La democracia es, por su misma naturaleza, un sistema en el cual el poder está repartido, fragmentado, disperso. Se asienta la democracia en el postulado, explícito en todas las Constituciones democráticas, de que el poder no debe estar jamás concentrado; y en la premisa de que son respetables las opiniones, los intereses y hasta los prejuicios de las minorías. El ánimo democrático es dubitativo.

Admite por principio que tanto los Poderes Públicos como la mayoría que ha delegado en ellos la soberanía, no por  ello tendrán razón en todo, y ningún derecho el resto de la sociedad. De manera que el arte de conducir democráticamente a los pueblos consiste en no comprometer el gobierno a la colectividad por ninguna vía irrevocable mientras no exista un consenso prácticamente unánime sobre la conveniencia de cerrarse la sociedad para siempre todas las demás opciones.

Por lo mismo, y de manera esencial, la democracia supone la posibilidad de una armonización suficiente de los intereses antagónicos de los individuos y de las clases sociales. No cae la democracia en la bobaliconería de sostener que no hay antagonismos sociales e inclusive tensiones que merezcan llamarse lucha de clases, pero los supone conciliables en una medida que sea, en todo caso, infinitamente preferible a la guerra civil o a la tiranía.

En consecuencia, los demócratas sinceros se esfuerzan por conciliar los conflictos sociales, por arbitrar transacciones que sin ser perfectas o sin satisfacer por completo a las partes antagónicas, excluyan  el odio y la intolerancia como motores de los actos de los individuos y de los grupos, preserven a la soviedad de ese “juicio de Dios” que es la violencia, con su consecuencia de segura victoria del más fuerte, y de opresión o exterminio igualmente seguros de los débiles.

En contraste el marxismo-leninismo aconseja exacerbar los conflictos sociales, la lucha de clases por todos los medios posibles (que fue lo que se hizo en Chile, desde elgobierno, entre 1970 y 1973) hasta el día cuando abolida la propiedad privada, fuente supuestamente exclusiva de todos los conflictos, desaparezcan las clases sociales, y con ellas la necesidad de toda coacción, puesto que teóricamente ya no habrá (ya no serán posibles) antagonismos de ningún género.

Hasta ese día mítico, cuando las fieras y los corderos  andarán juntos, como en el Paraíso antes de la Caída, toda conciliación será una traición, todo arreglo pacífico que no sea una astucia táctica, una demora en la marcha majestuosa e inexorable de la historia hacia su resolución.

Tomado del libro “Del buen salvaje al buen revolucionario”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *