Hace ya más de diez años que estalló la mayor crisis financiera desde el crack del 29 y la Gran Depresión. Aunque a menudo los relatos de la crisis arrancan en septiembre de 2008, con la estrepitosa quiebra de Lehman Brothers, en realidad las primeras manifestaciones serias de que el sistema financiero se estaba viniendo abajo empezaron en 2007.

Durante la primera mitad de 2007 empezaron a resultar obvias las dificultades que atravesaban multitud de instituciones financieras que operaban en el mercado hipotecario subprime: en febrero, el gigante Freddie Mac anunció que suspendía las compras de hipotecas de alto riesgo; en abril, New Century Financial Corporation declaraba la bancarrota; y en verano, grandes bancos de inversión como Bear Stearns o BNP Paribas anunciaban que bloqueaban los reembolsos de algunos fondos que invertían en bonos subprime.

El 14 de septiembre de 2007, el banco británico Northern Rock sufrió la primera corrida bancaria en el Reino Unido desde 1866. El Banco de Inglaterra decidió intervenir para evitar la quiebra mediante inyecciones extraordinarias de liquidez. En ese momento las bolsas mundiales empezaron a desplomarse, una tendencia que no se detendría hasta tocar suelo en marzo de 2009: la burbuja definitivamente había estallado.

La crisis financiera hizo estragos durante los siguientes meses, dejando a su paso acontecimientos históricos como la nacionalización de Northern Rock en febrero de 2008, la quiebra de Bear Stearns en marzo, el rescate de Fannie Mae y Freddie Mac en agosto, la quiebra de Lehman Brothers y el rescate de AIG en septiembre y, a partir de ese momento, el caos financiero generalizado: parálisis del mercado interbancario, quiebras masivas y caída en barrena de las bolsas en todo el mundo. La música dejó de sonar. Había llegado el momento de los bancos centrales.

El nuevo libro del economista Daniel Lacalle retoma la historia en este punto y se pregunta en retrospectiva si la intervención que realizaron los bancos centrales desde entonces hasta hoy ha sido la adecuada. Una respuesta corta se desprende del propio título del libro: La gran trampa: Por qué los bancos centrales están abonando el terreno para la próxima crisis (Deusto, 2017). La respuesta larga, elaborada a lo largo de sus páginas, está sin embargo repleta de matices, datos y propuestas.

Lacalle empieza dividiendo la actuación de los bancos centrales en dos fases. En la primera, se centraron en tratar de estabilizar el sistema financiero. Procuraron detener la sangría con medidas desesperadas, mediante aportaciones masivas de crédito y compras de activos para tratar de devolver la confianza al sistema. El autor considera estas primeras actuaciones de emergencia, si bien con muchos matices, razonables. Sin embargo, es dudoso que hayan servido para algo: el sistema financiero y crediticio colapsó de manera espectacular de todas maneras. Y como Lacalle suele repetir, pensar que de otro modo “hubiera sido peor” es confundir los deseos con la realidad.

La segunda fase de las políticas llevadas a cabo por los bancos centrales se basó en intentar “estimular” la actividad económica mediante el deterioro sin precedentes de sus balances y la manipulación a la baja de los tipos de interés. La acción orquestada de los planificadores centrales del sistema monetario ha inundado de liquidez los mercados y ha mantenido durante años los tipos de interés a cero. Su objetivo declarado era el de imprimir un mayor crecimiento a las economías occidentales, una más rápida reducción del desempleo y la generación de una inflación moderada. Las preguntas que se hace Lacalle son: ¿lo han logrado? ¿Ha merecido la pena entrar en este terreno desconocido? Al análisis de los efectos y consecuencias de estas políticas de estímulo dedica la inmensa mayoría del libro. Y las conclusiones, como era de prever, son enormemente críticas.

Esta crítica puede dividirse en tres partes. Por un lado, Lacalle señala que incluso desde la perspectiva de quienes han promovido estas políticas “no convencionales”, los resultados a corto y medio plazo han resultado ser un rotundo fracaso. La salida de la crisis ha sido más lenta de lo que señalaban los pronósticos más pesimistas, y el desempleo y el estancamiento ha sido la norma en Occidente. Estas políticas han permitido a los agentes económicos, y sobre todo a los Estados, posponer la necesaria corrección de los desequilibrios y evitar las reformas de calado, y han desincentivado la sana amortización de deuda que se necesitaba para purgar los excesos de la época de la burbuja.

