Muchos son los venezolanos que sueñan con ser sus propios jefes, tener mayores ingresos o con sus conocimientos y habilidades brindar mejor calidad de vida; a ellos los llamamos emprendedores, pero son más que eso, son soñadores, enamorados de sus ideas y futuro.

Cuando uno de esos soñadores decide salir de las sombras para brillar, tiene ninguna, mediana o una buena idea de cómo son los pasos para formar una empresa en nuestro país y trabajar de manera “legal”, o mejor dicho para “estar en orden”. Por lo general, son muy pocas las ideas que uno de estos valientes tiene de la maraña de pseudoleyes, reglamentos, ordenanzas resoluciones y para usted de contar la cantidad patrañas que el Estado venezolano ha inventado –desde hace ya más de por lo menos 60 años– para “poner orden”.

Ese “orden impuesto” –énfasis en lo impositivo y coercitivo– no es más que una gincana burocrática, que comienza con el perverso “Registro Mercantil”, pasa por el aterrador SENIAT y termina –si es que no hay requisitos especiales– con la alcabala de la licencia de actividades económicas. Pues bueno, todo ese aparato gubernamental, la cual mantenemos bien sea con petróleo, impuestos o peor aún con la inflación, es en definitiva una máquina castradora de sueños.

Pues cuando uno de estos emprendedores ya tiene un plan para poner en marcha todo lo que se ha esforzado, aparece el Estado y le dice que sin excepción que las reglas de la gincana son otras o que el orden de los pasos ha cambiado, en este punto comienzan los gastos, las frustraciones, en la primera alcabala “El Registro” tienes que llevar copias de las copias que te copiaron en la entrada, cedula vigente, luego le dicen su abogado no escribió un artículo en los documentos –como si eso derogara la ley–, traiga un perfil 20 sin ninguna alteración de los resultados –bueno si es exageración mía–, luego pague los impuestos y cuando vaya a firmar no se le ocurra llevar un bolígrafo azul, pero ya va espere un momento se le vencieron los papeles que le redactó el contador –pues claro tienes al menos un mes llevando copias de copias copiadas–, vuelva a comenzar parte de la corredera y cuando llegue ruéguele a Dios que el sistema no se haya “caído”.

En este punto usted ya no tiene un sueño sino una angustia, ya con su compañía “registrada” debe ser un buen ciudadano y pasar por el Servicio Nacional Integrado de Administración Aduanera y Tributaria, mejor conocido como SENIAT, allí le pedirá al Estado, previo cumplidas las “formalidades” ¿de ley? ¿De resolución? ¿Del funcionario? Bueno ya no importa, el caso está en que una vez cumplidas esas cosas a usted le asignaran un número, sin el cual usted no puede ni mirar a un lado. En este punto lleva al menos tres meses sin producir ni un medio, puede estar contemplando la idea de pedir prestado.

Una vez con el milagro de tener un registro y un número tatuado, diríjase con una sonrisa un poco esquizoide a la alcaldía del municipio donde usted tiene – o ya no tiene tantas ganas –  de poner a marchar su emprendimiento, donde tendrá que rogar porque ese órgano municipal le otorgue su beneplácito, eso sí luego de rogar, tomar alguna firma de unos vecinos, de haber constreñido su esfínter en varias oportunidades y un motón de copias de las copias copiadas con el sello del jefe, las cuales tiene que llevar a cuestas para donde quiera que se traslade.

¡AH! Que no se olvide si usted no pudo comprar el local, oficina galpón etc, donde su sueño –o más bien, en este punto, pesadilla–  va a funcionar, llevar el contrato de arrendamiento y un permiso del dueño del local – ¡si! como si el contrato no fuese suficiente autorización– para trabajar en ese sitio. En este punto ya pueden haber transcurrido fácilmente de cuatro a seis meses, sin producir ni un bolívar –devaluado­ hasta el infinito–, y uno que otro altercado con su arrendador, del que su benevolencia y misericordia pende su emprendimiento, ya que, sin su real permiso expreso, el ciudadano alcalde no le concede la gracia del trabajo “en regla” sin que lo auditen, multen, cierren, extorsionen, etc.

Supongamos que ha tenido suerte y su negocio está en regla –eso si con unas dos o tres carpetas de papeles–, han pasado de cuatro a cinco meses, donde no se han quebrantado sus ánimos y sigue adelante con su sueño. Se da cuenta que necesita gente que le ayude a llevar la buena marcha de su negocio, pues ahora tiene que ir con los señores del Ministerio del Trabajo –popular, perdón, ministerio del poder popular–   allí comienza otra gincana de copias, papeles, formas y ruegos. No olvide colocar un letrero con el horario, eso si con la firma del “jefe” –del ministerio no del jefe del negocio, como se le ocurre que su firma tiene más poder en su propio establecimiento que la de un burócrata, no sea insolente con la autoridad–.

Pues bien, ya ha recuperado un poco el aliento y su creación comienza a dar pequeños o medianos pasos hacia el éxito, pues resulta que estalla la guerra, una que por cierto está librando usted desde su negocio; el supremo jefe le ordena que deje de robar al pueblo con la usura y la especulación, pues le imponen un precio a su trabajo.

Si en este punto usted no ha perdido la cabeza, con tanto mal sueño, uno de sus trabajadores no simpatiza con usted y viceversa o peor… pues usted decide prescindir de los servicios del señor; pues no, usted debe rogarle o al señor ministro del trabajo o en el mejor de los casos llegar a un acuerdo con su trabajador y darle una “cajita feliz” para que no moleste más y pueda ir en paz. ¡Ups! Aumentaron el salario mínimo en 211847137587% por culpa de la guerra que usted tiene declarada, ahora tiene más gastos, los precios congelados, no consigue productos para la operatividad y si los consigue son muy caros, la inflación lo consume y el lelo del Yankee malvado sube como la espuma, ya no es ni un sueño ni una pesadilla, es la realidad que lo consume, y por si fuera poco la sociedad lo señala de ladrón, especulador y traidor a la patria.

Seguramente los que han vivido toda esta odisea, por atreverse a salir de la sombra, habrán leído estas líneas y pensaran que me quedo corto, lo más seguro es que así es. Pero ahora sólo quiero recordar, que son esas personas que llamamos emprendedores, las que brindan empleos, las que con su ingenio y habilidades proveen mejores servicios, o crean proyectos con un impacto social, que redunda en una mejor calidad de vida del ser humano.

Al coartar a esos soñadores, nos estamos castrando nosotros como sociedad, cuando no conseguimos algún producto o el precio nos parece exagerado, no señalemos de ladrón al comerciante, que tiene que sufrir esa gincana perversa, que tiene por finalidad espoliarle su esfuerzo, declaremos que el ladrón es el Estado que no deja que más personas pongan a andar sus sueños y hagan crecer nuestro país como se lo merece.

Ya como dato curioso, en el ranking de Doing Business, el país con la economía más libre es Nueva Zelanda, donde abrir una compañía lleva medio día y cuesta 0.3% del PIB.  En Latinoamérica, con el puesto 47 está México son necesario en promedio 8 días para comenzar un negocio y cuesta 19.1% del PIB. Venezuela ocupa el puesto 187 de ese mismo ranking, para comenzar un negocio son 230 días con un costo de 136% del producto interno bruto.

Ahora me pregunto ¿de que ha servido esa máquina castradora de sueños? Algunos buscan la respuesta en la basura.

Autor: Rubén Guía Chirino.

Fuente: https://culturajuridica.org/emprender-en-venezuela/