Hay un convidado de piedra en la Asamblea General de la OEA: Cuba. No se la menciona, es un tabú. Nadie, ni Luis Almagro, el mejor secretario desde que ésta fue creada y, quizás el más valioso de los políticos latinoamericanos en la actualidad, osa mencionarla. Es un poder en las sombras, el fantasma de la Ópera. Tampoco sus vicarios y acólitos, pues sería como mentar la soga en casa del ahorcado.

Todos los miembros de pleno derecho de la Organización de Estados Americanos (OEA), de derechas, izquierdas o de centro tienen perfecta conciencia de que el dueño del desventurado país sobre cuyos destinos discuten es Raúl Castro. Hasta su muerte lo fue su hermano Fidel. Al morir Raúl, lo será su nieto. Versión tropical y caribeña de Corea del Norte. Y nadie hace mención del hecho: Maduro es un agente cubano puesto al frente de la dictadura tras la muerte en La Habana de Hugo Chávez Frías.

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