En segundo lugar, el autor señala que estos decepcionantes resultados suponen un enorme coste a medio y largo plazo. Los bancos centrales han armado una bomba de relojería en forma de endeudamiento masivo y evidente burbuja en los activos financieros. Mientras los Estados europeos han disparado su endeudamiento hasta cotas históricas, más de 8 billones de euros en bonos europeos cotizan a rendimientos negativos. Los bonos de alto riesgo, con las que se financian las empresas con más probabilidad de impagar su deuda, cotizan a precios máximos de 35 años. Y las bolsas mundiales no sólo cotizan a máximos históricos, sino que lo hacen a múltiplos inflados: en Europa cotizan a más de 21 veces beneficios, en EEUU a más de 22 y en Reino Unido a casi 26 veces beneficios. Los banqueros centrales, como es habitual, aseguran que no existe en la actualidad ningún riesgo de burbuja. Deben de ser los únicos que lo piensan.

Y en tercer lugar, Lacalle afirma que las políticas sin precedentes llevadas a cabo por los bancos centrales no han hecho más que sembrar el germen de la próxima crisis. La inundación de dinero barato, la manipulación de los tipos de interés y la burbuja en los activos financieros no se van a limitar a provocar pérdidas a los inversores el día que la situación se invierta. Lo devastador es que están distorsionando las decisiones de inversión de familias y empresas a lo largo de todo el tejido productivo, alentando la asunción de riesgos y la puesta en marcha de proyectos de inversión que dejarán de ser rentables en cuanto la situación se normalice, provocando una nueva crisis económica.

Este último punto tiene mucha relación, aunque en el libro no se menciona de manera explícita, con la teoría austriaca del ciclo económico: la distorsión de las señales fundamentales de la economía, como los tipos de interés o los precios de los bienes de capital, provocan la acumulación de malas inversiones sistemáticas y distorsionan la estructura productiva. Estos desequilibrios inevitablemente terminan generando una crisis financiera y una recesión económica. Lamentablemente parece que no hemos aprendido gran cosa de la crisis que estalló hace ya una década y nos dirigimos de cabeza a la siguiente.

¿Qué hacer, llegados a este punto? Daniel Lacalle afirma que no aspira a proponer cambios radicales: no plantea abolir los bancos centrales, ni regresar al patrón oro ni a modificar de manera sustancial las instituciones monetarias actuales. No porque crea que las instituciones actuales son mejores, sino porque, según afirma, es algo que no va a ocurrir a corto ni medio plazo. Sus propuestas se encuadran, por tanto, dentro de lo posible en el contexto político e ideológico actual.

En ese sentido, Lacalle dedica toda una sección a proponer medidas que permitan, en la medida de los posible, minimizar el impacto de una nueva crisis y que faciliten la corrección de los desequilibrios actuales. Por un lado, propone que los bancos centrales se limiten a defender su credibilidad, mantener el poder adquisitivo de la moneda y evitar dedicarse a “estimular” la economía; que los tipos de interés no estén artificialmente bajos ni altos, sino en línea con los que resultarían en un mercado abierto y libre. Por otro, propone reformas económicas como reducir los impuestos para que familias y empresas tengan más renta disponible para ahorrar, invertir y consumir; reducir el gasto público y mantener el equilibrio presupuestario; reducir burocracia y obstáculos para generar actividad económica; facilitar la inversión y atraer capital; no dificultar a las pymes convertirse en grandes empresas; y, en general, “permitir que el libre mercado funcione de manera más eficiente”.

En conclusión, La gran trampa es un libro que se propone el reto de tratar un asunto tan arduo como la política monetaria, pero aspirando a llegar al lector no especializado. Por ello, Lacalle evita adentrarse en un terreno excesivamente teórico e idealista. Sin entrar a un nivel de detalle excesivo, se limita a hacer llegar una serie de mensajes de gran importancia al lector: “Los bancos centrales no imprimen crecimiento”; “La creación indiscriminada de dinero no respaldada de ahorro está siempre tras las mayores crisis”; “Necesitamos un banco central creíble que defienda el poder adquisitivo de los ciudadanos”; “Es hora de bajar impuestos y de permitir a las empresas invertir en un entorno de libertad económica”.

Ojalá que estos mensajes calen en un público cada vez más amplio, y que esa difusión de ideas permita que algún día los bancos centrales no sean la amenaza que hoy representan para la prosperidad de los ciudadanos.

Fuente: https://www.juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/la-gran-trampa-de-los-bancos-centrales