A muchos defensores del intervencionismo les desconcierta que uno les diga que al recomendar el intervencionismo ellos mismos están alimentando tendencias antidemocráticas y dictatoriales y el establecimiento de un socialismo totalitario.

Protestan diciendo que son creyentes sinceros y se oponen a la tiranía y el socialismo. Lo que buscan es solo la mejora de las condiciones de los pobres. Dicen que les mueven consideraciones de justicia social y están a favor de una distribución más justa de la renta precisamente porque tratan de conservar el capitalismo y su corolario político o superestructura, es decir, el gobierno democrático.

De lo que no se da cuenta esta gente es de que las diversas medidas que sugieren no son capaces de producir los resultados benéficos pretendidos. Por el contrario, producen un estado de cosas que desde el punto de vista de sus defensores es peor que el estado previo que estaba pensado alterar. Si el gobierno, ante el fracaso de su primera intervención, no está dispuesto a deshacer esta interferencia con el mercado y volver a una economía libre, debe añadir a su primera medida cada vez más regulaciones y restricciones. Procediendo paso a paso en esta vía acaba llegando a un punto en el que ha desaparecido toda libertad económica de los individuos.

Veamos el asunto con más detalle con un análisis de un caso típico de control de precios.

Si el gobierno quiere hacer posible a padres pobres dar más leche a sus hijos, debe comprar leche al precio del mercado y venderla a esos pobres con una pérdida a un precio más barato; la pérdida se puede cubrir con los medios recaudados por impuestos. Pero si el gobierno sencillamente fija el precio de la leche a un nivel inferior al de mercado, los resultados obtenidos serán los contrarios a los objetivos del gobierno. Los productores marginales, para evitar pérdidas, cerrarán sus negocios de producir y vender leche. Habrá menos leche disponible para los consumido-res, no más. Este resultado es contrario a las intenciones del gobierno. El gobierno interfirió porque consideraba a la leche como una necesidad vital. No quería restringir su oferta.

Ahora el gobierno tiene que afrontar la alternativa: o refrenar sus esfuerzos por controlar los precios o añadir a su primera medida una segunda, es decir, fijar los precios de los factores de producción necesarios para la producción de leche. Luego la historia se remite a otro nivel: El gobierno tiene que fijar de nuevo los precios de los factores de producción necesarios para la producción de aquellos factores de producción que se necesitan para la producción de leche. Así que el gobierno tiene ir cada vez más allá, fijando los precios de todos los factores de producción, tanto humanos (trabajo) como materiales, y obligando a cada empresa-rio y a cada trabajador a continuar trabajando con esos precios y salarios.

No puede omitirse ninguna rama productiva de esta fijación completa de precios y salarios y este orden general de continuar con la producción. Si se dejaran en libertad algunas ramas de la producción, el resultado sería un traslado de capital y mano de obra a ellas y una caída correspondiente en la oferta de bienes cuyos precios había fijado el gobierno. Sin embargo, son precisamente estos bienes los que el gobierno considera especial-mente importantes para la satisfacción de las necesidades de las masas.

Pero cuando se alcanza este estado de control completo de los negocios, la economía de mercado se ha visto reemplazada por un sistema de economía planificada, por socialismo. Por supuesto, no es el socialismo de gestión directa de toda fábrica por el estado, como en Rusia, sino el socialismo del patrón alemán o nazi.

Extracto del libro Caos Planificado de Ludwig von Mises.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *