Pues resulta que la cosa, obviamente, no es como la explican los marxistas. No es el trabajo el que le da el valor a las cosas. El valor es subjetivo y depende de la utilidad que los consumidores le encuentren a la unidad de un bien o un servicio en específico que se encuentre disponible en un momento dado. Carl Menger , a quien se considera el padre de la Escuela Austríaca de Economía, fue uno de los primeros en plantearlo.

Un ejemplo claro: si usted se decide a construir un automóvil, sin saber nada de mecánica, o de diseño, y le dedica dos años de trabajo a hacerlo, finalmente tendrá algo allí sobre cuatro ruedas que es parecido a un carro. Usted va y se lo ofrece al primero que pasa y le pregunta cuánto vale para él ese vehículo. El hombre mira ese esperpento y le dice con contundencia: “Para mí no vale nada. Lo siento”.

Y la clave está en el “para mí” porque es de esa percepción de donde surge el valor y no del trabajo que se requiere para elaborar algún bien o prestar algún servicio. Veamos otro ejemplo. Si toda la gente en el mundo decidiera dejar de fumar cigarrillos la planta de tabaco perdería todo su valor y no sería más que una maleza. Porque el valor que tiene el tabaco se lo da la gente que lo fuma, no el trabajo que se emplea en fabricar el cigarrillo.

Entonces el valor va en sentido inverso a lo que dicen los marxistas. Va del consumidor al trabajo. Y el capitalista, el empresario, al disponer de los medios de producción para satisfacer las necesidades de los consumidores es quien crea el valor que tiene el trabajo.

Basado en la conferencia de Martín Krause sobre fundamentos de la Escuela Austríaca.

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