Aclaremos algo sobre uno de los mitos más amados de la izquierda.
“Por brazo un fusil […] y junto a la idea una bala asomada” canta el uruguayo Daniel Viglietti en su “Canción del Hombre Nuevo” (escúchala aquí, si te atreves). Coherente con la fascinación que la violencia genera en la conciencia colectiva de la izquierda mundial, el tema presenta al hombre nuevo como un guerrero que tiene “por luz la mirada”.

Según esos versos, el hombre nuevo es un tipo formidable. Pero no.

La investigadora venezolana Aura Palermo hace una definición muy sencilla y contundente del hombre nuevo: es un ser sumiso, destruido moralmente, adoctrinado y sin capacidad de pensamiento.

En los paraísos puramente socialistas que se mantienen todavía en el planeta está claro que es como dice Palermo. Ver a los famélicos norcoreanos haciendo reverencias ante las estatuas monumentales de sus tiranos muertos. Como la imagen que acompaña esta nota. Fíjense en el delgado hombre y el contraste de su expresión facial con la de su cruel amo rechoncho parado a su lado regodeándose de su robustez.

O los miles que agitan las banderitas cubanas en los desfiles de los Castro. Y peor todavía, los miles que se prestan para ser agentes de represión de la tiranía de La Habana y atacan a personas pacíficas e indefensas. Una mezcla de sumisión y violencia.

Ese es el hombre nuevo, el que se deja matar de hambre y enfermedad, sin quejarse, sin decir palabra, con la disciplina del buen revolucionario. O la “máquina de matar” de la que hablaba el Che Guevara.

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