La política emerge de las grietas. Por eso el “fin de la historia” es, al mismo tiempo, el “fin de la política”: porque implica la resolución permanente de todo conflicto significativo que redunda en ese estadio “aburrido” y definitivo al que Fukuyama refería, o bien al “reino de la libertad” de la sociedad sin clases que Marx profetizaba como última fase de su filosofía de la historia que, al prescindir de la propiedad, prescindía también de la política. Por ello, asimismo, posmarxistas como Chantal Mouffe o Ernesto Laclau reniegan de un mundo que sustrajo de la política su dimensión conflictual, atrofiando de tal suerte (según ellos) no sólo la democracia, sino la propia política.

 

La grieta de clase que le dio un sentido político a la izquierda moderna se fue cerrando precisamente en aquellos países donde regía un sistema diametralmente opuesto a las pretensiones de la propia izquierda. La segunda mitad del Siglo XX fue, en este sentido, determinante: en ella se registra la célebre “edad de oro del capitalismo”, creciendo el PIB de los países de la OCDE a un ritmo promedio de 4.9 puntos anuales entre 1950 y 1973. No mucho después vendría la caída del muro de Berlín y la consiguiente implosión soviética que quedaba hecha añicos no por el poder destructivo de una bomba nuclear, sino por el poder destructivo de un sistema económico miserable.

 

La clase social, como categoría sociológica de identificación económica, no representaba más un espacio de conflicto del cual pudiera emerger la política de la “lucha de clases” a partir de la cual una revolución, en el sentido marxista del concepto, fuera esperable. Las diferencias económicas se habían vuelto soportables —como el propio Herbert Marcuse reconocía— para la mayoría de quienes vivían en países capitalistas avanzados donde la posibilidad de ascender social y económicamente se había transformado en una realidad palpable, y la izquierda dejaba de representar al proletariado como fuerza universal, para pasar a representar, sencillamente, a intelectuales nostálgicos de utopías trasnochadas.

 

Pero la política emerge de las grietas, y las grietas pueden ser construidas por el discurso. Y el discurso es, precisamente, el arma del intelectual por definición. Deshacerse del clasismo, o al menos morigerarlo y complementarlo con nuevas perspectivas, era la primera necesidad. De allí el viraje que fue del marxismo clásico al posmarxismo o, si se quiere, al marxismo cultural. La segunda necesidad fue seleccionar las nuevas grietas y, por lo tanto, hegemonizar a las nuevas “víctimas”, lo cual significa articularlas políticamente bajo el manto protector de las izquierdas.

 

Y así llegamos a la tiranía de las víctimas que hoy se nos impone, en la que el sujeto construido como víctima oculta tras la victimización su pretensión de dominación; una esquizofrénica carrera política por construir nuevas víctimas de las que paternalmente apiadarse, proteger y, por supuesto, empujar a la militancia. El valor, en este contexto, deja de ser una función del ser y del hacer humano, y deviene en calidad referida a lo que otros habrían hecho de uno o de sus antepasados. Uno vale en tanto víctima. Mujeres, indígenas, afroamericanos, LGTB, delincuentes, dementes y musulmanes se convierten en categorías políticas jerarquizadas como víctimas, mientras el “hombre blanco heterosexual” se convierte en el mal absoluto.

 

La política de la víctima supone también una teoría de la justicia específica, que llama a la aplicación retroactiva y colectivista de aquélla. La víctima ha de ser justificada, pues, en su inconmovible situación de víctima. Si un delincuente delinque, debemos entender que lo hace por culpa del sistema que beneficia a los perjudicados por su delincuencia que se transforman, a la postre, en los verdaderos victimarios; si un presunto indígena incendia casas, automóviles y caminos, debemos entender que lo hace porque en 1492 un hombre llamado Colón vino a terminar con el paraíso en el que aquél vivía al mítico estilo del “buen salvaje”; si una mujer mata y descuartiza a su pareja (como en Córdoba, donde fue absuelta), hay que entender que buscaba liberarse del “patriarcado” que su propia pareja, como hombre, reproducía; si un musulmán decapita a un periodista norteamericano que tiene secuestrado, hay que entender que lo hace para defenderse del avance occidental sobre sus “nobles” tradiciones.

 

De la microfísica del poder llegamos, con la política de la víctima, a la filosofía de las microagresiones. Todo lo que disguste a las víctimas se vuelve digno de censura. El ajedrez se vuelve un deporte “patriarcal”; sentarse con las piernas entreabiertas se convierte en una “pose machista”; hablar de “papá” y “mamá” deviene insultante para los lobbies LGTB; mencionar que aquel que voló por los aires cientos de cuerpos humanos (al grito de Allahu Akbar) profesaba el islam se transforma en “islamofobia”. Las palabras repentinamente se decretan como violencia, porque todo lo que disguste a las víctimas es, en última instancia, un acto de violencia contra ellas. De ahí el flamante concepto de “discurso de odio” que empieza a diseminarse por las sociedades como reguero de pólvora. Y como la violencia puede ser repelida con violencia, las víctimas ven legitimada la acción violenta. La Universidad de Berkeley, precisamente bajo esta lógica, ha sido testigo de la más atroz violencia llevada a cabo por los “Antifa”, una pandilla que se presenta como “antifascista” pero que arrasa violentamente contra todo aquel que no piense como ellos… en nombre de las víctimas, claro.

 

Las víctimas de nuestros tiempos son, en definitiva, productos políticos de un esfuerzo radical por abrir nuevas grietas de las cuales pueda emerger una política que revitalice a una izquierda carente de sujeto histórico. Construcción e instrumentalización de la víctima responden a un mismo proceso que ya está generando, paradójicamente, sus propias víctimas reales: los desplazados del trono reservado para las víctimas funcionales.

 

La incorrección política es el producto dialéctico de este proceso que, como un soplido de aire fresco, se presenta hoy como alternativa ante la hegemonía de la victimización.

Publicado originalmente en www.FundacionLibre.org.ar