Trump no es un político liberal, sino mercantilista. El mercantilismo es una doctrina política que pretende subordinar el interés económico privado al interés nacional, a saber, es una modalidad de nacionalismo económico. El liberalismo, en cambio, es una doctrina política que define el interés general como la prevalencia de todo interés privado que no atente contra las libertades individuales, provengan tales intereses privados de naciones o de extranjeros.

En apariencia, el mercantilismo muestra una mayor preocupación por los intereses comunitarios del Blut und Boden; en la práctica, solo se trata de un subterfugio para legitimar el cercenamiento de las libertades ajenas a la hora de imponer al conjunto de la sociedad una agenda personalista.

Al cabo, el concepto de ‘interés nacional’ resulta lo suficientemente indeterminado (e indeterminable) como para que pueda rellenarse en cada momento mediante aquellos específicos intereses privados dominantes dentro de un determinado Gobierno nacional (a menudo influidos por los grupos de presión empresariales que se congregan alrededor del Gobierno). Es decir, el mercantilismo no impone el interés nacional, sino intereses particulares camuflados de interés nacional.

El actual presidente de los EEUU ya nos había dado claras muestras de su perspectiva mercantilista cada vez que había cargado contra la globalización y contra la competencia internacional: China, México o Alemania han sido calificados en distintos momentos de “competidores desleales” y han sufrido sus amenazas de represalias regulatorias o arancelarias. De acuerdo con Trump, sus invectivas contra los productores extranjeros solo tenían como propósito proteger el interés superior de la nación estadounidense: en realidad, su propósito era el de proteger el interés de las industrias nacionales ineficientes a costa del de los consumidores nacionales que preferían comprar en el extranjero.

Pero el mercantilismo de Trump no se limita a atacar maniqueamente la industria extranjera para ‘defender’ la industria nacional, cuando la única industria, nacional o extranjera, que merece prosperar es aquella que genera valor para el consumidor, sino que también incluye ataques a aquella parte de la industria nacional que no se somete a sus estrechas directrices de ‘interés nacional’. Por ejemplo, este pasado miércoles, el magnate neoyorquino cargó contra Amazon… ¡por crear menos empleo y pagar menos impuestos que los pequeños comerciantes!

El discurso trumpista, perfectamente intercambiable con las críticas que elabora Podemos contra Uber o Cabify, pretende disfrazar de interés nacional lo que únicamente son intereses del Gobierno (maximizar la recaudación tributaria y maximizar la ocupación de potenciales votantes) y de algunos empresarios (los minoristas incapaces de competir con Amazon a la hora de generar valor para sus clientes) a costa de los intereses de los consumidores. La clásica treta populista del mercantilismo.

Con todo, la realidad del mercantilismo trumpista todavía es más chusca de lo que podría parecer en un primer vistazo. La auténtica razón detrás del tuit de Trump contra Amazon ni siquiera era (o no era preferentemente) la maximización de la recaudación tributaria o de los ingresos del comercio minorista, sino castigar a Jeff Bezos (dueño de Amazon y del ‘Washington Post’) por la publicación horas antes de un artículo de opinión en el que se pedía la dimisión de Trump. Es decir, el interés nacional que motivaba las amenazantes críticas del presidente de los EEUU contra una de las más exitosas e innovadoras empresas del país era, simple y llanamente, una reprimenda a Jeff Bezos por haber autorizado la publicación en el ‘Washington Post’ de un artículo contra su figura.

Ciertamente, no es la primera vez que Trump recurre a semejante treta. Justo el día anterior a su tuit contra Amazon, el republicano publicó otro contra la farmacéutica Merck por destruir empleo y por incrementar los precios de sus medicamentos en EEUU.

¿Pero cuál era la verdadera motivación tras las críticas de Trump a Merck? Pues el desplante que acababa de protagonizar su consejero delegado, Kenneth Frazier, al abandonar el Consejo Manufacturero de Trump tras su tibia condena contra el supremacismo blanco de Charlottesville. Si Merck era una empresa contraria a los intereses nacionales de EEUU, ¿por qué Trump colocó a su CEO en el Consejo Manufacturero encargado de asesorar al presidente sobre cómo revivificar la industria manufacturera nacional? Pues porque Merck es buena o mala para EEUU en la medida en que sea buena o mala para Trump: he ahí, nuevamente, la confusión entre el interés nacional y el interés privado que tanto caracteriza al mercantilismo en sus invectivas contra las más elementales libertades económicas.

Evidentemente, no es que todas las políticas de Trump vayan encaminadas a restringir las libertades económicas de los estadounidenses (sus recortes del gasto público, por ínfimos que sean, y sus promesas de reducciones de impuestos buscan ampliar su autonomía frente al dirigismo tributario del Estado), pero sí debe quedar claro que cualquier defensa de la libertad individual es contingente a su peculiar concepción del interés nacional, que no es otra que la promoción de sus intereses personales. Mercantilismo antiliberal, sin más.

Fuente: https://www.juandemariana.org/ijm-actualidad/articulos-en-prensa/el-mercantilista-trump-contra-amazon