pensar despacio del propio Daniel Kahneman; Todo lo que he aprendido con la psicología económica de Richard Thaler; Herramientas para pensar mejor de Richard Nisbett; o Deshaciendo errores de Michael Lewis.

La Escuela Austríaca de Economía fue capaz de introducir la acción humana (praxeología) en sus estudios e investigaciones, y ahí tenemos la monumental obra de La acción humana de Mises, en la que se critica a todos aquellos que quieren reducir el comportamiento de los seres humanos a los métodos de las ciencias naturales, cuando los procesos sociales se derivan de las acciones y reacciones de los individuos, cada cual con sus objetivos, y que a partir de ahí actúan con el fin de alcanzarlos, teniendo en cuenta los recursos escasos con los que cuentan. Como indica de manera acertada el profesor Huerta de Soto:

“La esencia del proceso social, tal y como Hayek lo entiende, está constituida por la información o conocimiento, de tipo estrictamente personal, subjetivo, práctico y disperso, que cada ser humano, en sus circunstancias específicas de tiempo y lugar, va descubriendo y generando en todas y cada una de las acciones humanas que emprende para alcanzar sus particulares fines y objetivos, y que se plasman en las etapas de ese camino tan apasionante que supone la vida de todo ser humano”.

La acción humana y, por tanto, la psicología, nos da la razón a todos aquellos que defendemos la libertad, a saber, cada uno de nosotros tenemos diferentes objetivos y metas, por lo que dejar en manos de un planificador la consecución de objetivos sociales en base a que todos procuramos optimizar nuestro comportamiento, y así maximizar el bienestar de la sociedad mediante modelos, es una temeridad, en tanto en cuanto se está atentando contra los proyectos individuales de cada uno; es más, nuestras metas pueden alejarse del ser egoísta y optimizador, por ejemplo, cuando preferimos interactuar con otras personas y evitar ciertas ganancias con el fin de obtener una mejor relación con estas —hacer regalos, donaciones, practicar el voluntariado…—.

Es cierto que se podría argumentar que la planificación es un error, primero porque no tiene en cuenta los diferentes objetivos de los individuos que componen la sociedad y, segundo, los cálculos utilitaristas son imposibles de realizar; si bien, dado que los seres humanos a veces cometemos errores, como los descritos anteriormente, podríamos guiar esa planificación hacia cierto paternalismo por parte del Estado, tal como defiende Rirchard Thaler. El paternalismo liberal trata de guiar el comportamiento de las personas para evitar sus sesgos cognitivos, pero como bien explicó en su momento Juan Ramón Rallo, los políticos no están más alejados que nosotros de cometer esos mismos sesgos cognitivos, al mismo tiempo de que también se comportan tratando de lograr sus propios objetivos —maximizar el número de votos—, por lo que dejarles vía libre a estos para que puedan influir en nuestro comportamiento puede provocar que nos acaben manipulando en favor de sus propósitos.

El proceso de la acción humana, por tanto, se produce en siete pasos, como así explica de manera brillante Leonardo Ravier:

  1. Nos marcamos nuestros propósitos y objetivos.
  2. Observación de nuestra realidad para alcanzar nuestras metas, teniendo en cuenta que esta se define por la escasez, insatisfacción, ignorancia e incertidumbre.
  3. Con todo ello, es decir, nuestros objetivos y los medios para alcanzarlos, nos formamos nuestras expectativas, ¿qué esperamos obtener?
  4. A través del aprendizaje, la consciencia de nuestro ser y de nuestros actos y la creatividad, logramos llegar a diferentes soluciones.
  5. Un mismo problema puede tener diferentes soluciones, por lo que debemos escoger la mejor de entre todas ellas.
  6. Elegimos y hacemos lo que queremos, de forma libre, aunque debemos tener en cuenta que a la hora de escoger lo que más nos conviene podemos cometer errores —también los políticos, lo que invalida el paternalismo liberal—, pero al final la virtud se adquiere por la repetición de los actos —prueba y error—.
  7. De nuestros actos se deriva la responsabilidad de los resultados, para bien o para mal lo que conseguimos es por la incumbencia de nuestras acciones.

En definitiva, la teoría de la acción humana que desarrolló Mises parece venir confirmada por la psicología y las investigaciones dentro de la rama de la economía conductual, a saber, actuamos porque tenemos algún motivo para hacerlo, y durante el proceso de consecución de nuestros objetivos podemos cometer fallos y equivocarnos, pero el planificador o político no está más alejado de cometer estos mismos errores, es más, puede acabar perjudicando aún más a la sociedad al no conocer la información suficiente sobre los deseos de los individuos que componen la sociedad, porque esta no se comporta como un ente al que se le pueden aplicar las normas de las ciencias naturales. El ser humano si actúa en libertad se autorrealiza, porque está cumpliendo sus sueños; de lo contrario viviría alineado bajo el socialismo y bajo los objetivos y manipulaciones de otros individuos.

Fuente: https://www.juandemariana.org/