Para entender al mercado debemos comenzar con algo sin lo cual el mercado no existiría, y estaríamos, tal vez, más felices. Es el problema de la escasez. Esta cuestión es difícil de internalizar. Habitualmente no reparamos en su importancia y no lo consideramos hasta sus últimas consecuencias.

Los libros de texto habituales de economía dicen que un determinado bien es escaso cuando su demanda es mayor que su existencia. Supongamos que en un salón fuéramos 200 personas y solo tuviéramos 20 sillas.¡Qué problema!, ¿no? Otra noción, no tan habitual, viene de la escuela austríaca. No tiene que ver con una noción tan cuantitativa. Es una cuestión concomitante con lo humano. Nuestras necesidades son ilimitadas. No porque nosotros seamos ilimitados. Sino porque la lista de cosas que podríamos necesitar es casi infinita, y sin embargo los medios de los que disponemos, en relación a esa lista potencialmente infinita, son muy limitados.

No sólo es el problema de la escasez, sino el drama de la escasez. Es un punto básico de cualquier curso de economía y relativamente independiente de tal o cual escuela de pensamiento. Insisto en esto porque muchas veces padecemos el drama de la escasez suponiendo que se origina en la maldad del ser humano, y suponemos que si todos fuéramos buenos, habría de todo para todos.

Este error, muy grave, por cierto, lo pueden escuchar en personas muy ilustradas, que pueden ostentar cuatro o cinco doctorados pero que, sin embargo, desconocen este fundamental problema.

Para ilustrar este punto, voy a dar mi ejemplo favorito. Vamos a suponer que hay diez santos caminando en un desierto y se quedan sin agua. Dios decide no hacer ningún milagro y se quedan sin agua. Ahora bien, como son todos muy buenos y muy santos, lo poco que les queda de agua se lo dan los unos a los otros. Y así se van muriendo de sed santamente, dándose los unos a los otros hasta la última gota de agua que les quedaba. Son héroes, son santos, pero se murieron. Su santidad no soluciona la escasez. Ahora tratemos de imaginarnos a nosotros, que no somos santos, en una situación similar: al drama de la escasez se sumarían otros dramas…..
Por supuesto, la santidad personal permite enfrentar mejor el problema de la escasez. Pero no lo soluciona. La solución del problema –no, desde luego, la eliminación de la escasez- se encuentra en la ciencia económica. Ciencia que estudia precisamente cómo asignar, del mejor modo posible, recursos que son escasos a necesidades que sean prioritarias.

Hay problema económico, pues, porque los recursos son escasos. Hay precios porque los productos son escasos; debe haber ahorro para formar capital porque los recursos son escasos. Si no lo fueran, si los encontráramos en abundancia tal cual, no tendríamos problema económico. Tendríamos otros tipo de problemas, pero no el económico.

El problema más paradójico que tenemos con respecto a la escasez consiste, por ende, en ignorar el problema. En suponer que todo consiste en un gobernante bueno que distribuya santamente recursos que nacen como por encanto de las arcas del estado. Esa increíble ingenuidad se encuentra diseminada en los más ilustrados. Sectores dirigentes de todo el mundo. Esa ingenuidad tiene un precio muy alto. Ese precio es la más terrible miseria y pobreza de nuestros semejantes.

Tomado de conferencia dictada por el filósofo argentino Gabriel Zanotti en Buenos Aires, año 2000.

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